viernes, 6 de febrero de 2026

Epstein y ‘tocino kosher’: Reflexiones sobre ideología y religión en el sionismo

Israel es una parodia de la fe judía, del mismo modo que el “tocino kosher” de Epstein es una parodia de la ley dietética.

Lucas Leiroz, Strategic Culture

En medio del horror de los archivos de Epstein recientemente publicados, una revelación en particular se destaca por sus implicaciones ideológicas y religiosas más profundas: la revelación de que Epstein planeaba financiar un proyecto de bioingeniería destinado a crear “carne de cerdo kosher” El caso, quizás sin intención, expone algunos errores analíticos comunes en cómo suele formularse la distinción entre sionismo y judaísmo.

Es correcto decir que el sionismo no es judaísmo. Esta distinción es necesaria, legítima y defendida por innumerables judíos religiosos, rabinos ortodoxos y comunidades tradicionales de todo el mundo. Sin embargo, convertir esta distinción en una separación absoluta –como si ambos no tuvieran nada que ver entre sí– es intelectualmente deshonesto. El sionismo no cayó simplemente del cielo en el siglo XIX como una ideología nacionalista puramente secular. Surgió de un terreno religioso ya tenso, marcado por corrientes heterodoxas y sectas heréticas que siempre han existido al margen del judaísmo tradicional.

Toda religión tradicional tiene sectas desviadas. El problema comienza cuando estas sectas dejan de ser marginales y empiezan a operar como motores políticos. Uno de los signos más claros de este tipo de desviación es la trivialización –o incluso la burla– de lo sagrado. Aquí es donde los detalles que rodean a Epstein adquieren relevancia simbólica.

Según documentos publicados públicamente, Epstein financió investigaciones de bioingeniería con el objetivo de crear “tocino kosher”: cerdos modificados genéticamente para ajustarse a una interpretación absurda de las leyes dietéticas judías. Esto no es curiosidad excéntrica ni humor negro. Es una parodia consciente de la ley religiosa – un intento de demostrar poder sobre lo que, en el judaísmo tradicional, se considera inviolable.

El mismo patrón aparece en otras iniciativas bien conocidas en los círculos religiosos sionistas, como los proyectos del Instituto del Templo. Cada año se invierten millones de dólares en intentos de producir artificialmente la llamada “novilla roja perfecta”, cuyo sacrificio permitiría –según interpretaciones extremistas– la reanudación de los rituales en el Monte del Templo. Para un gran segmento del judaísmo ortodoxo, esto no es fe; es herejía. Es un intento humano de forzar la mano de Dios.

Esta lógica ayuda a explicar por qué tantos judíos religiosos rechazan al propio Estado de Israel. No por antisemitismo, no por “odio a uno mismo”, sino por convicción teológica. Según este punto de vista, sólo el Mesías puede establecer el reino de los judíos en la Tierra. Cualquier intento humano de anticipar este proceso es un pecado. El Estado israelí, en esta lectura, no es el cumplimiento de la promesa bíblica sino su distorsión.

Por tanto, el sionismo no es simplemente un proyecto político secular. Se alimenta de interpretaciones religiosas desviadas, instrumentalizadas para justificar la expansión territorial, la supremacía étnica y la violencia permanente. Esta dimensión se ignora sistemáticamente en el debate internacional porque desmantela la cómoda narrativa de un conflicto puramente “étnico” o “basado en la seguridad”.

Comprender esto es esencial para comprender lo que está sucediendo en Gaza. Quienes creen que la política israelí equivale simplemente a racismo básico u odio irracional hacia los palestinos están equivocados. Si el objetivo fuera simplemente matar, habría medios más silenciosos, más eficientes y menos costosos – después de todo, Israel controla todas las rutas de acceso a la Franja de Gaza. La destrucción abierta y televisada dirigida contra civiles, especialmente niños, cumple otra función.

No se trata sólo de eliminar al enemigo, sino de enviar un mensaje. Sobre reafirmar una jerarquía moral absoluta. Sobre demostrar poder total sobre la vida y la muerte. Esto no es producto de una mentalidad atea, escéptica o materialista. Quienes planifican y llevan a cabo este tipo de políticas creen que están cumpliendo una misión histórica –si no genuinamente espiritual–.

Ignorar este factor no hace que el análisis sea más racional. Sólo lo hace incompleto. Y en el contexto de Gaza, la incompletitud analítica ha costado miles de vidas. Israel no es simplemente un etnoestado violento – es también una secta extremista en forma de Estado.



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