Entendido así, este es un recorrido por la deriva del hombre occidental y su fe en el yo, hasta comprender en qué se ha convertido el ser humano occidental en nuestro tiempo
Sergio Falzoi, Geopolitika
Hoy podemos observar cómo todo se mide en base a lo que se percibe por parte del individuo. Se ha instaurado la creencia de que el conocimiento solo puede alcanzarse a través de aquello que se ve, se toca o se calcula, como si la verdad fuese una realidad única limitada a lo observable. Este constituye uno de los mayores errores de nuestro mundo, en el cual todo es tratado como pertenencia o deber hacia el hombre, y donde cualquier sutileza que no pueda percibirse de manera inmediata es denominada superstición o considerada una locura. Sin embargo, la realidad no es una abstracción vacía, sino una presencia inmanente y visible para aquellos pocos que poseen la sensibilidad necesaria para percibirla más allá de la superficie material.
La ceguera provocada por el consumo constante y la velocidad vertiginosa de la vida moderna alimenta de forma incesante emociones y percepciones artificiales, buscando mantener al individuo en un estado permanente de embriaguez espiritual. De este modo, se construye una realidad alterada por su percepción mental que llega a imponerse como superior a cualquier verdad heredada. Grandes intelectuales, inmersos en su propio vacío existencial y en el intento de comprender el mundo sin una conexión vivencial con él, contribuyeron a la creación de un sistema que buscaron construir e imponer a los ciudadanos, quienes apenas conservaban la esperanza de subsistir y no sucumbir ante el hambre o las epidemias. Su existencia se asemejaba a la de un esclavo perdido sin dirección, y en esa búsqueda desesperada de una salvación personal el individuo fue debilitado, volviéndose dependiente de una fe abstracta que pretendía instruirlo en una verdad totalizante.
Esta transformación desligó al ser humano de su autoconocimiento, de su intuición vital y de su destino, impidiéndole comprender de dónde venía, cuál era su propósito, de qué totalidad formaba parte y qué deseaba dejar en este mundo. Todo ello fue sustituido por el miedo y la represión, dando lugar a una forma de vida monótona y marcada por una culpabilidad constante. El individuo dejó de buscar un fin en este mundo para centrarse únicamente en la supervivencia y en el cumplimiento de leyes impuestas, viéndose obligado a dividir su existencia entre el bien y el mal como único medio para sentirse realizado.


