viernes, 5 de abril de 2024

El daño colateral de Alemania en la nueva guerra fría de EEUU

Doble lenguaje orwelliano: mientras Europa se ha “liberado” de la dependencia del gas ruso, se ha visto obligada a importar gas natural licuado de EEUU a precios tres o cuatro veces más caro. La desindustrialización de Alemania y su servilismo a Estados Unidos, está empujando a Europa al abismo

Michael Hudson, Counter Punch

El desmantelamiento de la industria alemana desde 2022 es un daño colateral en la guerra geopolítica de EEUU para aislar a China, Rusia y los países cuya creciente prosperidad y autosuficiencia se considera un desafío inaceptable a la hegemonía estadounidense. Para prepararse para lo que promete ser una lucha larga y costosa, los estrategas estadounidenses tomaron una medida preventiva en 2022 para alejar a Europa de sus relaciones comerciales y de inversión con Rusia (atentado a los gasoductos Nord Stream). De hecho, pidieron a Alemania que se suicidara industrialmente y se convirtiera en una dependencia de EEUU. Eso convirtió a Alemania en el primer y más inmediato objetivo de la Nueva Guerra Fría de EEUU.

Al asumir el cargo en enero de 2021, Biden y los servicios de seguridad nacional declararon que China era el enemigo número uno de EEUU y consideraban su éxito económico una amenaza existencial a la hegemonía estadounidense. Para evitar la inversión europea en China, mientras construía su propia defensa militar, Biden buscó encerrar a Europa en la órbita económica de EEUU como parte de una campaña para aislar a la República Popular China y a sus partidarios, con la esperanza que esto perturbaría sus economías, creando presión para que los países abandonaran la creación de un nuevo orden económico multipolar.

Esta estrategia requirió sanciones comerciales europeas contra Rusia y medidas similares para bloquear el comercio con China a fin de evitar que Europa fuera arrastrada a la emergente esfera de prosperidad mutua centrada en China. Para prepararse para la guerra entre EEUU y China, los estrategas estadounidenses intentaron bloquear la capacidad de China de recibir apoyo militar ruso. El plan era drenar el poder militar de Rusia armando a Ucrania y arrastrar a Rusia a una lucha sangrienta que podría provocar un cambio de gobierno. La esperanza poco realista era que los votantes resentirían la guerra, tal como les había molestado la guerra en Afganistán que había contribuido al fin de la Unión Soviética. En este caso, podrían reemplazar a Putin por líderes oligárquicos locales dispuestos a aplicar políticas neoliberales pro-estadounidenses similares a las del régimen de Yeltsin. El efecto ha sido todo el contrario. Los votantes rusos han hecho lo que haría cualquier población atacada: se han unido en torno a Putin. Y las sanciones occidentales han obligado a Rusia y China a volverse más autosuficientes. Y lo lograron.

Este plan estadounidense para una Nueva Guerra Fría global tenía un problema. La economía alemana disfrutaba de prosperidad exportando productos industriales a Rusia e invirtiendo en el mercado postsoviético, mientras importaba gas ruso y otras materias primas a precios internacionales relativamente bajos. Es axiomático que, en condiciones normales, la diplomacia internacional responde al interés nacional. El problema para los guerreros fríos estadounidenses era cómo persuadir a los líderes alemanes para que tomaran la decisión antieconómica de abandonar su rentable comercio con Rusia. La solución fue fomentar la guerra con Rusia en Ucrania e incitar a la rusofobia para justificar la imposición de una amplia gama de sanciones que bloquean el comercio europeo con Rusia.

El resultado ha sido encerrar a Alemania, Francia y otros países en una relación aun mayor de dependencia de EEUU. Mientras los estadounidenses describen eufemisticamente las sanciones comerciales y financieras patrocinadas por la OTAN con un doble lenguaje orwelliano: mientras Europa se ha “liberado” de la dependencia del gas ruso, los países de la UE se han visto obligados a importar gas natural licuado (GNL) estadounidense a precios tres o cuatro veces superiores, y despojándose de sus vínculos comerciales con Rusia y el traslado de algunas de sus principales empresas industriales a EEUU (o incluso a China) para obtener el gas necesario para producir manufacturas y productos químicos.

Unirse a la guerra en Ucrania también ha llevado a Europa a agotar sus reservas militares. Ahora se le está presionando para que recurra a proveedores estadounidenses para rearmarse, con equipos que no han funcionado bien en Ucrania. Los funcionarios estadounidenses están promoviendo la fantasía de que Rusia puede invadir Europa occidental. El propósito no es sólo rearmar a Europa con armas estadounidenses sino que Rusia se agote a medida que aumente su gasto militar en respuesta al millonario presupuesto de la OTAN. Hay una negativa general a ver la política de Rusia como defensiva, una defensa contra la amenaza de la OTAN que ahora está planificando como intensificar los ataques para apoderarse de la base naval rusa de Crimea, en pos del sueño de dividir Rusia.

La realidad es que Rusia ha decidido girar hacia el Este como política a largo plazo. La economía mundial se está fracturando en dos sistemas opuestos que dejan a los alemanes atrapados en el medio, ya que su gobierno ha decidido encerrar a la nación en el sistema unipolar estadounidense. El precio de su elección de vivir en el sueño americano de mantener una hegemonía centrada en EEUU y sufrir indefectiblemente una depresión industrial. Lo que los estadounidenses llaman “dependencia” de Rusia ha sido reemplazada por una dependencia aun mayor de proveedores estadounidenses más caros, mientras que Alemania ha perdido los mercados rusos y asiáticos. El costo de esta elección es enorme. Ha acabado con el empleo y la producción industriales alemanas, que ha sido durante mucho tiempo un importante respaldo para el tipo de cambio de la eurozona. Si esto sigue así el futuro de la UE parece dirigirse a una irremediable tendencia descendente a largo plazo.

Hasta ahora, el perdedor en la Nueva Guerra Fría de EEUU ha sido Alemania y el resto de Europa. Lo que los alemanes deberían preguntarse ahora mismo es: ¿Valdrá la pena el vasallaje económico a EEUU? ¿Valdrá la pena perder los mercados mundiales de más rápido crecimiento de los países emergentes por este vasallaje económico?

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