lunes, 18 de marzo de 2019

Ante creciente insatisfacción con el sistema capitalista surge el "socialismo millennial"

The Economist usa el término “socialismo millennial” debido a que 51 por ciento de los estadounidenses de 18 a 29 años tiene una visión positiva del socialismo. Existe una creciente insatisfacción con el sistema capitalista en el mundo occidental. En ese contexto, se verifica el fenómeno del aumento de la atracción popular del socialismo en países del Primer Mundo. El socialismo vuelve a aparecer porque ha formado una crítica incisiva de lo que ha ido mal en las sociedades occidentales

Andrés Ferrari Haines y André Moreira Cunha, Pagina 12

Una dificultad en resolver la grieta es que se la toma como una cuestión nacional. The Economist en la edición del 14 de febrero demuestra que grietas como la argentina o la brasileña son sólo una pequeña expresión de una grieta mucho mayor: la creciente insatisfacción con el sistema capitalista en el mundo occidental. Bajo el título “El crecimiento del socialismo millennial”, la tradicional revista procura entender el fenómeno del aumento de la atracción popular del socialismo en países del Primer Mundo, particularmente en Estados Unidos.

Hace treinta años, cuando cayó el Muro de Berlín, “el capitalismo había ganado y el socialismo se convirtió en sinónimo de fracaso económico y opresión política”, se afirma en el artículo. Pero hoy “el socialismo está de moda nuevamente” en referencia a nuevos líderes políticos como Alexandria Ocasio-Cortez que califica como “una sensación” y Jeremy Corbyn en Gran Bretaña.

Para The Economist: “El socialismo vuelve a aparecer porque ha formado una crítica incisiva de lo que ha ido mal en las sociedades occidentales. Mientras que los políticos de la derecha han abandonado con demasiada frecuencia la batalla de las ideas y se han retirado hacia el chovinismo y la nostalgia, la izquierda se ha centrado en la desigualdad, el medio ambiente y la forma de otorgar poder a los ciudadanos en lugar de a las elites”.

Visión positiva


The Economist aplica el término “socialismo millennial” debido a que 51 por ciento de los estadounidenses de 18 a 29 años tienen una visión positiva del socialismo y a casi un tercio de los votantes franceses menores de 24 años en las elecciones presidenciales de 2017 votaron por el candidato duro de izquierda. Observa que, en 2018, entre los demócratas y los independientes con tendencia a los demócratas, las visiones positivas del socialismo y del capitalismo eran 55 y 45 por ciento, respectivamente, cuando en 2010 eran básicamente iguales. Lo que The Economist encuentra en común entre los seguidores actuales del socialismo es considerar que la desigualdad de riqueza en el capitalismo actual está fuera de control y que la economía está manipulada en favor de intereses creados, por medio de lobbying, burocracias y empresas en una economía que ya no sirve a los intereses de la gente común.

Aunque encuentra que la moderna izquierda es una coalición amplia y fluida, afirma que “algo de esto está fuera de discusión, incluida la condenación del lobbying y la negligencia del medio ambiente. La desigualdad en Occidente se ha disparado en los últimos 40 años”. También acepta que algunos de “los objetivos socialistas milenarios no son particularmente radicales”, como la demanda de “atención universal de salud”.


No obstante, si bien considera que parte del diagnóstico de los nuevos socialistas está equivocado, sostiene que “el verdadero problema radica en sus prescripciones, que son perversas y políticamente peligrosas. La visión socialista millenial de una economía ‘democratizada’ difunde el poder regulatorio en lugar de concentrarlo”. Fundamentalmente, apunta a la propuesta de sus voces más radicales que proponen que se incorporen trabajadores en las mesas directivas de las empresas e, incluso, que se distribuyan acciones de las empresas a los trabajadores.

Por eso, The Economist es terminante en su conclusión sobre el “socialismo millennial”: “Al igual que el socialismo de antaño, adolece de una fe en la incorruptibilidad de la acción colectiva y de una sospecha injustificada del empuje individual. Los liberales deberían oponerse”.

Desigualdad


El problema con la conclusión de The Economist es que deja la grieta abierta porque no presenta una alternativa para solucionar lo que acepta “ha ido mal en las sociedades occidentales” desde que cayó la Unión Soviética. Los datos de concentración de riqueza desde la caída del socialismo soviético, tanto a nivel interno de cada país como a nivel global, son espeluznantes.

El World Inequality Report 2018, elaborado por Thomas Piketty y sus colaboradores, luego de constatar que la desigualdad avanzó en todo el mundo desde principios de los años 1980, afirma que este aumento se verificó “a diferentes velocidades, lo que sugiere que las instituciones y las políticas son importantes para moldear la desigualdad”. Así, efectivamente, el acceso a servicios públicos como salud, educación y jubilación de forma gratuita y universal, ayudan a mitigar los impactos de la desigualdad. Así, afirma que el 1 por ciento más rico y el 50 por ciento más pobre registraron mayores ingresos entre 1980 y 2016, aunque los primeros tuvieron el doble de aumento del que recibieron los segundos. Mientras tanto, el 49 por ciento del medio quedó exprimido, sin ganancias significativas.

En 2018, el informe de la OCDE sobre la creciente brecha en la distribución del ingreso presenta similar constatación: “la brecha entre ricos y pobres está en su punto más alto en 30 años, el 10 por ciento más rico gana 9,6 veces más que el 10 por ciento más pobre, en otras palabras: pocos ganan mucho y muchos ganan poco (…) La desigualdad ha alcanzado niveles altos y la situación se agrava cada vez más. En la década de 1980, el 10 por ciento más rico de la población de los países de la OCDE ganaba siete veces más que el 10 por ciento más pobre. Ahora gana cerca de 10 veces más”. También expresa claramente que “es importante que los gobiernos no duden en utilizar impuestos y transferencias para moderar las diferencias en ingresos y patrimonio”.

Tecnología


Paul Krugman, en su columna en el New York Times del 28/12/2018, “El caso de una economía mixta”, sostiene que si el socialismo histórico al estilo soviético fracasó, tanto en su modelo político autoritario, como en su ineficiente economía, no hay razones para despreciar la ampliación de la actuación del Estado en generación de ciertos bienes y servicios públicos. Escribió el ganador del premio Nobel: “De hecho, hay algunas áreas, como la educación, donde el sector público claramente se desempeña mejor en la mayoría de los casos, y otras, como la atención de la salud, en donde el argumento en favor de la empresa privada es muy débil. Juntos estos sectores, son bastante grandes. En otras palabras, aunque el comunismo fracasó, todavía hay un argumento bastante válido por una economía mixta, con un componente importante, aunque no mayoritario, de propiedad/control público en esta combinación. Rápidamente, por lo que sabemos sobre el desempeño económico, podría imaginarse manejando una economía bastante eficiente que solo es 2/3 capitalista, 1/3 de propiedad pública, es decir, en cierta manera socialista”.

La impresión que surge es que lo que buscan las nuevas generaciones más simpáticas al “socialismo” es poder vislumbrar un futuro en un mundo donde el cambio tecnológico rompe rápidamente las relaciones laborales tradicionales y apuntan a la precariedad de los vínculos mercantiles heredadas de la gran industrialización que se extendió por todo el mundo entre el final del siglo XVIII y la segunda mitad del siglo XX. En particular, la nueva generación que llega a edad adulta no confía que los mercados podrán garantizar la cohesión social en un planeta con 10 mil millones de personas para el año 2050, bajo acuciantes problemas ambientales y la incapacidad de absorción de trabajadores que se van quedando excedentes por las nuevas tecnologías derivadas de la combinación de la propagación de la inteligencia artificial con la robótica.

El mencionado informe de la OCDE afirma que “los jóvenes representan el grupo etario más afectado: 40 por ciento tienen empleos no estandarizados y cerca de la mitad de todos los trabajadores temporales son menores de 30 años de edad”. Empleos en los cuáles las condiciones laborales “suelen ser precarias e inadecuadas, y pueden entrampar a los trabajadores situados en la parte inferior de la escala. De los empleados con contratos temporales en un año determinado, menos de la mitad tenía contratos permanentes de tiempo completo tres años después”. Para peor, también sostiene que, en el largo plazo, la concentración de riqueza también perjudica la economía en general: “Cifras de la OCDE muestran que el aumento de la desigualdad observado entre 1985 y 2005 en 19 países pertenecientes a la Organización rebajó en 4,7 puntos porcentuales el crecimiento acumulado entre 1990 y 2010”. Así, retornando al análisis del The Economist, la cuestión no es simplemente la desigualdad en la distribución de riqueza. El problema es que la gran mayoría de la población mundial -incluido Estados Unidos- no consigue tener niveles mínimos de vida.

De “izquierda” a “derecha”


A esto se suma otro problema que está presente en quienes manifiestan rechazo universal “a la izquierda”. Como The Economist expresa, el “socialismo millennial” es un grupo muy amplio y genérico. Como se sabe, en política la expresión “izquierda” surgió durante la ebullición de la Revolución Francesa porque en la Asamblea representativa que fue empujando la caída de la monarquía, los que incitaban por reformas más radicales se encontraban a la “izquierda” y los más conservadores del antiguo régimen, a la “derecha”.

A partir de ahí se fue adoptando el uso “izquierda” y “derecha” universalmente para distinguir grupos políticos más radicales de los más conservadores y, por ende, también “el centro”. Pero en sí, “izquierda” y “derecha” no son proyectos o programas políticos. Además, su identificación depende del contexto histórico. Por ejemplo, Republicanismo o movimientos nacionales en el siglo XIX se identificaba con de “izquierda”. Actualmente, pocos los verían así. La gama de movimientos de “izquierda” en la historia es muy amplia y variada.

El socialismo y el comunismo constituyen dos propuestas totalmente radicales de modificación del orden existente porque apuntan a terminar con él, es decir, con el capitalismo. El punto clave es que los medios de producción sean de propiedad colectiva y no más privada. La única “izquierda” socialista y/o comunista es la que propugna esa transformación.

Toda propuesta de sociedad es válida si ésta lo desea implementar. Pero si ese no es el caso, agrupar indistintamente como “izquierda” cualquier reclamo contra lo que The Economist encuentra que “está fuera de discusión”, incluyendo la constatación que “la desigualdad en Occidente se ha disparado en los últimos 40 años”, ¿significa que no hay más opción en el capitalismo que el neoliberal extremo? No es así, las demás “izquierdas” que proponen, por ejemplo, “atención universal de salud”, son disputas políticas dentro del sistema capitalista. La mayor parte de las personas que apuntan a ese tipo de transformaciones, lejos de ser anticapitalistas procuran poder ser parte de él teniendo acceso a niveles aceptables de consumo.

Estado


Incluso, la actual liviandad irritativa de calificar de “izquierda” todo reclamo contra la creciente expulsión del acceso al consumo y mínimo nivel de calidad de vida por parte de la recalcitrante “derecha”, la está llevando a señalar despectivamente como de “izquierda” instituciones y arreglos sociales que han sido inventados por el capitalismo, precisamente, para sobrevivir a por su dinámica de concentrar riqueza y expulsar trabajadores: Estado regulador, leyes de protección laboral, seguridad social, jubilaciones, limitación de monopolios y oligopolios, control de trusts y cárteles, organizaciones sindicales.

Nada de esto es invención de la “izquierda”, sino de la “derecha”. En su clásica obra La Gran Transformación, Karl Polanyi apuntaba al “doble movimiento” histórico del capitalismo, desde su inicio, que primero empuja por la “liberación de los mercados” y, después, avanza en sentido contrario, en el cual instaura un movimiento para proteger la sociedad de los efectos más nocivos de la sociedad de mercado.

Keynes en el último capítulo de la Teoría General también constató esto: “Las fallas sobresalientes de la sociedad económica en la que vivimos son su incapacidad para garantizar el pleno empleo y su distribución arbitraria e inequitativa de la riqueza y los ingresos”. Keynes proponía resolver estas fallas por medio de políticas estatales, como tributación progresiva, protecciones sociales y limitaciones parciales a ciertas actividades (en especial, la renta y las bolsas financiera). Así sostiene: “creo que existe una justificación social y psicológica para las desigualdades significativas de ingresos y riqueza, pero no para las grandes disparidades que existen hoy en día. Existen actividades humanas valiosas que requieren el motivo de la creación de dinero y el entorno de la propiedad privada de la riqueza para su plena realización”.

Más allá de estos límites, Keynes considera que su teoría “es moderadamente conservadora en sus implicaciones. Porque “si bien indica la importancia vital de establecer ciertos controles centrales en asuntos que ahora se dejan principalmente a la iniciativa individual, hay amplios campos de actividad que no se ven afectados … no hay un caso obvio para un sistema de socialismo de Estado que abarque la mayor parte de la vida económica de la comunidad. No es la propiedad de los instrumentos de producción lo que es importante que el Estado asuma”.

Pero como expresara John K. Galbraith, “para mucha gente no hay mucha diferencia entre Keynes y un comunista”. Y para James Meadway, asesor de John McDonnell, el canciller en la sombra de Corbyn, según expone The Economist, “el keynesianismo no es suficiente” en medio de la brecha: el “socialismo millennial”.


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