lunes, 1 de octubre de 2012

Los desequilibrios estructurales que hunden a Europa

Bradford DeLong, Project Syndicate

La crisis del euro puede dividirse en tres componentes; dos ya fueron enfrentados con éxito (al menos parcial): la crisis bancaria producto del exceso de apalancamiento simultáneo de los sectores público y privado; y el derrumbe de la confianza en los gobiernos de la eurozona que siguió a la crisis bancaria. Pero todavía queda un tercer elemento, el más peligroso y largo de resolver: el desequilibrio estructural entre el norte y el sur de la eurozona.

Empecemos por la mejor parte: el temor a que los bancos europeos entraran en bancarrota y que la huida de los inversores provocara una Gran Depresión Europea parece haber quedado atrás. También ha comenzado a disiparse el temor a que los gobiernos de la eurozona cayeran en cesación de pagos (con las mismas consecuencias terribles), temor debido enteramente a la disfuncionalidad política de la Unión Europea.

Evitar una depresión profunda dependía de que Europa respondiera correctamente a estos dos aspectos de la crisis. Pero que el conjunto de Europa no pierda décadas de crecimiento económico todavía está por verse y depende de solucionar ese desequilibrio, para lo cual es preciso que los gobiernos del sur recuperen la competitividad rápidamente.

El proceso por el cual el sur de Europa fue perdiendo competitividad nació de las señales enviadas por los precios de mercado, es decir, de los incentivos que esas señales ofrecían a los emprendedores y de la suma macroeconómica de las respuestas que cada uno de aquellos tomaba racionalmente. Los europeos del norte que tenían dinero para invertir estaban dispuestos a prestarlo con condiciones extraordinariamente ventajosas a los europeos del sur dispuestos a gastarlo, y el volumen de gasto alcanzado en el sur de Europa antes de 2007 incentivó a los empleadores a elevar rápidamente los salarios.

El resultado fue que la economía del sur de Europa se configuró de modo tal que los niveles de salarios, precios y productividad solamente podían mantenerse mientras se gastaran 13 euros por cada 12 euros obtenidos; el euro que faltaba, lo financiaba el norte de Europa. Los noreuropeos, en tanto, adoptaron niveles salariales y de productividad que solamente podían mantenerse mientras gastaran menos de un euro por cada euro que ganaban.

Si (tal como parece) ahora Europa no quiere que el sur gaste más de lo que gana y el norte menos, habrá que hacer cambios en los niveles de salarios, precios y productividad. Para que dentro de una generación no tengamos que mirar atrás y lamentarnos por las décadas “perdidas”, es preciso que los niveles de productividad del sur europeo aumenten en relación con los del norte y que los salarios y precios bajen alrededor de un 30%, así el sur podrá salir de su situación actual exportando y el norte podrá gastar en esas exportaciones lo que gana.

Hay cinco estrategias políticas que podrían emplearse para evitar el estancamiento y salvar al euro:
  • Aceptar un aumento de la inflación en el norte de Europa: dos puntos porcentuales más durante cinco años bastarían para lograr un tercio del ajuste total necesario entre el norte y el sur.
  • Aumentar el nivel de gasto de los estados de bienestar del norte de Europa y extender así la democracia social.
  • Un recorte sustancial de impuestos y servicios sociales en el sur de Europa.
  • Reconfigurar las empresas del sur de Europa para convertirlas en motores de productividad.
  • Provocar deflación en el sur de Europa.
La peor opción es, probablemente, la quinta, porque implica precisamente lo que Europa intenta evitar: décadas perdidas y el colapso de la UE. La cuarta opción sería estupenda, pero si alguien supiera cómo hacer que las empresas del sur de Europa alcancen los niveles de productividad de las del norte, ya lo habría hecho.

Lo que nos queda entonces es una combinación de las tres primeras opciones, algo que comúnmente se llama “medidas para recuperar el crecimiento”. No hay comunicado internacional donde no aparezca esa frase, pero en ninguno se aclara a qué se refiere exactamente. Los tecnócratas europeos, y también algunos de los políticos de Europa, saben de qué se trata, pero los votantes europeos no, porque los políticos tienen miedo de que si se lo explican con todas las letras, sea el fin de sus carreras.

Pero si Europa no se fija como metas políticas para los próximos cinco años alguna combinación de las primeras tres opciones, no le quedará otra que elegir entre la pérdida de varias décadas en el sur de Europa (y tal vez en el norte también) o que se perpetúen los desequilibrios de la balanza de pagos entre el sur y el norte, que se deberán financiar con transferencias fiscales, es decir, cobrándole impuestos al norte.

Es hora de que los políticos del norte de Europa digan más claramente qué quiere decir “medidas para recuperar el crecimiento”. Porque si no lo hacen, dentro de diez años tendrán que explicar cómo fue que las indefiniciones de hoy le dejaron una enorme deuda fiscal al norte de Europa. Y ese puede ser el verdadero fin de sus carreras.

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