Mostrando las entradas con la etiqueta Transhumanismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Transhumanismo. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de agosto de 2026

Transhumanismo, androides, lucha de clases y el futuro del trabajo

El sueño de la burguesía es «dar vida» al trabajo muerto, o mejor aún, «matar» el trabajo vivo, para contrarrestar la tendencia a la baja de la tasa de ganancia… Pero este es un sueño inalcanzable

Guillaume Suing, La Haine

Con el auge del transhumanismo, ¿se consideraría a los seres biónicos sujetos políticos con derechos y capacidad de decisión a la par de los trabajadores 100% humanos?

¿Podría todo el mundo tener acceso a mejoras tecnológicas, cuya calidad variaría según la clase social? ¿ Cuál será el papel de los sindicatos dentro de 20 años? ¿Desaparecerán con la automatización masiva y la IA? Si no, ¿cuál sería el impacto de su desaparición en este contexto?

Siempre me veo tentado a ver, en las preguntas sobre nuestro futuro lejano, los síntomas de una crisis que en realidad está muy presente. La drástica reducción de las clases trabajadoras en sentido estricto en los países imperialistas, a medida que externalizan su producción industrial por un lado y el desarrollo tecnológico avanza a pasos agigantados por otro, da la impresión de que algún día desaparecerán por completo, refutando así la esencia de la teoría marxista.

La evolución o ampliación del concepto de trabajador en los países capitalistas constituye, paralelamente, un tema en sí mismo que requiere un trabajo considerable, el cual, deliberadamente, dejaré de lado. Sin embargo, es dentro del marco de este trabajo necesario donde reconozco la relevancia de la pregunta aquí planteada.

En cuanto a la forma, puedo intentar al menos dos anacronismos desafortunados que considero esclarecedores.

La destrucción masiva de la competencia en los albores de la era imperialista, hace más de un siglo, dio lugar a especulaciones similares sobre la inminente desaparición de la clase burguesa, que dejaría solo un monopolio todopoderoso (la teoría del ultraimperialismo de Kautsky, por ejemplo). Lenin tenía razón en aquel momento al contrarrestar este tipo de especulaciones, que, como sabemos hoy, han sido desmentidas por la experiencia.

martes, 29 de octubre de 2024

La indiferencia en la época del capital


Salvatore Bravo, Sinistra in Rete

El relativismo resultante del capitalismo no es comparable con los relativismos que han ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad. El relativismo de nuestro tiempo tiene una estructura profunda en la psique, en las emociones y en el cuerpo vivido de los sujetos conscientes o inconscientes del capital, consiste en la indiferencia. Los relativismos del pasado fueron la elaboración colectiva de verdades orgánicas en el poder, tenían un fuerte valor político y ético. El relativismo fue el paso obligatorio hacia la reorientación de la Gestalt. En nuestro tiempo, el relativismo es "el hábito de experimentar los propios deseos personales como verdades absolutas". La individualidad ha automatizado la dimensión del deseo sin pensamiento y sin autorreflexión.

Pensar es establecer principios éticos objetivos. No el buen placer que se experimenta en el momento fugaz, sino el concepto de bien fundamentado racionalmente con el que discernir el bien del mal, el capricho del deseo auténtico y los medios de los fines. Pensar es dealienarse. El tiempo del capital, por tanto, inculca en carne y hueso la incapacidad de "sentir el mundo" y de "escandalizarse por el dolor". La individualidad sólo escucha sus propios deseos, se erige como una triste divinidad terrenal de un mundo sin Edén. El relativismo del capitalismo olvida el mundo y no lo reconoce. Las subjetividades con las redes sociales y con la costumbre de actuar en los grandes escenarios del mundo no reconocen la alteridad y viven en un estado de continuo extrañamiento respecto de sí mismas y del contexto social. Por tanto, el yo narcisista es estructuralmente frágil, no tiene profundidad, por lo que lleva una vida superficial. Esto último refuerza la pereza de pensamiento y la incapacidad de gestionar las tensiones capaces de dar "la forma" (las metas objetivas) con las que planificarse y organizarse dialécticamente con el poder. El yo perpetuamente deslumbrado por el capricho, el último hombre nietzscheano en definitiva, se deconstruye y adquiere poco a poco un sentido de omnipotencia: los deseos son el afrodisíaco cotidiano que hay que escuchar y que nadie puede juzgar.

LinkWithin

Blog Widget by LinkWithin