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jueves, 19 de marzo de 2026

Habermas: el filósofo del «consenso democrático» que legitimó la guerra y a las élites económicas

La muerte de Jürgen Habermas ha provocado una avalancha de elogios en la prensa burguesa o no, que lo presenta como uno de los grandes filósofos democráticos de nuestro tiempo

Cristóbal García Vera, La Haine

¿“Deliberación racional entre iguales” bajo el dominio del gran capital?

La muerte del filósofo y sociólogo Jürgen Habermas (1928-2026), el pasado sábado 14 de marzo, ha desatado una oleada de homenajes que lo reivindican como una de las mayores figuras intelectuales de la Europa contemporánea y un “referente ético fundamental”. Durante décadas, en efecto, Habermas fue el intelectual público más influyente de Alemania y uno de los pensadores más citados del mundo occidental. Intervino en discusiones sobre la memoria del nazismo, la identidad alemana, la reunificación del país y el proyecto político europeo. Con el tiempo su figura adquirió el perfil del gran intelectual público de un país con una de las tradiciones filosóficas más importantes de Europa.

Su nombre quedó asociado a una idea que ha tenido enorme éxito en la filosofía política reciente: que las sociedades modernas pueden legitimarse mediante el “diálogo racional” entre “ciudadanos libres e iguales”.

La tesis es conocida. Cuando los ciudadanos pueden discutir en condiciones de igualdad, intercambiar argumentos y deliberar públicamente sin coerción sobre los asuntos comunes, las decisiones colectivas pueden considerarse legítimas. En última instancia, la democracia sería – para Habermas – este proceso de «discusión racional».

Ese planteamiento ha tenido un enorme impacto en universidades, instituciones europeas y buena parte de la teoría política contemporánea. Pero precisamente por el alcance de ese impacto conviene preguntarse algo que los obituarios rara vez plantean: qué papel desempeñó realmente ese tipo de pensamiento en las sociedades donde surgió. Porque una teoría social puede volverse influyente no solo por su fuerza intelectual o su rigurosidad, sino también por su capacidad para encajar con las necesidades ideológicas del sistema en el que se desarrolla. Y, en el caso de Habermas, esa relación resulta difícil de ignorar.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Crisis en Chile: ¿Dónde está el piloto?


Luis Nitrihual Valdebenito, Público

Los antecedentes son brutales. A poco más de un mes de movilizaciones, el último reporte del Instituto de Derechos Humanos de Chile da cuenta de mas de 200 mutilaciones oculares. En algunos casos se trata de la pérdida de un ojo y en otros, directamente de la ceguera. Otros datos concretos: 23 muertos; 2000 personas heridas; 192 hombres y mujeres sometidos a torturas; 52 querellas por violencia sexual, detenciones de menores de edad, inusitada violencia y agresividad de la policía. Un record funesto, pues en el caso de quienes perdieron sus ojos son jóvenes que se han estado manifestando desde el 17 de octubre para conseguir una Nueva Constitución, a través de una Asamblea Constituyente.

Hace apenas unos días, un audio filtrado del General de Carabineros Mario Rozas daba cuenta de la decisión de apoyar a su tropa de manera irrestricta: “a nadie voy a dar de baja por procedimiento policial”, señalaba de manera tajante. Dos cosas se pueden señalar de esta filtración, lo primero es obviamente la ausencia de una mirada que de cuenta de respeto a los derechos humanos y aplicación de mínimos protocolos de buen trato. Lo segundo es la falta de cohesión interna dentro de la misma institución. Tras este audio, grave dada la situación de violencia salvaje por parte de la policía, el gobierno ha guardado un riguroso y agraviante silencio. Piñera se concentra en cambio en los hechos de violencia ejecutados por delincuentes que, aprovechando los masivo del movimiento social, han saqueado y quemado lugares a lo largo de todo Chile.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Movimientos sociales de izquierda: ¿qué táctica electoral?

Immanuel Wallerstein, La Jornada

La dificultad central de los movimientos sociales de izquierda es determinar la táctica electoral que les posibilitará ganar tanto en el corto plazo como en el mediano plazo. En la superficie parece que ganar en el corto plazo está en conflicto con ganar en el mediano plazo.

En el corto plazo, el objetivo primordial de un movimiento de izquierda debe ser el defender las necesidades urgentes de supervivencia de toda esa franja que constituye 99 por ciento de la población, pero en especial aquella gente situada en los estratos más pobres. Para lograr esto, un movimiento tiene que controlar las instituciones del Estado a todos los niveles. Esto significa participar en las elecciones.

En todos esos lugares donde las instituciones electorales permiten alguna transferencia de poder de una serie de funcionarios electos a otra serie de oposición, la necesidad obvia de los movimientos de izquierda es ganar dichas elecciones. Ganar esas elecciones puede, no obstante, desactivar la capacidad de los movimientos de izquierda para ganar la batalla de mediano plazo que entraña la opción fundamental de cuál sistema (o sistemas) saldrá ganador de la crisis estructural de nuestro sistema-mundo capitalista existente. El modo de evitar esto es nunca involucrarse en la política electoral.

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