La política estadounidense está dando un nuevo giro: tras abandonar aparentemente el objetivo estratégico de infligir una derrota a Rusia y, posteriormente, intentar desvincularse del conflicto en Ucrania, Washington está dando un nuevo giro de 180 grados y parece encaminarse decididamente hacia la guerra.
Enrico Tomaselli, Giubbe Rosse News
Cuando la administración Trump comenzó a distanciarse del conflicto en Ucrania, lo que la impulsó no fue precisamente un repentino amor por Rusia, sino simplemente el temor de que una derrota militar de la OTAN pudiera repercutir negativamente en la reputación de los Estados Unidos. El deseo de derrotar estratégicamente a Rusia y apropiarse de sus recursos no había desaparecido en absoluto, sino que solo se había dejado de lado de forma contingente. Sin embargo, cuando comenzaron a surgir las dificultades, empezaron a reconsiderar la hipótesis.
Básicamente, el proyecto de retirada preveía, en primer lugar, la posibilidad de poner fin al conflicto mediante una negociación, en la que Washington pasara elegantemente de ser el principal patrocinador de Kiev a ser mediador entre las partes y, sobre todo, que la negociación condujera a minimizar en la medida de lo posible la ventaja rusa y a amplificar el papel de Estados Unidos (y el protagonismo de Trump) como mediadores.
Sin embargo, este proyecto se topó con algunos factores, entre ellos la resistencia opuesta por los dirigentes ucranianos —respaldados por los europeos— y por parte de la propia Administración estadounidense, pero sobre todo por la firmeza rusa. Moscú se ha declarado en varias ocasiones abierta a la negociación, pero en realidad nunca ha reconocido a Washington un papel de tercero, considerándola más bien la verdadera decisora, y al mismo tiempo nunca ha cedido en las cuestiones fundamentales.
