El socialismo es una política de clases. Distinguir entre las numerosas categorías a las que recurrimos cuando hablamos de clase social es esencial para clarificar nuestra estrategia política
Matt Bruenig, Jacobin
El discurso estadounidense sobre la «clase» es un caos. Pareciera que cada quien tiene su propio significado particular de la palabra, y no solo en los márgenes del término, sino en muchos de sus aspectos centrales. En los debates sobre cómo ubicar a una persona en disputa dentro de una clase u otra, la forma habitual de intervenir consiste en presentar un pequeño relato difuso sobre su vida y luego concluir que algún aspecto de ese relato hace evidente a qué clase pertenece. La mejor manera de predecir a qué conclusión llegará alguien sobre la clase de una persona en debate es determinar primero si esa persona le cae bien o mal por razones ajenas a la cuestión. De manera un tanto insólita, cuando la gente siente simpatía por alguien, tiende a decir que pertenece a la clase baja; cuando siente antipatía, tiende a ubicarlo en la clase alta.
En parte, esto solo refleja la habitual mala fe y el razonamiento motivado que infectan cualquier discurso político. Pero también responde simplemente a lo resbaladizo que resulta el término. Se suele confundir la clase económica con la clase social, pero además se define cada uno de esos subconceptos de manera diferente. En el uso convencional existen muchos indicadores distintos de clase, lo que significa que es posible —y, de hecho, común— que una misma persona presente una combinación de indicadores que apunten en direcciones opuestas. Por ejemplo, se puede tener un alto nivel educativo y bajos ingresos, un empleo de alto estatus y poca educación, un origen modesto y altos ingresos en la adultez, o un gran patrimonio y un trabajo de bajo nivel.
Existen opiniones encontradas sobre cuáles de estos indicadores deben emplearse para evaluar la clase, qué peso darle a cada uno si se combinan varios, y si debe adoptarse una evaluación conjuntiva (es decir, que todos los indicadores deban ser bajos para considerar a alguien de
Estatus socioeconómico
La sociología ideó el concepto de estatus socioeconómico (NSE) para intentar superar estos desafíos. En lugar de definir la clase a partir de una sola variable —lo cual no parece reflejar cómo aborda la idea nuestra sociedad actual—, el NSE se define mediante un índice que combina múltiples variables en un solo número. El NSE no es un enfoque muy amigable para el debate público, ya que en la práctica aborda la clase como un espectro, mientras que el discurso político anhela casilleros definidos. Con el NSE se podría decir que alguien se encuentra en el percentil 20 de la distribución de «clase», pero no que pertenece a la «clase baja», a la «clase trabajadora» o a la «clase profesional». De modo que, aunque en cierto punto resuelve uno de los problemas que aquejan a este debate, lo hace de una manera que resulta incompatible con las formas en que nos acostumbramos a hablar del tema.
Los índices de nivel socioeconómico combinan habitualmente variables de educación, ingresos y ocupación en una sola cifra. Cuando se dispone de otras variables —como patrimonio, origen familiar o consumo—, también suelen incorporarse. Para calcular el índice de NSE de una persona, primero se obtiene el promedio de cada uno de los indicadores y luego se mide qué tan por encima o por debajo de ese promedio se ubica ese individuo. A continuación, se suman o promedian las puntuaciones en cada subindicador para obtener el puntaje general. A partir de allí, se puede comparar ese puntaje con la distribución total y determinar si la persona se encuentra, por ejemplo, en el 10% inferior de la distribución del NSE, en el 1% superior o en la mediana.
Cuando conocí la noción de NSE en la universidad, me pareció bastante ingeniosa y elegante. El índice compuesto por ingresos, educación y ocupación refleja muy bien que, en nuestra sociedad, la gente suele tropezar con el hecho de que estos tres factores no siempre se alinean, lo que empantana de forma constante el debate sobre la clase.
Mucha gente quiere poder decir que alguien con un doctorado que gana 80 000 dólares al año como docente universitario pertenece a una «clase» más alta que alguien con secundario completo que gana 100 000 dólares al año como plomero. De hecho, hay quien pretende sostener que, incluso si la persona con el doctorado pasa a trabajar como plomero por 100 000 dólares al año, sigue perteneciendo a una «clase» más alta que el plomero que solo tiene el título secundario. Por otra parte, creo que la mayoría no querría afirmar que una persona con título universitario que trabaja por salarios bajos en el comercio minorista o en el sector gastronómico pertenece a una clase más alta que alguien sin título universitario que se desempeña como un ejecutivo corporativo muy bien remunerado.
Definir la clase contemplando únicamente los ingresos, solo la educación o solo la ocupación no nos permitiría llegar a esas conclusiones deseables. En cambio, un índice de NSE basado en ingresos, educación y ocupación sí lo permite, ya que pondera los tres indicadores bajo la premisa de que cada uno aporta a la clase de una persona, pero no la determina de forma exclusiva.
Realizar un análisis de NSE y luego desglosar sus componentes también es una buena manera de ilustrar por qué el discurso se enreda tanto al respecto. En el siguiente gráfico apliqué una medición de NSE basada en ingresos, educación y ocupación, y clasifiqué a todas las personas de entre veinticinco y cincuenta y cuatro años en deciles de NSE. Dentro de cada decil grafiqué tres barras que muestran el rango de resultados para los tres subindicadores presentes en ese tramo.
La forma general del gráfico es la que cabría esperar. A medida que ascendemos en la distribución del estatus socioeconómico (NSE), las tres barras también tienden a elevarse en la distribución por percentiles. Sin embargo, persiste un rango bastante amplio para cada uno de los subindicadores dentro de cada decil. Es fácil advertir cómo, al analizar a una persona en particular con un NSE bajo, con frecuencia se puede encontrar que uno de sus subindicadores se ubica, de hecho, en la franja más alta. Si se adoptara una evaluación conjuntiva para definir la clase baja, bastaría con fijarse en ese único indicador para decretar que no pertenece verdaderamente a la clase baja.
Y esto ocurre en un análisis que solo combina tres subindicadores para construir el índice de NSE. Si comenzáramos a sumar más —en el debate público parece haber docenas de indicadores a los que la gente recurre—, la cantidad de personas para quienes, literalmente, todos los indicadores posibles sean bajos se reduciría hasta casi desaparecer.
Deberíamos debatir más sobre los indicadores
Hasta aquí intenté ofrecer una descripción de cómo se habla realmente de la «clase» en el debate público. Es un caos absoluto. Pero probablemente deberíamos dedicar un poco más de tiempo a discutir sobre los contornos de la clase, especialmente cuando se plantean enfoques marcadamente caprichosos e inviables.
Por ejemplo, Noah Smith escribió un artículo titulado «I Have Never Been Working Class» [Nunca fui de clase trabajadora], en el que propone la siguiente definición de clase:
(…) nunca consideré que la clase se defina por una foto del presente del estilo de vida o de las circunstancias materiales de alguien. Siempre pensé que la clase tiene que ver con el potencial de una persona. Y crecí sabiendo que mi potencial económico iba mucho más allá de las circunstancias bastante humildes de mi primera infancia.Según esta definición, parecería no existir tal cosa como la movilidad social ascendente. Nadie podría ascender de la clase baja a la clase alta en la vida estadounidense. Después de todo, cualquiera que termine en la clase alta necesariamente tenía el potencial para hacerlo; y si tenía ese potencial, entonces nunca perteneció a la clase baja en primer lugar.
Además, esta definición basada en el potencial permitiría que una persona pertenezca a varias clases al mismo tiempo. Durante la infancia, muchas personas tienen el potencial de terminar en la clase alta o en la clase baja al llegar a la adultez. ¿Significa eso que pertenecen a ambas clases de manera simultánea?
Este es un enfoque insólito para definir el término y sospecho que, a pesar de haber escrito eso, Smith tampoco cree que tenga sentido. Al avanzar en su artículo, lo que en realidad parece estar procesando es el hecho de que, a pesar de tener bajos ingresos y bajo nivel de consumo, su hogar contaba con un alto nivel educativo y ocupacional (su padre tenía un doctorado y era profesor). Esto, por supuesto, es exactamente lo que el índice de NSE capta con elegancia sin necesidad de dar un rodeo por este extraño discurso sobre el «potencial». El único inconveniente es que el NSE promediaría estos cuatro indicadores y ubicaría al hogar de la infancia de Smith cerca del percentil 50 de la distribución, lo cual solo resulta un problema porque la gente anhela casilleros definidos con nombres concretos como «clase trabajadora», no una posición en una tabla de percentiles.
La clase como dependencia económica del mercado laboral
Al tratar con la izquierda en particular, hay que hacer lugar a la concepción marxista de la clase, aun cuando esta se distancie de los usos más difusos que predominan en la sociedad actual. En este uso del término, la noción de «clase trabajadora» remite a quienes dependen económicamente del mercado de trabajo. Incluso si se prefiere no concederles esa expresión a los socialistas, es importante al menos reconocerla como un concepto preciso e independiente. De lo contrario, costará comprender de qué están hablando los socialistas la mayor parte del tiempo.
Bajo esta noción de «clase trabajadora», aspectos como el nivel educativo, la ocupación, la forma de vestir, el acento, el potencial o cualquier otra cuestión no resultan particularmente relevantes. Esto no se debe a que carezcan de importancia para otras dimensiones de la vida; simplemente ocurre que no indican si alguien depende económicamente del mercado de trabajo o no.
Los límites precisos de este tipo de dependencia económica resultarán difusos, y es natural que existan debates sobre los umbrales específicos. En mi opinión, una buena aproximación abarca a cualquiera que posea un patrimonio generador de renta inferior a veinte veces el ingreso promedio. Pero otros tienen, obviamente, distintos umbrales u otras formas de medir esa dependencia económica.
En el relato socialista, quienes dependen económicamente del mercado de trabajo ocupan un rol único en la sociedad: comparten una misma vulnerabilidad derivada de su posición económica subordinada y un mismo poder producto de su capacidad para paralizar la producción. De allí se derivarían múltiples consecuencias sobre cómo podría transformarse la sociedad si este grupo se uniera y actuara de forma coordinada para promover sus intereses como «clase trabajadora» en este sentido.
No hace falta compartir toda esta premisa para reconocer, al menos, que se trata de una idea con larga tradición en la que muchísima gente ha creído y sigue creyendo. Si logramos pasar por alto las fricciones semánticas, resulta evidente que hay espacio para un escenario donde ese concepto de «clase trabajadora» coexista con nociones más amplios de «clase social» o «estatus social».


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