lunes, 12 de enero de 2026

Anatomía del capitalismo tardío: Cinco perspectivas críticas


Santiago Mondéjar, Geopolitika

El horizonte intercivilizacional no se ajusta perfectamente al sistema internacional. Aunque las civilizaciones y sus culturas se originan en naciones concretas, trascienden las fronteras nacionales. Surgen como bienes comunes sin raíces, trazando cartografías fluidas a través de las fronteras políticas. Por definición, una civilización es una entidad cultural que no puede reducirse a las instituciones, jurisdicciones o límites territoriales del Estado. Una civilización se vuelve más inteligible cuando se concibe metafóricamente como un organismo vivo. Su desarrollo no está determinado únicamente por principios abstractos, sino por procesos concretos, continuos y con capas históricas. Su esencia reside en la coherencia orgánica más que en construcciones teóricas derivadas de convenciones arbitrarias.

En consecuencia, sus elementos fundamentales no pueden analizarse de forma aislada, sino que solo existen como momentos dentro de un todo integrado y relacional. Desde este punto de vista, el capitalismo debe entenderse no solo como un sistema económico, sino como una forma civilizacional por derecho propio. Se define por la primacía de la racionalización, la producción de subjetividades específicas y los imperativos implacables de la expansión y las finanzas. Lo que caracteriza a la época contemporánea no es una ruptura radical con el pasado del capitalismo, sino una profundización de su dinámica central. Se vuelve cada vez más abarcador, opaco y autorreferencial, absorbiendo esferas de la vida que antes solo estaban parcialmente sujetas a la lógica del mercado.

El capitalismo no es simplemente un sistema de intercambio de mercado, sino una totalidad cultural e institucional sostenida por formas jurídicas, normas sociales y modos de subjetividad estereotipados. Su reproducción se basa en instituciones formalmente externas al mercado —la educación, el derecho, la ética y el poder estatal— pero alineadas internamente con los imperativos capitalistas. Estas instituciones no se limitan a apoyar los mercados, sino que producen activamente los sujetos y las relaciones sociales que estos exigen. El neoliberalismo radicaliza esta condición al convertir el capitalismo en una forma de gobernabilidad. Como observó Michel Foucault, la racionalidad del mercado se extiende más allá de la política económica para convertirse en el principio organizador de la gobernanza, la provisión social y la autoconducta (Foucault, 2008).

La competencia, la optimización y el cálculo de la relación coste-beneficio impregnan la vida social, reconfigurando tanto las instituciones como a los individuos. El capitalismo de plataforma marca una etapa decisiva en esta trayectoria. Las plataformas digitales funcionan como regímenes reguladores privados que incorporan la lógica del mercado directamente en la interacción cotidiana. Si bien el capitalismo sigue dependiendo de instituciones no económicas, estas son cada vez más sustituidas, reorganizadas o eludidas por infraestructuras digitales propietarias. La educación, la comunicación, la coordinación laboral y el reconocimiento social están cada vez más mediados por estos sistemas: pensemos en el despacho algorítmico de Uber, la logística basada en datos de Amazon o las economías de atención de Instagram.

El capitalismo anterior estaba culturalmente anclado en un ethos burgués sostenido por normas elitistas relativamente coherentes. El capitalismo de plataforma, por el contrario, funciona a través de incentivos difusos, clasificaciones, métricas y retroalimentación sobre la reputación. La reproducción cultural ya no depende de horizontes morales compartidos, sino de la evaluación continua y el empuje conductual.

Este cambio no rompe la lógica histórica de racionalización del capitalismo, sino que la acelera. Desde sus orígenes, el capitalismo ha avanzado mediante una creciente racionalidad formal: cálculo, previsibilidad, abstracción. El neoliberalismo y el capitalismo de plataforma profundizan esta tendencia, haciéndola algorítmica, en tiempo real y, a menudo, opaca a la interpretación humana. La extracción de valor pasa de la contabilidad y el intercambio a la captura de datos, la predicción del comportamiento y la gestión de la atención.

Así, la continuidad y la transformación convergen. La racionalidad formal sigue dominando sobre los fines sustantivos, pero su funcionamiento cambia profundamente. La racionalidad ya no es ejercida de forma transparente por capitalistas o gestores identificables, sino que se delega en sistemas computacionales. Esta delegación genera nuevas opacidades y asimetrías de poder, ejercidas a través de modelos inescrutables en lugar de órdenes explícitas. Para comprender las consecuencias sociales, el análisis debe volver a la formación del sujeto. El capitalismo clásico requería un sujeto burgués disciplinado y orientado al futuro, capaz de posponer la gratificación y calcular el riesgo. El neoliberalismo universaliza esta norma empresarial. Los individuos, independientemente de su clase, se ven obligados a tratarse a sí mismos como capital humano en el que invertir. El trabajo mediado por plataformas —trabajos esporádicos, creación de contenidos, trabajo autónomo basado en la reputación— produce empresarios precarios desprovistos de propiedad, seguridad o autonomía genuina. La autonomía sobrevive como promesa ideológica, pero sigue siendo ilusoria, subordinada a la evaluación perpetua, la autooptimización competitiva y la vigilancia algorítmica.

El sujeto burgués cede el paso a un individuo fragmentado, endeudado y sometido a una evaluación incesante. El impulso expansionista del capitalismo se manifestó en su día a través del colonialismo y la integración del mercado mundial. Bajo el capitalismo neoliberal, persiste en una forma alterada. La frontera ya no es principalmente geográfica; la expansión se produce a través del cercado de los bienes comunes digitales y sociales: la comunicación, el conocimiento, el afecto y la propia socialidad. El imperialismo digital opera a través del control de las infraestructuras, las normas, los flujos de datos y la propiedad intelectual, más que de la soberanía territorial.

La vida social se convierte en un campo directo de extracción. Esta tendencia está ligada al creciente dominio de las finanzas. La acumulación especulativa ha caracterizado durante mucho tiempo al capitalismo moderno, pero en las condiciones de la plataforma se convierte en sistémica. Las plataformas se valoran principalmente por las expectativas financieras, más que por la rentabilidad actual. El capital riesgo, la inflación de los activos, las rentas de monopolio y el crecimiento previsto sustituyen a la competencia clásica. Las finanzas ya no se limitan a supervisar la producción, sino que preestructuran la propia innovación.

El análisis que aquí se ofrece no es un relato empírico limitado de los mercados o las empresas. Se trata de una filosofía política crítica que combina el método genealógico con una crítica ampliada de la economía política. Su objeto es el capitalismo como orden civilizatorio en evolución histórica que integra procesos materiales, formas institucionales y modos de subjetividad. La dimensión ética del capitalismo también exige una reconsideración. Históricamente, ha erosionado los marcos éticos sustantivos, sustituyéndolos por el cálculo instrumental. El capitalismo de plataforma neoliberal no llega a abolir la ética, sino que la mercantiliza. La confianza, la reputación y la posición moral se cuantifican mediante calificaciones, reseñas, «me gusta» y las denominadas métricas ESG.

El comportamiento se rige menos por la persuasión moral que por la disciplina reputacional. La vida ética se reintegra como datos y rendimiento. La inestabilidad del capitalismo, arraigada en contradicciones internas y excesos expansionistas, persiste. Sin embargo, las crisis ya no aparecen como rupturas excepcionales. La volatilidad financiera, el canibalismo ecológico y la precariedad social se convierten en condiciones crónicas que hay que gestionar en lugar de resolver. Las plataformas suelen prosperar en medio de la crisis, proporcionando coordinación logística, mediación informativa y control del comportamiento. La crisis se convierte en una oportunidad para una mayor mercantilización.

En esta etapa, el capitalismo parece carecer de un exterior externo. La vida social, la subjetividad e incluso la crítica se internalizan en sus circuitos, a menudo mercantilizadas de forma preventiva. Ya no se presenta como una fase limitada de la modernidad, sino como un régimen sociotécnico totalizador. Es aquí donde el concepto de entropía de Robert Biel cobra fuerza crítica (Biel, 2011). La entropía revela el capitalismo tardío como un sistema adaptativo que sobrevive de forma parasitaria de su propia descomposición, incluido el caos ecológico acelerado que genera. La degradación no es un límite externo, sino un recurso interno: el capitalismo se alimenta del desorden, extrayendo valor del colapso climático, el agotamiento de los recursos y la inestabilidad sistémica.

Esta crisis entrópica encaja con el realismo capitalista de Mark Fisher: la naturalización del capitalismo como único horizonte concebible (Fisher, 2009). Como señalan Fredric Jameson y Slavoj Žižek, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo (Jameson, 2003; Žižek, 2010). Fisher diagnostica la parálisis subjetiva resultante: un agotamiento histórico que excluye el futuro. El tecnofeudalismo de Yanis Varoufakis agudiza el panorama (Varoufakis, 2023). El tecnofeudalismo no es una sustitución completa del capitalismo, sino una mutación regresiva dentro de él. La extracción de rentas basada en plataformas, el cercado digital y la dependencia jerárquica distorsionan la acumulación sin abolirla. El «capital en la nube» intensifica la decadencia entrópica al tiempo que refuerza el realismo capitalista mediante afirmaciones de inevitabilidad tecnológica. El relato de David Harvey sobre las contradicciones del capitalismo complementa estos diagnósticos (Harvey, 2014). Las contradicciones fundamentales, conmovedoras y peligrosas impulsan crisis esenciales para la reproducción, pero señalan límites históricos. Estas contradicciones se acumulan y se intensifican en lugar de resolverse.

Frente a este impasse se encuentra la visión de Piotr Kropotkin en La conquista del pan: una ontología de la ayuda mutua, la expropiación colectiva y el bienestar incondicional (Kropotkin, 1892). Al exponer la escasez fabricada por el capitalismo, Kropotkin apunta hacia la reapropiación de los bienes comunes, tanto materiales como digitales. Las plataformas abiertas y cooperativas y los repositorios de conocimiento compartido contrarrestan directamente el cercado de la propiedad; las redes descentralizadas de ayuda mutua resisten la vigilancia algorítmica y la extracción entrópica.

La cooperación genera un orden no entrópico: abundancia sin agotamiento, libertad sin precariedad. Estas perspectivas se cohesionan en una filosofía política. El capitalismo no solo parece explotador, sino suicida; no solo dominante, sino espectral. Superarlo exige más que una reforma. Requiere construir un orden no entrópico basado en la abundancia compartida, la libertad material y la reproducción cooperativa. Otro mundo no es utópico, sino que está latente en los intersticios del presente. El fin del capitalismo se hace posible cuando el desorden ya no puede contener la demanda humana de autenticidad, cooperación y existencia orientada a la nación. «Conquistar el pan» se convierte en un llamamiento a recuperar el futuro de la entropía, el encierro y el agonismo.


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Referencias:
  • Biel, R. (2011). The entropy of capitalism. Brill.
  • Fisher, M. (2009). Capitalist realism: Is there no alternative? Zero Books.
  • Foucault, M. (2008). The birth of biopolitics: Lectures at the Collège de France, 1978-1979. Palgrave Macmillan.
  • Harvey, D. (2014). Seventeen contradictions and the end of capitalism. Oxford University Press.
  • Jameson, F. (2003). Future city. New Left Review, 21, 65-79.
  • Kropotkin, P. (1892). The conquest of bread. G. P. Putnam’s Sons.
  • Varoufakis, Y. (2023). Technofeudalism: What killed capitalism. Bodley Head.
  • Žižek, S. (2010). Living in the end times. Verso.
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Ver también:

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