lunes, 2 de diciembre de 2019

El suicidio de Occidente


Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada

Después de la extrema unción de Emmanuel Macron –ex empleado de la esclavista Banca Rothschild– sobre el “fin de la hegemonía de Occidente (bit.ly/2L6xVpb)” y “la muerte cerebral de la OTAN (bit.ly/2OWK4y3)”, toca el turno al alicaído neogaullista Nicolas Sarkozy, quien decretó que “Occidente y Europa no son más los ejes del mundo (bit.ly/2R0OruF)”.

La consubstancial corrupción de Sarkozy no le obnubiló su lucidez. Occidente (what ever that means) y Europa han sido rebasados por la resurrección de Rusia y la parusía de dos civilizaciones milenarias: China e India.

Sarkozy se equivoca al sentenciar que la crisis de los partidos Conservadores Liberales refleja la crisis de Occidente. No hay tal: da igual la pertenencia de cualquier partido en el amplio espectro permitido en los sistemas electorales de Occidente cuando los laboristas y/o socialistas, tipo travesti como Tony Blair, perdieron también su alma en el trayecto neoliberal global que fue el que periclitó cuando hoy los partidos, sean de cualquier bandera, cesaron de representar las aspiraciones y las voluntades de los ciudadanos, en particular, de los millennials que se han rebelado y revelado en los cuatro rincones del planeta (bit.ly/2qOFPg8) y que hoy carecen de futuro (bit.ly/34yZ9MF).

En Latinoamérica, la revuelta de los millennials va primordialmente contra el Índice Gini de la insoportable desigualdad del neoliberalismo global en su esencia antidemocrático por servir exclusivamente los intereses rapaces de la plutocracia.

Sarkozy no aporta nada nuevo cuando reconoce que Occidente y Europa –hoy diametralmente opuestos en la fase del trumpismo y del Brexit, como muy bien diagnosticó con mayor profundidad Macron– no representan más el eje del mundo, por lo que existen razones demográficas para ello: el eje del mundo pasó de Occidente y hoy giró al Este. De 7 mil millones que habitan el planeta, 4 mil millones viven en Asia.

Hasta cierto punto, ya que Rusia con una demografía declinante –a cuya extinción poblacional apostó Estados Unidos, sin una guerra de por medio– mediante su mística y espíritu –palabras abolidas por el ultramaterialismo neoliberal–, que subsume La Cuarta Teoría Política (amzn.to/34AaufJ) de Alexander Dugin (ideólogo del zar Vlady Putin), resucitaron a Moscú del cementerio geoestratégico donde la arrumbaron Gorbachov y Yeltsin.

Sarkozy aduce correctamente que es difícil que exista una sola Europa con 27 países cuando hay cuatro Europas: la de Schengen, la del Euro, la de la Defensa y la de la Unión, lo cual es cierto a nivel jerárquico/estratégico cuando también existe una distinta visión regionalizada de otras cuatro Europas, a mi juicio: “norte, sur, central y oriental, con diferentes velocidades y dispersas en su múltiples instituciones y en la zona Euro de países de primera y segunda clase (bit.ly/33BgmUy)”.

Sarkozy comenta en forma polémica que bajo la presión de las redes sociales (sic) lo que está de moda es la horizontalidad. Pero yo sólo creo en la verticalidad: un líder, un equipo, una visión, una ambición. En nuestras sociedades de hoy el liderazgo se ha vuelto ilegítimo (sic), el mundo se mueve a gran velocidad y los líderes, para actuar, tienen que esperar a tener la opinión de hasta la última asociación. La democracia no es eso. La democracia de Sarkozy es anacrónica y no tiene nada que ver con la topografía de la nueva democracia del siglo XXI, que conjuga horizontalidad con verticalidad, en un esquema holístico envolvente donde participan las redes sociales como nuevas correas de transmisión de la comunicación hightech e incorporan a los millennials y a las poblaciones rurales despreciadas por los rascacielos urbanos/suburbanos.

Los errores epistemológicos y filosóficos de su caquistocracia y la ausencia de sabios y pensadores –sustituidos por analistas bursátiles/econometristas e ignorantes comunicadores de pacotilla a sueldo de sus mendaces multimedia– aniquilaron la pluralidad cerebral de un Occidente que se suicidó.

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