martes, 5 de marzo de 2019

Venezuela y los derechos humanos

José Blanco, La Jornada

Guaidó debió regresar ayer a Venezuela. Su gira tuvo buena acogida entre los gobernantes sudamericanos, que ya le habían brindado nutridos aplausos por su autoproclamación como presidente encargado, en un impúdico alineamiento con la arbitrariedad descarada de Washington. El encargado tiene tanta legitimidad que debió ser acompañado por Kimberly Breier, subsecretaria de Estado de Estados Unidos para Asuntos del Hemisferio Occidental, abriéndole puertas de los gobiernos vasallos.

Washington entró en un callejón que le era desconocido con su ayuda huma­ni­taria. En su primer careo con los venezolanos en la frontera con Colombia llegó, extrañamente sin saberlo, con pólvora mo­jada. Resultó pueril el reclamo del vicepresidente Mike Pence a Guaidó en la cumbre de Bogotá, encabezada por el vice: el ejército venezolano debió dar la espalda a Maduro y eso no ocurrió. Desertaron, se dice, unos 300 militares de un ejército de 300 mil.

No dejó de ser sorprendente la postura del Grupo de Lima: rechazó una intervención militar en Venezuela, incuida la posición del vicepresidente de Brasil, ge­neral Hamilton Mourão, enfrentando a Pence. Antes de esa expresión, ocurrió la declaración de la Comisión Europea, comunicada por la vocera para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Maja Kocijancic, diciendo, respecto al llamado de Guaidó a una intervención militar contra Venezuela, que “la posición de la Unión Europea… es muy clara: evitar la intervención militar”.

EEUU no retrocederá y busca ya rediseñar su estrategia. Una intervención militar por ahora se ve distante por cuanto se han expresado en contra Colombia y Brasil, países sin los cuales esa intervención no es posible. Además, dijo John Bolton en entrevista a CNN, estamos tratando de obtener apoyo para la transferencia pacífica del poder de Nicolás Maduro a Juan Guaidó, a quien reconocemos como presidente encargado. Aunque la credibilidad de ­Wa­shington es nula respecto a su invocación a una vía pacifista, todo parece indicar que su momentum ha pasado.

Con todo, su propaganda contra Venezuela continuará con el batiburrillo de los derechos humanos, la democracia y la crisis económica, en parte visiblemente debida a sus acciones de despojo cometidas contra el pueblo venezolano.

El filósofo francés Alain de Benoist argumenta en su obra Más allá de los derechos humanos (París, 2008) que estos derechos constituían, en un principio, un instrumento poderoso frente a los regímenes absolutistas, pero pronto se volvieron instrumentos imperiales y militares, con pretextos humanitarios: Kosovo, Libia, Irak, Irán, Siria…, hoy, también, Venezuela y Cuba. Las declaraciones de derechos no son tanto declaraciones de amor como declaraciones de guerra, escribe De Benoist.

Más que claro: los derechos humanos son hoy un instrumento de dominación, parte del marco ideológico de la globalización; si estos derechos constituyeran valores universales, válidos en todo momento y en todas partes, ¿por qué EEUU ha debido buscar imponerlos hasta con las armas?

Todos los derechos humanos de hoy, como derechos individuales, sólo pueden surgir de la evolución política y cultural de cada pueblo; que todas las culturas reciben hoy la influencia de las demás; que algunas hagan esfuerzos para recomendar esos valores a través de instituciones internacionales, está bien; pero es inaceptable su valor como medio de intervención de poderes imperiales.

Erika Guevara-Rosas, directora para las Américas de Amnistía Internacional, recientemente expresó: No sólo la separación de niñas y niños de sus familias, sino una serie de políticas que han sido violatorias de los derechos humanos, incluso la reciente salida [de Estados Unidos] del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, por supuesto que le resta toda la legitimidad para poder condenar violaciones a los derechos humanos en otros países. En efecto, el pasado 18 de junio EEUU abandonó ese consejo, con una despedida en la que Mike Pompeo expresó: No dudamos que su creación fue con buena fe, pero tenemos que ser honestos: el Consejo de Derechos Humanos de la ONU es un pobre defensor de los derechos humanos. Así EEUU reafirmó su poder de ser la potencia que sí se encarga de que tales derechos se cumplan donde su gobierno, o el Deep State, decidan. Cuánta razón asiste a De Benoist: los derechos humanos degradados a instrumento de la política imperial de EEUU.

Quedó para la memoria histórica la intervención de la embajadora estadounidense ante la ONU, Nikki Haley, quien dijo en esa misma sesión: Damos este paso porque nuestro compromiso no nos permite seguir siendo parte de una organización hipócrita y egoísta que se burla de los derechos humanos.

Todo ello dibuja de cuerpo entero a quienes, alineados al dictum de Washington, insisten en su dogma interesado: todos los gobiernos –México no lo hará– deben conjuntamente condenar al gobierno de Nicolás Maduro, en defensa de los derechos humanos de los venezolanos.

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