domingo, 21 de febrero de 2016

En las elecciones de EEUU van ganando las fuerzas contrarias al establishment


Robert Reich, Sin Permiso

Oirán ustedes a los expertos analizar las primarias de New Hampshire y concluir que los “extremos” políticos ganan enteros en la política norteamericana, que los demócratas se han movido a la izquierda y los republicanos se han ido a la derecha, y que el “centro” no aguantará.

Tonterías. La verdad es que el “centro” putativo – en el que encontró refugio el Democratic Leadership Council [Consejo Directivo del Partido Demócrata] y la triangulación de Bill Clinton de los años 90, que dominaron George W. Bush y sus compis de empresa y sus asesores neoconservadores, y en el que el Departamento del Tesoro de Barack Obama le otorgó a los bancos de Wall Street enormes rescates, pero sin rescatar a los propietarios de viviendas desesperados – hicieron su trabajo con el resto de Norteamérica y se enfrentan hoy a un ajuste de cuentas.

No están ganando terreno los “extremos”. Están ganándolo las fuerzas de tierra del pueblo norteamericano contrarias al establishment. Hay quienes están tan hartos que siguen a un intolerante autoritario. Otros, más sabiamente, se apuntan a una “revolución política” para recuperar a Norteamérica de los intereses adinerados.

Ese es el verdadero dilema que tenemos por delante.

Por qué tenemos que intentarlo

En lugar del “Sí, podemos”, muchos demócratas han adoptado un nuevo lema en este año de elecciones: “No deberíamos ni intentarlo”. No deberíamos intentar un sistema de pagador único [en el sistema sanitario], dicen. Suerte tendremos si impedimos que los republicanos deroguen el Obamacare. No deberíamos intentar aspirar a un salario mínimo de 15 dólares la hora. Lo mejor que podemos conseguir son 12 dólares por hora. No deberíamos tratar de intentar recuperar la Ley Glass-Steagall, que solía separar la banca de inversion y la comercial, o romper los bancos más grandes. Suerte tendremos si impedimos que los republicanos no revoquen la Ley Dodd-Frank [que substituyó a la Glass-Steagall]. No deberíamos ni intentar conseguir una educación superior pública gratuita. Tal como están las cosas, los republicanos están dispuestos a recortar todo el gasto federal en educación. No deberíamos tratar de implantar impuestos al carbono o al comercio especulativo de Wall Street, o subirles los impuestos a los ricos. Ya tendremos suerte con poder mantener la fiscalidad que ahora tenemos. Más que nada, no deberíamos ni intentar sacar de la política el dinero a mansalva. Ya podemos considerarnos afortunados con reunir a bastante gente con posibles que respalde a los candidatos demócratas.

“No-deberíamos-ni-intentarlo”. Los demócratas creen insensato proponerse un cambio fundamental: castillos en el aire, irrealizable, estúpido, ingenuo, quijotesco. No aparece en las cartas. No podemos de ningún modo. Entiendo su derrotismo. Después de ocho años de intransigencia republicana y seis de un Congreso en punto muerto, muchos demócratas se encuentran desesperados sólo por conservar lo que tenemos. Y desde que la decision del Tribunal Supremo sobre “Citizens United” abrió las compuertas políticas a las grandes corporaciones, a Wall Street y a los multimillonarios de derechas, muchos demócratas han terminado por concluir que las ideas audaces son inalcanzables. Por añadidura, algunos demócratas del establishment – cabilderos de Washington, redactores de editoriales, agentes que están en el ajo, dirigentes del partido y grandes donantes – han crecido cómodos con la manera en que van las cosas. Preferirían no agitar el cotarro en el que se sienten seguros.

Lo entiendo, pero aquí está el problema. No hay modo de reformar el sistema sin agitar el cotarro. No hay manera de llegar hasta dónde Norteamérica debería estar sin apuntar alto. El cambio progresista nunca se ha producido sin que hubiera ideas audaces defendidas por audaces idealistas. Algunos pensaban que era quijotesco apostar por los derechos civiles y el derecho al voto. Hay quienes consideraban ingenuo pensar que podíamos terminar con la Guerra de Vietnam. Hay quienes afirmaban que era irreal impulsar la Ley de Protección Ambiental (Environmental Protection Act). Pero una y otra vez hemos aprendido que se pueden alcanzar importantes metas públicas si la opinión pública se moviliza tras ellas. Y una y otra vez dicha movilización ha dependido de las energías y el entusiasmo de los jóvenes combinado con la determinación y la tenacidad del resto. Si no apuntamos alto, no tenemos oportunidades de dar en el blanco ni esperanza alguna de movilizar ese entusiasmo y determinación.

La situación en que estamos hoy exige esa movilización. La riqueza y la renta están más concentradas en lo alto de lo que lo han estado en más de un siglo. Y esa opulencia se ha traducido en poder politico. El resultado consiste en una economía amañada a favor de los que están en lo más alto, lo cual combina aun más riqueza y poder en lo más alto, en un círculo vicioso que solo irá empeorando a menos que se invierta. Los norteamericanos pagan más por sus medicamentos que cualquier otra nación avanzada, por ejemplo. También pagamos más por el servicio de Internet. Y bastante más por la atención sanitaria. Pagamos precios elevados por billetes de avión, aunque los precios del combustible se hayan desplomado. Y eso es así debido a que las empresas descomunales han acumulado un ingente poder de mercado. Pero apenas sí se aplican las leyes anti-trust del país.

Mientras tanto, los mayores bancos de Wall Street tienen mayor número de activos bancarios del país de los que tenían en 2008, cuando se les creía demasiado grandes como para caer. Los socios de “hedge-fund” consiguen agujeros fiscales, las empresas petrolíferas reciben subvenciones fiscales y la gran agricultura consigue sobornos. Las leyes sobre bancarrota protegen las fortunas de multimillonarios como Donald Trump, pero no los hogares de los propietarios de viviendas que quedaron sumergidos o los ahorros de los licenciados abrumados por préstamos para sus estudios. Un bajo salario mínimo incrementa los beneficios de los minoristas de las grandes superficies, como Walmart, pero requiere que el resto de nosotros les proporcionemos a sus empleados y a las familias de estos con cupones de comida y Medicaid con el fin de evitar la pobreza: una subvención indirecta a Walmart. Los tratados de comercio protegen los activos y la propiedad intelectual de las grandes corporaciones, pero no los empleos y salarios de los trabajadores corrientes.

Al mismo tiempo, están desapareciendo los contrapoderes. La afiliación sindical ha caído en picado, de un tercio de todos los trabajadores del sector privado en la década de 1950 a menos del 7 % hoy en día. Los pequeños bancos han acabado absorbidos por los grandes leviatanes financieros. Las tiendas al por menor no tienen la menor oportunidad frente a Walmart y Amazon. Y los salarios de los altos ejecutivos empresariales siguen disparándose, aunque caigan los salarios reales de la mayoría de la gente y se desvanezca su seguridad en el empleo. Este sistema no es sostenible.

Hay que sacar de nuestra democracia el dinero a mansalva, acabar con el capitalismo de amiguetes, y hacer que nuestra economía y democracia trabajen para los más, no sólo para unos pocos. Pero un cambio de estas dimensiones require movilización política. No será fácil. Nunca ha sido fácil. Como antes, requerirá las energías y compromisos de gran números de norteamericanos. Razón por la cual no deberíamos escuchar a la brigada del “no-debemos-intentarlo”. Han perdido la fe en el resto de nosotros.

Tenemos que intentarlo. No nos queda otra opción.
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Ver: Bernie Sanders y la oportunidad para el cambio político en EEUU

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