lunes, 1 de diciembre de 2014

¿Por qué la UE quiere disolver Google?

Matthew Lynn, El Economista

El continente se hunde en la deflación, el paro aumenta sin descanso, la crisis de la deuda amenaza con hacer saltar por los aires a países como Italia y España, los jóvenes con talento se marchan en bandada de sus países en busca de trabajo, los partidos de extrema derecha suben en las encuestas tras años de depresión que han hecho estragos... No cuesta precisamente enumerar los desafíos económicos que apremian a la Unión Europea ahora mismo.

Y, sin embargo, la UE se ha propuesto solucionarlo todo... disolviendo Google. El Parlamento Europeo está entrando en calor para una pelea con el gigante de las búsquedas y ha atacado a su dominio de Internet. Sostiene que asfixia injustamente el crecimiento de las nuevas empresas tecnológicas autóctonas.

Menudo despropósito. No hay ningún indicio serio que sugiera que el poder de Google está sofocando de ninguna forma la economía europea y desde luego nada que ver con el peso insoportable de la burocracia y la presión fiscal. Peor aún, es una distracción. La UE debería dejar de preocuparse por un par de gigantes americanos y ponerse a pensar en cómo solucionar sus problemas.

El ataque europeo a Google lleva un tiempo cobrando fuerza. La UE investiga desde hace años la posición de mercado de la empresa, si se ha vuelto demasiado poderosa, si discrimina a sus rivales y, en ese caso, qué puede hacerse al respecto. Ahora el parlamento europeo parece dispuesto a llevarlo un paso más allá y se ha programado una votación sobre si se debe permitir a un motor de búsqueda participar en otras actividades comerciales.

Si se aprueba, Google tendrá que disolverse. Y si se disuelve en Europa, no sólo se vería perjudicada la empresa en sí (al fin y al cabo, la UE, con todos sus problemas, sigue siendo el mayor bloque económico del mundo) sino que sentaría un precedente preocupante para el resto del mundo. El Google que conocemos estaría acabado.

Primeros impactos

No sorprende que sus acciones hayan empezado a sufrir. De unos 600 dólares la acción allá por agosto, ahora no llega a los 540. Hay muchos motivos pero los ataques europeos son uno de ellos. Sería un error descartar la amenaza de la UE. La experiencia no le falta. En los noventa, lideró los ataques a Microsoft, que entonces consideraba la empresa informática dominante.

Al final, se ordenó a la empresa el pago de unas multas astronómicas y la oferta de versiones de Windows sin el reproductor de medios integrado. La cantidad de tiempo que dedicó Microsoft a luchar contra los desafíos reglamentarios en Europa podría haber contribuido a su eclipse gradual.

Desde luego, nadie puede negar que Google domina el mercado de las búsquedas. Posee más del 90% de ese mercado en muchos países. Los pingües beneficios que ha cosechado le han permitido adentrarse en decenas de sectores más, como los mapas, los sistemas operativos móviles y próximamente, tal vez, los coches sin conductor. Según los políticos que luchan en su contra, vulnera el funcionamiento de la competencia autóctona y podría estar usando su predominio para deshacerse de la competencia. Pero esta línea de ataque presenta dos problemas.

Uno es que aunque Google puede que domine las búsquedas y ha perfeccionado el ingreso en mercados nuevos, hay pocos indicios serios de que esté abusando de ese poder o incluso que pudiese hacerlo si quisiera. Lo único que está claro sobre Internet en los quince años que han pasado desde que se hizo de masas es que es el mercado más brutalmente competitivo jamás creado.

A las empresas les cuesta mucho abusar de su posición dada la increíble facilidad para los clientes de pasarse a la competencia. Por eso, la idea de que Europa no sea capaz de competir en Internet por culpa de que Google (o Amazon, Facebook, Apple, etc.) aplasta a la competencia es ridícula. No cabe duda de que a Europa se le ha dado muy mal crear nuevas empresas en la red. Londres ahora posee un foco tecnológico formidable, y Suecia y Finlandia han tenido algunos éxitos pero a la mayoría de los países europeos les ha ido mal. Alemania, un país que lideró el camino hacia la creación en el sector automovilístico, químico y eléctrico, ha defraudado especialmente.

¿Dónde están las pruebas que demuestren que la razón sea la discriminación de Google? Uber, Airbnb y decenas de nuevas empresas parecen estar triunfando. Si lo consiguen ellas, las empresas alemanas también podrían, le guste a Google o no. Lo segundo y más grave es que el problema que tiene la economía de la eurozona, sea cual sea, no es Google. Esta semana supimos que las ventas minoristas en Italia han vuelto a caer este mes y empujan al país más hacia la pobreza.

La economía francesa se congela e incluso la antaño poderosa locomotora alemana se está quedando sin gas. El paro juvenil supera el 50 por ciento en países como España y Grecia, y la cantidad de personas en todo el continente sin trabajo alcanza máximos históricos. Disolver Google no va a solucionar nada. Sería intrascendente.

Las dificultades de la UE

Si los legisladores comunitarios quieren entender por qué no surge ningún gigante tecnológico en Europa deberían centrarse en dos cosas. Para empezar, los niveles impositivos son demasiado altos, sobre todo para los empresarios. En Francia, François Hollande impuso brevemente un tipo del 75% al que fuera lo bastante incauto como para querer montar una empresa en ese país. Y en el resto del continente no es mucho mejor. Aunque los empresarios no se opongan, la burocracia y los impuestos salariales que acompañan a la fundación de una empresa les disuadirán.

Lo siguiente es que la demanda la está succionando de la economía una moneda que, por muy bien intencionada que sea, funciona con la misma eficiencia que Windows 95.

Cuesta mucho montar un negocio tecnológico en una economía que se encoge sin cesar todos los años. Si la UE quiere hacer algo, podría empezar a plantearse cómo abordar cualquiera de esos asuntos. Atacar a Google es una irrelevancia y, lo que es peor, da la impresión de estar haciendo algo cuando en realidad la economía se hunde en una depresión a gran escala.

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