domingo, 23 de diciembre de 2012

¿Quien paga el costo de la austeridad?

Immanuel Wallerstein, La Jornada

Por todas partes, austeridad es la exigencia del día. Claro que pareciera haber algunas excepciones, momentáneamente, en unos cuantos países –China, Brasil, los Estados del Golfo y, quizá, unos cuantos más. Pero éstas son excepciones a la demanda que permea el sistema-mundo hoy. En parte, esta demanda es absolutamente trucada. En parte, esto refleja un problema económico real. Pero, ¿cuáles son los puntos?

Por un lado, el increíble desperdicio de un sistema capitalista en verdad condujo a una situación en que el sistema-mundo está amenazado por su real incapacidad para continuar consumiendo globalmente en el nivel en que el mundo lo ha estado haciendo, sobre todo porque el nivel real de consumo incrementa de un modo constante. Estamos agotando de hecho los elementos básicos para la sobrevivencia humana, puesto que el consumismo ha sido la base de nuestras actividades productivas y especulativas.

Por otro lado, sabemos que el consumo global es muy desigual, tanto entre países como dentro de los países. Es más, la brecha entre los actuales beneficiarios y los actuales perdedores crece con persistencia. Estas divergencias constituyen la polarización fundamental de nuestro sistema-mundo, no sólo en lo económico, sino también política y culturalmente.

Esto ya no es un secreto para las poblaciones mundiales. El cambio climático y sus consecuencias, la escasez de los alimentos y el agua, y sus consecuencias, son visibles para más y más gente, mucha de la cual comienza a llamar a un viraje en los valores civilizatorios y a alejarnos del consumismo.

De hecho, las consecuencias políticas son muy preocupantes para algunos de los más grandes productores capitalistas, que se percatan de que ya no cuentan con una posición política sostenible y, por tanto, enfrentan la inevitable incapacidad de controlar recursos y riqueza. La demanda actual en pos de austeridad es una suerte de dique de último recurso para detener la marea de la crisis estructural del sistema-mundo.

La austeridad que se está poniendo en práctica es una austeridad impuesta a los segmentos económicamente más débiles de las poblaciones mundiales. Los gobiernos buscan salvarse a sí mismos de la perspectiva de la bancarrota y buscan escudar a las mega-corporaciones (especialmente a los mega-bancos, pero no sólo a ellos) de que paguen el precio de sus egregias locuras y sus heridas infligidas por ellos mismos (con el desplome de sus ganancias). El modo en que intentan lograrlo es esencialmente recortando las redes de seguridad (si no es que eliminarlas del todo) que se erigieron históricamente para salvar a los individuos de las consecuencias del desempleo y las enfermedades graves, del embargo de las viviendas y de todos los otros problemas concretos que las personas y sus familias enfrentan comúnmente.

Aquellos que buscan sacar ventaja en el corto plazo continúan jugando en el mercado de la bolsa en transacciones constantes y rápidas. Pero en el mediano plazo éste es un juego dependiente de la capacidad para hallar compradores para los productos en venta. Y la efectiva demanda está desapareciendo constantemente, debido a estos recortes en las redes de seguridad y debido al miedo masivo de que todavía haya más recortes por venir. Los proponentes de la austeridad regularmente nos aseguran que estamos a punto de darle vuelta a la esquina, o que lo haremos pronto, y de que volverá una prosperidad general revivida. Sin embargo, de hecho no estamos doblando esta esquina mítica y las promesas de un resurgimiento se vuelven más y más modestas y se calcula que tardarán más de lo previsto. Hay también otros que piensan que una solución socialdemócrata está al alcance. En lugar de austeridad debemos aumentar los gastos del gobierno y fijarle impuestos a los segmentos más acaudalados de la población. Aun si esto fuera políticamente realizable, ¿funcionaría? Los proponentes de la austeridad tienen un argumento plausible. No hay recursos suficientes a escala mundial para responder al nivel de consumo que todo mundo desea conforme más y más individuos exigen políticamente estar dentro de los consumidores más grandes.

Aquí es donde entran las excepciones a las que me refiero. En este momento hay lugares que están expandiendo la cantidad de grandes consumidores, no sólo cambiando la localización geográfica de estos grandes consumidores. Los países que tienen excepciones están, por tanto, aumentando los dilemas económicos en lugar de resolverlos.

Sólo hay dos formas de salir del dilema real implicado en esta crisis estructural. Una es establecer un sistema-mundo autoritario no capitalista que utilice la fuerza y el engaño en vez del mercado, para permitir y aumentar la distribución mundial no igualitaria del consumo básico. La otra es cambiar nuestros valores civilizatorios.

Para poder concretar un sistema histórico relativamente igualitario y relativamente democrático en donde vivir no necesitamos crecimiento, sino lo que se conoce en América Latina como buen bivir. Esto significa involucrarnos en una discusión racional continua acerca de cómo es que el mundo entero podría asignar los recursos del mundo de tal modo que no sólo todos podamos tener lo que realmente necesitamos para sobrevivir, sino que podamos también conservar la posibilidad de que las generaciones futuras logren esto mismo.

Para algunos segmentos de la población mundial esto significa que sus hijos consumirán menos; para otros, que consumirán más. Pero en un sistema así todos contaremos con una red de seguridad de una vida con garantías de la solidaridad social que un sistema así hace posible.

Los siguientes 20 a 40 años habrá una enorme batalla política no en torno a la sobrevivencia del capitalismo (el cual ha agotado sus posibilidad como sistema), sino acerca de qué sistema deberemos elegir colectivamente para reemplazarlo –un modelo autoritario que imponga una polarización continua (y expandida) o uno relativamente democrático y relativamente igualitario.

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