domingo, 16 de diciembre de 2012

El empate de dos modelos económicos y la demolición de sus fundamentos capitalistas

Robert Kurz, neues-deutschland.de

Durante mucho tiempo, en la ideología económica de Occidente, parecía que se enfrentaban dos campos contendientes: el mercado neoliberal o radical de EEUU, y el keynesiano o del Estado Social y de la política industrial de Europa, también llamada del “capitalismo renano”. Los ideólogos del mercado apostaban por una política de la oferta (reducción de costes a cualquier precio, en primer lugar el de los salarios), y los ideólogos del Estado apostaban por una política de la demanda (aumento del consumo a través de los gastos del sector público y de los aumentos salariales). Desde hace más de 30 años el modelo Europeo fue considerado agotado porque el aumento del consumo público desencadenaba inflación, y a pesar de ello paralización del crecimiento (estagflación). El colapso del Socialismo de Estado parecía confirmar esta apreciación. Por tanto, la concepción neoliberal de los EEUU comenzaba su triunfal marcha global y los europeos se convirtieron en sus buenos alumnos, incluso, en último lugar, los socialdemócratas como Schröder o Blair.

El éxito de la revolución neoliberal consistió, como es sabido, en la creación de burbujas financieras sin precedentes, que alimentaron coyunturas globales de endeudamiento durante más de una década. Cuando la crisis financiera de 2008 puso fin a este periodo, la tempestad fue enorme. Los gobiernos europeos, con la gran coalición alemana liderando, se alegraron descaradamente pasando las culpas a los EEUU y a la doctrina neoliberal, como si ellos no fueran los que impusieron esta misma política. Durante algún tiempo parecía que ambos lados del Atlántico girasen hacia el modelo europeo con rescates públicos y programas de estímulo económico. Pero rápidamente se desvelaron los límites de los fondos estatales en forma de crisis de la deuda soberana. La vieja disputa vuelve a entrar en ebullición, pero ahora con los papeles cambiados, por lo menos en apariencia, los EEUU y su élite económica prefieren apostar por el estímulo estatal, y la Europa liderada por Merkel prefiere apostar por brutales programas de austeridad.

Pero, en realidad, no existe más que un modelo económico claro, con dos contendientes que solamente pretenden engañar. En primer lugar, en todas partes se continúan los programas de austeridad para los presupuestos del estado, uno detrás de otro. Así, tanto en los EEUU como en Europa, los Bancos Centrales prosiguen una política de inundación monetaria. Los Estados deben ahorrar, las empresas deben invertir. Pero los Bancos alimentados con dinero barato siguen sin dar crédito, volviendo, por el contrario, a guardar el dinero en los Bancos Centrales. A su vez, las empresas no procuran crédito para grandes inversiones sino que continúan prosiguiendo la vieja política de reducción radical de los costos. Ya nada funciona sin el consumo público, que todavía debe ser más reducido. La verdad es que los Bancos Centrales compran deuda pública no para apoyar un aumento de la demanda real sino para impedir la caída de los valores de estos títulos y para salvar a los Bancos que no consiguen deshacerse de ellos.

Esta política de engaño trae de vuelta una versión agravada de la estagflacion, pero no se detendrá aquí. De momento los EUA parecen favorecer la vía inflacionaria y la Europa de Merkel parece favorecer la vía regresiva del terror del estado de excepción financiero. Si por casualidad un presidente Romney pudiera darle la vuelta tendría que asumir la concepción de origen supuestamente americana de los europeos insultados como “socialistas” y al mismo tiempo aplicar inversamente a los europeos su viraje en caso de recurrir a la política de Obama. Ninguno de los dos modelos va a funcionar. Quien quiera salvar al sistema financiero tiene que matar la demanda, quien quiera salvar la demanda tiene que arruinar al sistema financiero. La mezcla absurdamente contradictoria de dos modelos económicos como resultado del empate en la contienda entre ellos, muestra el estado de demolición de los fundamentos capitalistas comunes a ambos.

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