jueves, 28 de mayo de 2026

La crisis del liberalismo y las reestructuraciones ideológicas contemporáneas

Lecturas cruzadas de «Les Lumières sombres», de Arnaud Miranda, y «L’illibéralisme», de Raphaël Demias-Morisset

Stéphane François, Temps Presents

La época contemporánea se caracteriza por un profundo cuestionamiento del paradigma liberal que, desde el final de la Guerra Fría, parecía constituir el horizonte insuperable de las sociedades occidentales. Lejos del optimismo teleológico expresado por algunos autores a principios de la década de 1990, el inicio del siglo XXI ve surgir múltiples contestaciones, derivadas tanto de las transformaciones socioeconómicas como de reestructuraciones ideológicas más profundas.

En este contexto, Les Lumières sombres de Arnaud Miranda (París, Gallimard, 2026) y L’illibéralisme de Raphaël Demias-Morisset (Burdeos, Le Bord de l’eau, 2025) constituyen dos obras especialmente esclarecedoras para comprender estas transformaciones. La primera obra se centra en los neorreaccionarios que se inscriben en una corriente intelectual crítica con el liberalismo, que puede vincularse a ciertas formas de pensamiento reaccionario contemporáneo o incluso a una reactivación de tradiciones anti-igualitarias. El iliberalismo de Raphaël Demias-Morisset, por su parte, propone un análisis de los regímenes iliberales contemporáneos, haciendo hincapié en su carácter híbrido y en su inserción en las dinámicas propias de las democracias liberales en crisis. La confrontación de estas dos obras permite cuestionar la naturaleza de la secuencia histórica actual. ¿Se trata de una superación del liberalismo, impulsada por corrientes ideológicas alternativas, o de una recomposición interna del mismo, marcada por tensiones crecientes entre sus diferentes componentes?

La crítica del liberalismo estudiada en Les Lumières sombres se inscribe en una genealogía intelectual que conviene reconstruir. Remite a una larga tradición, que va desde los pensadores contrarrevolucionarios del siglo XIX hasta los críticos decisionistas del siglo XX. Desde esta perspectiva, la democracia liberal se percibe como un régimen basado en una ficción igualitaria, que tiende a negar las estructuras jerárquicas consideradas constitutivas de toda sociedad. Esta crítica, lejos de ser marginal, está experimentando hoy una reconfiguración en los círculos intelectuales marcados por la circulación transnacional de ideas, especialmente a través de los espacios digitales. Una de las principales aportaciones del análisis de Arnaud Miranda reside, por lo tanto, en la puesta de relieve de la dimensión tecnoideológica de estas corrientes. A diferencia de las tradiciones reaccionarias clásicas, que a menudo se caracterizaban por un rechazo de la modernidad, estas nuevas formas de crítica al liberalismo integran plenamente las transformaciones tecnológicas contemporáneas. Recurren a referencias procedentes del mundo empresarial, de la ingeniería o incluso del transhumanismo, con el fin de proponer modelos políticos basados en el rendimiento y la eficacia.

Esta hibridación constituye un elemento central de la actual recomposición de las ideologías. Es testimonio de un desplazamiento de los registros de legitimación del poder, que ya no se basan únicamente en la tradición o en la representación democrática, sino en criterios de eficacia y racionalidad instrumental. En este sentido, las corrientes estudiadas por Arnaud Miranda participan en una redefinición de lo político, en la que la soberanía tiende a concebirse en términos de capacidad de decisión más que de expresión de la voluntad general.

Por el contrario, la obra de Demias-Morisset propone una lectura sensiblemente diferente de la crisis del liberalismo. Inscribiéndose en el ámbito de las ciencias sociales, hace hincapié en las transformaciones estructurales que afectan a las democracias contemporáneas. El iliberalismo se analiza en él como una respuesta a dinámicas a largo plazo: la globalización económica, el aumento de las desigualdades, el debilitamiento de las mediaciones políticas tradicionales. Uno de los principales intereses de este enfoque reside en la conceptualización del iliberalismo como categoría analítica. Este no se reduce a una simple deriva autoritaria, sino que remite a configuraciones políticas específicas, caracterizadas por un mantenimiento formal de los procedimientos democráticos, que ponen en tela de juicio los principios liberales. Esta tensión entre democracia y liberalismo, a menudo percibida como secundaria, aparece aquí como un elemento estructurante de las transformaciones contemporáneas.

Desde esta perspectiva, los regímenes iliberales pueden interpretarse como formas de rearticulación de lo político, que buscan responder a una demanda de soberanía y protección en un contexto de crisis. Sin embargo, esta respuesta va acompañada de un debilitamiento de las garantías institucionales, lo que tiende a fragilizar los equilibrios propios de las democracias liberales. El iliberalismo se presenta así menos como una alternativa estable que como una configuración inestable, reveladora de las tensiones internas del liberalismo.

La confrontación de estos dos análisis permite poner de relieve una línea de fractura fundamental en Estados Unidos. Mientras que Arnaud Miranda describe una crítica radical del liberalismo, Raphaël Demias-Morisset se esfuerza por analizar sus desviaciones sin aceptar sus presuposiciones normativas. Esta diferencia remite a dos formas distintas de abordar la crisis actual: como un momento de ruptura o como un proceso de transformación. Esta oposición se refleja en las perspectivas que abren ambas obras. Las corrientes estudiadas en Les Lumières sombres se inscriben en una lógica de superación del liberalismo o incluso de salida del marco democrático. Por el contrario, el análisis del iliberalismo lleva a plantearse una recomposición interna del modelo liberal, basada en una adaptación de sus instituciones y principios. Este contraste pone de manifiesto una tensión estructurante de los debates contemporáneos, que opone, por un lado, lógicas de ruptura, que valorizan la autoridad y la eficacia, y, por otro, lógicas de reforma, ligadas a la preservación de los principios democráticos. Esta tensión atraviesa no solo los discursos políticos, sino también los ámbitos intelectuales, donde se redefinen las categorías de análisis de lo político.

En definitiva, la lectura cruzada de estas dos obras permite comprender las recomposiciones ideológicas que tienen lugar en las sociedades contemporáneas. Pone de manifiesto que estas obras, aunque profundamente diferentes en sus orientaciones normativas, dan testimonio de un mismo fenómeno: el debilitamiento del consenso liberal. Cabe preguntarse, pues, por la naturaleza de esta crisis: ¿se trata de un momento de transición que anuncia la superación del liberalismo o de una fase de recomposición interna del mismo?

El cuestionamiento del liberalismo no es un fenómeno inédito. Se inscribe en una larga historia, marcada por críticas recurrentes a la democracia y sus fundamentos. Ya en el siglo XIX Tocqueville subrayaba las ambivalencias de la democracia, en particular a través de la noción de «tiranía de la mayoría». En el siglo XX la crítica se intensificó con autores como Carl Schmitt, procedente de un catolicismo intransigente, que denunciaba el carácter despolitizador del liberalismo, acusado de neutralizar el conflicto inherente a la política, pero también con las ideologías surgidas de la Gran Guerra: el fascismo y el nacionalsocialismo, por un lado; el marxismo-leninismo, por otro.

Desde esta perspectiva, Les Lumières sombres muestra una radicalización contemporánea de estas críticas. Los autores estudiados por Arnaud Miranda cuestionan los fundamentos mismos del proyecto de la Ilustración, en particular la idea de igualdad y la de una racionalidad política universal. Esta posición se inscribe en una filiación intelectual que podría asimilarse a ciertos pensamientos contrarrevolucionarios, pero aceptando algunos aspectos como el elogio de la técnica, hasta el punto de promover ciertas formas de transhumanismo, derivadas del libertarismo radical.

Por el contrario, la obra de Raphaël Demias-Morisset muestra un rechazo parcial del liberalismo, explicando las condiciones de su debilitamiento en Estados Unidos. Su obra, publicación parcial de su tesis doctoral, se inscribe en la estela de Jürgen Habermas sobre la crisis de legitimación, o también de Pierre Rosanvallon sobre las mutaciones de la democracia. El iliberalismo se interpreta como una respuesta política a profundas transformaciones sociales y no como una alternativa ideológica estructurada. Una de las principales aportaciones de L’illibéralisme reside en la conceptualización de este término, que remite a regímenes híbridos que combinan procedimientos electorales con un cuestionamiento de los principios liberales. Este concepto, popularizado sobre todo por Fareed Zakaria, permite pensar en configuraciones políticas en las que subsiste la democracia formal, pero en las que las libertades fundamentales se ven progresivamente erosionadas. Raphaël Demias-Morisset muestra que estas formas políticas se inscriben en un contexto de crisis de la representación y de desconfianza hacia las élites. Responden a una demanda de soberanía y protección, en un mundo percibido como inestable e incierto. Sin embargo, lejos de constituir una solución, tienden a acentuar los desequilibrios institucionales y a fragilizar aún más los regímenes democráticos.

En un contraste sorprendente, Les Lumières sombres no se limita a analizar estos fenómenos: propone una especie de justificación teórica implícita de los mismos. Al cuestionar los principios igualitarios y democráticos, los neorreaccionarios, estudiados por Arnaud Miranda, allanan el camino para una revalorización de las formas de poder autoritarias o tecnocráticas. Esta postura, aunque extrema, se inscribe en una dinámica intelectual más amplia, marcada por la circulación de críticas radicales al liberalismo en ciertos círculos digitales e ideológicos.

Por un lado, pues, los iliberales buscan superar el liberalismo en un sentido autoritario sin por ello buscar la ruptura; por otro, los neorreaccionarios ven en esta evolución la confirmación del agotamiento del modelo liberal. De hecho, estos últimos adoptan una postura de ruptura, considerando el fin del paradigma liberal como una necesidad histórica. Esta postura se inscribe en una lógica que podríamos calificar de posliberal, o incluso de «posdemocrática», en la que la legitimidad del poder ya no se basa en la participación popular, sino en la eficacia y la competencia, una estrategia inspirada en el mundo empresarial. Tal perspectiva recuerda ciertas teorías decisionistas, según las cuales la soberanía reside en la capacidad de decidir, más que en la adhesión a normas procedimentales. Forma parte de una recomposición ideológica en la que se rehabilitan la autoridad y la jerarquía, en oposición al igualitarismo democrático. Por el contrario, los iliberales estudiados por Raphaël Demias-Morisset se inscriben en una lógica de recomposición interna del liberalismo. No se trata de romper con este modelo, sino de replantearlo para responder a los retos contemporáneos, en un sentido autoritario. Este enfoque se inscribe en la prolongación de las reflexiones sobre la democracia participativa, la transparencia institucional y la regulación de las desigualdades. Este contraste pone de manifiesto una tensión central entre estos dos entornos: ¿hay que privilegiar la eficacia política en detrimento de los principios democráticos, o buscar conciliar estas dos dimensiones mediante reformas institucionales? Esta cuestión, lejos de ser puramente teórica, atraviesa todos los debates contemporáneos sobre el futuro de las democracias.

Tal interrogación lleva a situar la crisis del liberalismo en un marco más amplio, el de las transformaciones contemporáneas de la racionalidad política. En efecto, las críticas dirigidas al liberalismo no se refieren únicamente a sus efectos socioeconómicos o institucionales, sino también a sus fundamentos antropológicos. El modelo liberal se basa en gran medida en una concepción del individuo autónomo, racional y capaz de deliberar. Sin embargo, esta representación se ve hoy cuestionada por enfoques que insisten en las determinaciones culturales, emocionales e incluso biológicas de los comportamientos humanos. Este cambio contribuye a debilitar la idea de un espacio público basado en la discusión racional, en favor de formas de expresión más inmediatas y a menudo polarizadas.

En este contexto, los cambios en el panorama mediático desempeñan un papel determinante. La fragmentación del espacio informativo, amplificada por las redes digitales, favorece la difusión de discursos críticos con el liberalismo, ya sean reformistas o radicales. Este fenómeno contribuye a una recomposición de las formas de legitimidad, en la que la mediación institucional tiende a eludirse en favor de lógicas de influencia directa. En consecuencia, la distinción clásica entre élites y opinión pública se ve difuminada, lo que contribuye a alimentar la desconfianza hacia las instituciones representativas.

Estas evoluciones invitan también a reconsiderar la dimensión internacional de la crisis del liberalismo. Si bien esta se manifiesta de manera particularmente visible en las democracias occidentales, se inscribe, no obstante, en un contexto global marcado por el auge de modelos alternativos. Algunos regímenes políticos reivindican explícitamente una forma de gobernanza no liberal, basada en principios de autoridad, estabilidad o soberanía nacional. Esta pluralización de los modelos políticos contribuye a relativizar la universalidad del paradigma liberal, que aparece ahora como una de las configuraciones posibles de lo político, y ya no como su resultado inevitable.

Sin embargo, este cuestionamiento no significa por ello la desaparición del liberalismo. Más bien refleja su capacidad para entrar en una fase de mayor reflexividad, en la que sus principios se debaten, se cuestionan y, en ocasiones, se redefinen. Desde esta perspectiva, la tensión entre ruptura y recomposición, puesta de manifiesto por la lectura cruzada de las obras de Arnaud Miranda y Raphaël Demias-Morisset, puede interpretarse como un motor de transformación. El liberalismo, lejos de ser un bloque homogéneo, se presenta como un conjunto de prácticas y normas en constante evolución, atravesado por contradicciones internas que condicionan su dinámica.

En definitiva, la secuencia actual no se reduce fácilmente a una alternativa entre el declive y la superación del liberalismo. Se caracteriza más bien por una incertidumbre estructural, en la que coexisten lógicas concurrentes y, en ocasiones, antagónicas. Esta situación abre un espacio de reflexión sobre las formas futuras de lo político, invitando a pensar las condiciones de un equilibrio renovado entre libertad, igualdad y autoridad. Más que una simple crisis, tal vez se trate de un momento de redefinición, cuyo desenlace sigue siendo en gran medida indeterminado.

La lectura cruzada de Les Lumières sombres y de L’illibéralisme pone de relieve no solo una crisis del liberalismo, sino también una recomposición ideológica más amplia, en la que se redefinen las relaciones entre autoridad, democracia y legitimidad. Invita, en un sentido más amplio, a cuestionar las condiciones de posibilidad de un orden político capaz de responder a los retos del siglo XXI sin renunciar a los logros fundamentales de la modernidad política. Permite superar una visión estrictamente coyuntural de la crisis actual para revelar su alcance estructural. Lejos de reducirse a una simple alternancia entre fases de apertura y de repliegue, esta crisis pone en juego los propios cimientos de la modernidad política, al cuestionar la viabilidad del compromiso liberal entre autonomía individual, igualdad de derechos y soberanía democrática.

Ambas obras muestran, cada una a su manera, que este compromiso parece hoy debilitado, cuestionado tanto desde el exterior, por críticas radicales, como desde el interior, por dinámicas de transformación propias de las democracias contemporáneas. Esta doble tensión invita a reconsiderar la naturaleza del momento histórico actual. Este no corresponde ni a una ruptura clara ni a una simple continuidad, sino a una fase de transición caracterizada por la incertidumbre y la competencia entre modelos políticos. Por un lado, las corrientes neorreaccionarias estudiadas por Arnaud Miranda esbozan los contornos de un horizonte posliberal, basado en la jerarquía, la decisión y la eficacia, aun a costa de romper con los principios democráticos. Por otro lado, las dinámicas iliberales analizadas por Raphaël Demias-Morisset dan testimonio de un intento de rearticulación del liberalismo que, al tratar de responder a las expectativas sociales y políticas, corre el riesgo, paradójicamente, de alterar sus equilibrios constitutivos.

Por lo tanto, quizá la cuestión ya no sea saber si el liberalismo está en crisis, sino comprender las formas que adoptará su transformación. La confrontación de estos enfoques pone de manifiesto que el futuro de las democracias dependerá menos de la afirmación de alternativas radicales que de la capacidad de repensar las mediaciones políticas, de reconstruir formas de legitimidad y de responder a las expectativas de protección y reconocimiento que atraviesan las sociedades contemporáneas. En este sentido, la tensión entre eficacia y legitimidad, entre autoridad y libertad, se perfila como uno de los nudos centrales en torno a los cuales se reconfiguran los debates políticos e intelectuales. Más que un simple momento de crisis, el período actual podría interpretarse como una prueba de fuego para el liberalismo. Revela a la vez sus límites, sus contradicciones y sus recursos, abriendo un campo de posibilidades cuyo desenlace sigue siendo indeterminado. Es precisamente en esta indeterminación donde reside el principal reto: reflexionar sobre las condiciones de un orden político capaz de articular de forma duradera el pluralismo, la estabilidad y la justicia, sin ceder ni a las tentaciones autoritarias ni al agotamiento de las formas democráticas existentes.

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