Lejos de la neutralidad abstracta, la tradición marxista ha pensado históricamente cómo intervenir en conflictos asimétricos entre potencias dominantes y Estados periféricos. El caso venezolano vuelve a colocar ese dilema en el centro de la escena.
Valerio Arcary, Jacobin
En Brasil rige actualmente un régimen semifascista que cualquier revolucionario no puede sino considerar odioso. Supongamos, sin embargo, que mañana Inglaterra entrase en conflicto militar con Brasil. ¿De qué lado se ubicará la clase obrera en ese conflicto? En este caso, personalmente estaría yo del lado del Brasil «fascista» contra la Inglaterra «democrática». ¿Por qué? Porque no se trataría de un conflicto entre democracia y fascismo. Si Inglaterra triunfara, pondría a otro fascista en Río de Janeiro y ataría a Brasil con dobles cadenas. Por el contrario, si Brasil triunfara, la conciencia nacional y democrática del país cobraría un enorme impulso y llevaría al derrocamiento de la dictadura de Vargas. Al mismo tiempo, la derrota de Inglaterra asestaría un duro golpe al imperialismo británico y daría un impulso al movimiento revolucionario del proletariado inglés.Apesar de su postura crítica hacia el gobierno de Joseph Stalin, en los años treinta León Trotsky defendió a la URSS ante la inminencia de una invasión del territorio soviético por la Alemania nazi. En su libro En defensa del marxismo, Trotsky reiteró su evaluación crítica de la degeneración burocrática del régimen político soviético que había presentado en La revolución traicionada, pero subrayó que el significado histórico de los logros económicos y sociales de la Revolución de Octubre —en particular la propiedad social de los medios de producción y la planificación económica, en oposición a la propiedad privada y a la regulación de la economía por el mercado— permanecían, en lo fundamental, intactos y justificaban la formación de un frente único con Moscú contra Hitler. Los miles de trotskistas encarcelados en el gulag de Vorkuta, en el círculo polar ártico, solicitaron que se los alistara como soldados en el Ejército Rojo y que se los enviara a los más encarnizados frentes de guerra. Sabían que no los aguardaba otro destino que la muerte, pero preferían morir defendiendo con las armas en la mano a la Unión Soviética. La táctica de defender a la URSS contra el nazifascismo, aun cuando uno se opusiera irreconciliablemente al estalinismo, pasó a denominarse defensismo, es decir, la prestación de apoyo militar, pero no político, sin dejar de abandonar oda ilusión con respecto al régimen estalinista.
León Trotsky, «La lucha antimperialista es clave para la liberación», entrevista con Mateo Fossa (septiembre de 1938)
La postura de Trotsky ante el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial se hacía así eco de la postura asumida por Lenin ante el intento de golpe de Estado del general Lavr Kornilov contra el Gobierno provisional de Aleksandr Kerensky durante la Revolución Rusa de 1917: defensismo en alianza militar con Kerensky contra la tentativa de golpe militar de la extrema derecha, sin por ello prestar apoyo político. En la cita de Trotsky que sirve de epígrafe a estas reflexiones, encontramos otro ejemplo de defensismo, esta vez hipotético: el apoyo a Brasil de la dictadura de Getúlio Vargas (1930-1945) si esta fuera provocada por la monarquía constitucional que regía los destinos del Imperio Británico. El defensismo de Trotsky contra el fascismo, contra el imperialismo y contra la restauración capitalista se basa en cierto cálculo. En la lucha política, la izquierda socialista a menudo se enfrenta a difíciles dilemas impuestos por la correlación de fuerzas; dilema en que se impone elegir entre lo malo y lo peor sin la opción de mantenerse neutrales. En una lucha entre desiguales, la neutralidad es una forma de complicidad con el más fuerte. Entre la democracia burguesa y el fascismo, la izquierda debe alinearse con las disidencias burguesas contra el fascismo. En la lucha entre un Estado imperialista y una nación dependiente, debe alinearse con el país periférico contra la potencia dominante. En la lucha entre una república socialista y un Estado fascista no hay lugar para la imparcialidad o la abstención. La defensa de Kerensky contra Kornilov, de los países dependientes contra el imperialismo y de la URSS contra Hitler obedecía a ese cálculo. La permanencia de Kerensky en el gobierno era preferible a la toma del poder por Kornilov, como lo era la permanencia de Vargas al frente del gobierno de Brasil a la hipotética neocolonización del gigante sudamericano por Londres o la permanencia de Stalin ante la ocupación de la URSS por los nazis.
Defensismo no significa apoyo político, sino alineamiento en un campo común y solidaridad militar. En ningún momento abogó Lenin por que los bolcheviques se integraran en el gobierno de Kerensky, ni siquiera ante la amenaza golpista de Kornilov. Tampoco Trotsky abogaba por que la oposición de izquierda aceptara cargos en el gobierno de Stalin, ni siquiera ante la invasión de Hitler, y mucho menos por que los comunistas apoyaran a la dictadura de Vargas. La independencia política de la izquierda socialista debe preservarse en todo momento. La postura de Lenin no era «Ni Kerensky, ni Kornilov». La de Trotsky no era «Ni Hitler, ni Stalin». No consistía tampoco en «Ni Vargas, ni Londres». «Abajo el gobierno de turno» sin que importe quién tome el poder —es decir, sin tener en cuenta el peligro de una derrota histórica— no es una estrategia marxista, sino anarquista. En 2016, en Brasil, durante el golpe institucional contra Dilma Rousseff, terminó imponiéndose la consigna de «Fuera todos». En la presente coyuntura, «Ni Trump, ni Delcy Rodríguez», con lo cual se estaría equiparando al imperialismo y al gobierno chavista, es una fórmula antidefensista que hace caso omiso del hecho de que, en las actuales condiciones, el peligro real e inmediato de un derrocamiento del gobierno de Delcy Rodríguez en Venezuela o del gobierno de Miguel Díaz-Canel en Cuba abriría las puertas a la recolonización de ambos países por Washington.
Sin embargo, el defensismo siempre reviste carácter condicional. Defensismo no es campismo. El internacionalismo no puede ser indiferente a la lucha entre Estados en el marco del sistema mundial. Alinearse, en determinadas circunstancias, con el campo progresista no debe ser un acto incondicional, pues no hay que perder de vista la dinámica de la lucha de clases. La táctica que se ha de seguir depende de qué fuerza social y política se encuentre a la ofensiva y cuál a la defensiva. Los bolcheviques se unieron en un campo común con el gobierno provisional de Kerensky contra Kornilov, no contra la movilización de los soviets. El defensismo exigía, en caso hipotético, defender a Brasil en caso de una agresión por parte de Inglaterra, pero no defender a Vargas contra las masas populares. Ese mismo criterio valía para la defensa de la URSS contra el nazifascismo, pero no contra la movilización de los trabajadores rusos que se oponían a Gorbachov entre 1987 y 1989. Es decir, somos defensistas respecto de aquellos países que hayan ido más allá del capitalismo, pero fue justa la actitud de las corrientes de izquierda que se situaron del lado de la clase trabajadora húngara durante la sublevación de 1956, o de Checoslovaquia durante la invasión soviética en 1968, o de la clase obrera polaca en 1981 contra el golpe de Jaruzelski, como también fue justo el apoyo a los estudiantes chinos que, en 1989, protestaban en la Plaza de Tiananmén.
El defensismo en relación con Venezuela en la presente coyuntura es heredero de esa tradición internacionalista. No importa ya realmente la posición más o menos crítica que se haya tenido con respecto a la evolución del Gobierno venezolano tras la muerte de Chávez. La cuestión estratégica es sencilla. El objetivo declarado de la ofensiva de Trump es reducir a Venezuela a la condición de protectorado. Estados Unidos no reconoce la soberanía del país y quiere usar su poder para decidir quién debe gobernar Venezuela, al tiempo que amenaza a Colombia y a Cuba. Se trata del inicio de una ofensiva de larga duración a escala continental. Sería imperdonable no darse cuenta de que todo gobierno de América Latina que se atreva a contrariar los intereses de Estados Unidos está sobre aviso. Washington considera que tiene derecho a ejercer su dominio en todo el hemisferio occidental, desde Groenlandia hasta Tierra del Fuego en la Patagonia. La «Donroe» o nueva doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos deja bien claro cuáles son las nuevas prioridades del imperialismo estadounidense. El reposicionamiento de Washington responde a la necesidad de recuperar el dominio económico y político ante la creciente presencia económica de China. En esa reorientación, le corresponde a Brasil el papel decisivo.

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