viernes, 26 de octubre de 2018

El fascismo de Bolsonaro o el progresismo de Haddad, la disyuntiva brasileña

Luis Manuel Arce, Alai

La disyuntiva del futuro brasileño es quizás más clara que nunca antes: fascismo o progresismo, y la escogencia este 28 de octubre entre uno y otro camino depende absolutamente de la capacidad del elector común de discernir entre la verdad y la mentira, de su habilidad para abrirse paso entre la mala hierba que oculta las razones por las cuales Jair Bolsonaro, inesperadamente, encabezó tan ampliamente la primera vuelta de los comicios generales.

Ciertamente la votación de 46,03 por ciento lograda por un xenófobo, racista, misógino y contumaz militarista no responde a un compromiso ineludible de esos electores con el excapitán, ni es el resultado de la formación de un núcleo duro en el padrón creado por su partido liberal, sin el poder ni la capacidad movilizadora para ello.

Es una mayoría circunstancial, sin cimientos ni raíces, desprovista de vínculos ideológicos y de obligaciones con Bolsonaro, quien ni siquiera estimula en la mayoría de ellos un sentimiento de aproximación porque no existe una razón programática que los atraiga dado el simple expediente de que carece de una propuesta de gobierno ni medianamente convincente.

Su verdadero techo en las intenciones de voto es aquel magro porcentaje inferior al 20 por ciento que exhibía frente a Luiz Inácio Lula da Silva en momentos en los que el exlíder metalúrgico se proyectaba como candidato del Partido de los Trabajadores. Lo que logró en la primera vuelta por encima de ese techo le es ajeno y se lo debe, entre otras cosas, a una dispersión del caudal de votos del resto de los candidatos, que lamentablemente no se corrió hacia Haddad, sino a Bolsonaro.

En ese sentido hay que aceptar que los mecanismos de la ultraderecha fueron más eficientes que los de la izquierda y que la política del miedo y la sectorialización de la campaña, incluido el discurso mediocre y en ocasiones repugnante de Bolsonaro, le surtieron el mismo efecto positivo de atracción de intereses contrapuestos, que logró Donald Trump al usar mensajes específicos para cada ocasión y público sin preocuparse de que fueran contradictorios entre sí.

Por tanto, ese 46 por ciento está compuesto por una mínima cantidad de compromisarios que votarían de todas formas por él, más los que sumó de las fuerzas contrarias al Partido de los Trabajadores permeadas por la política del miedo y las campañas contra los gobiernos de Dilma Rouseff y el propio Lula a quienes satanizaron cuando en realidad los verdaderos corrompidos estaban nucleados alrededor de Michel Temer y el juez Sergio Moro.

También logró agregar a una parte significativa de los electores indecisos que a última hora emitieron su voto por impulso y no por convicción como en las compras locas en épocas de oferta. Esa realidad convierte a esa mayoría obtenida por Bolsonaro en una masa heterogénea muy voluble e influenciable que no necesariamente repetirá en la urna lo que entonces consideró un voto pragmático o útil, como los califican algunos autores.

Sin embargo, esa fue y es una ventaja coyuntural, no sustentable, pasible de ser cambiada al menor soplo de viento en contra. Lo permanente, inmutable, es que Bolsonaro acumula un 48 por ciento de rechazo de los brasileños adultos en capacidad de sufragar, y que entre 17 y 21 millones de ciudadanos que podrían votar en blanco, no les satisface ninguno de los dos candidatos a esta segunda vuelta.

Significa que, aunque ciertas encuestas le están otorgando en estos momentos un sospechoso 58 por ciento de la intención de votos a Bolsonaro contra 42 para Haddad, los logaritmos más creíbles indican que se tratan de proyecciones muy volátiles y harto difíciles de establecer para uno u otro a pesar de que en el caso de Haddad el cálculo es más realista que en el de Bolsonaro pues se basa, o más bien coincide, con una sumatoria de la votación de las candidaturas no-antipetistas (Haddad, Ciro Gomes, Ghillerme Boulos, Vera Lucía, Goulart) que totalizaron 45 millones 389 mil 431 votos, equivalentes al 42,36 por ciento de los sufragios válidos.

La conclusión es que los resultados de una segunda vuelta pueden verse como un gran peligro potencial para Bolsonaro quien así lo percibió en el último tramo de su mediocre y disminuida campaña cuando llamó a derrotar a Haddad en una primera vuelta a fin de no someterse al incierto escrutinio público de una segunda en la que sus posibilidades reales se verían disminuidas.

Pero eso no significa que haya una clara probabilidad de victoria para Haddad que debe construirla en un tiempo récord, incluido un cambio brusco en su discurso que haga trizas los muros de contención del PT levantados por la ultraderecha y convenza a la derecha más moderada de que el fascismo, la homofobia, el racismo, la misoginia, el neoliberalismo retrógrado, no son buenos tampoco ni para el conservadurismo racional ni para nadie.

La ventaja de Haddad sobre Bolsonaro es que el antipetismo que se observó en primera vuelta no es homogéneo y por tanto puede ser superado pues amplios sectores de la oposición a Lula, y por extensión a Haddad, no soportan las atrocidades de Bolsonaro a quien su escasa cultura no le permite superar el abrumador rechazo que genera entre los compatriotas medianamente educados y cultos.

Si esta segunda vuelta hubiese sido más distante en el tiempo y con suficiente espacio para que Haddad desplegara debidamente su potencial empático, las posibilidades reales del excapitán bajarían casi a cero. La prueba es el miedo pánico de Bolsonaro a un debate abierto con su adversario, hombre de luces y académico que tiene la gran ventaja de exhibir una plataforma programática que, con defectos e insuficiencias, logró bajo la presidencia de Lula sacar de la pobreza a 48 millones de brasileños.

Esa realidad explica por qué Bolsonaro evadió los debates en primera vuelta alegando una sospechosa convalecencia médica, y ya hace lo mismo en esta segunda con otros subterfugios, con lo cual confirma sus grandes temores a una confrontación en vivo y en directo, sin apoyo de sus consejeros y enmendadores de sus barbaridades.

Es comprensible, por tanto, que Bolsonaro le tenga miedo a todo y que por ello la cadena O Globo, el más rancio adversario de Lula y del PT, acelere al máximo su campaña mediática contra el progresismo y se confirme como el mejor portavoz del fascismo que preconiza su mediocre defendido.

Tanto los directivos de esa oprobiosa cadena mediática como el equipo que asesora a Bolsonaro saben perfectamente bien que esta segunda vuelta tiene poco o nada que ver con la primera, entre otras muchas cosas porque está sujeta a procesos más racionales y lógicos de escogencia, que podrían hacer cambiar su voto incluso a determinados segmentos declarados antipetistas.

En ecuaciones matemáticas se podría asegurar que el techo real de intenciones de votos de Bolsonaro es directamente proporcional a la masa de electores ideológicamente identificados con el exmilitar los cuales se sitúan en torno al 25% del electorado (27 millones), cifra bastante inferior a los 49 millones que obtuvo gracias al voto útil. En cambio, el de Haddad sí puede alcanzar el 42 por ciento indicado por las encuestas porque parte de una base sufragante sólida del petismo y del corrimiento de votos de los no antipetistas.

De tal forma, la base real sobre la que parten ambos candidatos para esta segunda vuelta no es la que marcan las encuestas, sino las que indican con muy pocos márgenes de error los núcleos que garantizan un voto sólido e inamovible en las urnas. Pero hay un gran espacio entre esa base real y el universo total de sufragios. Quien sea capaz de asimilar la mayor parte de ese potencial, será el ganador. Si la inmensa mayoría de esas personas, aun cuando sean apolíticas, disciernen correctamente entre el fascismo y el progresismo, los Temer, Moro, Bolsonaro y O Globo, pueden salir trasquilados el 28 de octubre. Pero eso no es posible asegurarlo desde ahora.

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