jueves, 2 de junio de 2016

El G7, Hiroshima y... Trump


Jorge Eduardo Navarrete, La Jornada

Como tantas veces en el pasado, ahora la cumbre del Grupo de los Siete (G7) en Isa-Shima, en la península Nagoya, sede del mayor de los santuarios del sintoísmo, fue más comentada y quizá más trascendente por lo que ocurrió en sus márgenes y alrededores que por su propio contenido y conclusiones. Éstas apenas se apartaron de lo habitual en las reuniones anuales del ‘consejo de administración’ de la economía mundial. Desde el año pasado, reunido en el castillo bávaro de Elmau y con el supuesto de que la crisis ha quedado atrás, el G7 ha intentado retomar esa función, es decir, volver a actuar como antes de la Gran Recesión. Esta vez, la ‘declaración de los líderes’ se extiende por 32 páginas y puede leerse como una actualización de la agenda global. El documento pone al día la visión de Abe, Cameron, Hollande, Merkel, Obama, Renzi y Trudeau ante los principales desafíos multilaterales a los que hacen frente. Los enumeran en el primer párrafo del preámbulo: crecimiento modesto y vulnerable; conflictos geopolíticos más severos y repetidos; terrorismo y desplazamientos forzados en busca de refugio, que afectan el ambiente económico mundial. El aumento del extremismo violento y de las acciones terroristas es también amenaza para un orden mundial regido por reglas y para los principios y valores comunes de la humanidad. La visión que se presenta dista de ser tranquilizadora, aun sin incluir el armamentismo nuclear y el calentamiento global, que merecían ser mencionados en esa primera enumeración.

Se afirma que la mayor prioridad corresponde al crecimiento global. Se reitera, sin embargo, que junto a las políticas de expansión de demanda y fomento de la producción, debe priorizarse también la sostenibilidad de la deuda y la continuidad de las reformas estructurales. Por casi 10 años, el G7 se ha mostrado incapaz de alcanzar un consenso sobre políticas activas de crecimiento y empleo, sin de inmediato contrapesarlo con compromisos por la estabilidad y la confianza. Por los días de la cumbre de Isa-Shima circuló un ensayo, aparecido en el número de junio de Finance & Development, la revista del FMI, que afirma que al menos dos componentes de la agenda neoliberal –la liberalización de los movimientos de capital y las políticas de consolidación fiscal– han resultado en buena medida contraproducentes, al elevar la desigualdad y, como resultado, afectar el ritmo y permanencia del crecimiento. Qué lástima que los sherpas, o cualquiera que redacte las declaraciones de los líderes del G7, no considere este tipo de análisis que aparece con cada vez mayor frecuencia, incluso en círculos conservadores.

A la cumbre del G7 acudieron también los presidentes de siete países subdesarrollados o, si se prefiere, economías emergentes: Hasina, de Bangladesh; Itno, de Chad; Widodo, de Indonesia; Sisoulith, de Laos; O’Neill, de Papúa Nueva Guinea; Sirisena, de Sri Lanka, y Phuc, de Vietnam (que acababa de recibir a Obama y podrá adquirir sin restricciones armamento estadounidense). El récord oficial de la cumbre es el portal www.japan.go.jp/g7/summit. El único testimonio de la presencia en Isa-Shima de estos siete distinguidos huéspedes es una serie de fotografías. Literalmente, atravesaron medio mundo, en algún caso al menos, para tomarse la foto. De lo que discutieron con los líderes de los países opulentos no quedó constancia alguna.

Entre el cúmulo de actividades paralelas de Obama, que vivía su última aparición en estas cumbres, la que atrajo atención mundial fue la visita a Hiroshima, la primera de un presidente estadunidense en funciones desde los ataques atómicos de 1945. La presidencia de Obama puede trazarse desde el discurso de Praga, en abril de 2009, hasta la oración de Hiroshima, en mayo de 2016: dos declaraciones retóricas contra las armas nucleares, apartadas de los hechos. Durante su gestión, de hecho se paralizó el desmantelamiento de los arsenales atómicos, se aceleró el avance de la modernización y perfeccionamiento de las armas nucleares y se mantuvo una cerrada oposición a las iniciativas para prohibir o declarar ilegales las bombas atómicas. Obama ha sido quizá el líder que, en estos años, ha hablado con mayor elocuencia en favor de un mundo liberado de la amenaza atómica y el que más ha contribuido a que esta amenaza se mantenga y se torne más ominosa.

En una conferencia de prensa al término de la cumbre, Obama fue interrogado sobre la coyuntura electoral en su país y, como era inevitable, sobre Trump. Declaró que los líderes con los que había conversado seguían de cerca la evolución de la campaña y en particular los señalamientos de Trump. “No están seguros acerca de qué tan en serio tomarlos –dijo, según la versión del FT del 26 de mayo– sino más bien desconcertados, nerviosos (rattled) ante el personaje. Y con buenas razones, porque muchas de las declaraciones que ha hecho revelan ignorancia de los asuntos mundiales o una actitud displicente o un interés en conseguir tuits y titulares, sin pensar realmente y con cuidado qué se requiere para conservar la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos y qué se necesita para mantener al mundo en un equilibrio adecuado.” Rara vez, estando en el exterior, un político estadounidense había comentado de esta manera una circunstancia político-electoral interna.

En realidad, es alarmante la naturalidad con que se ha asumido en EEUU que Trump será candidato y la displicencia –para usar el término de Obama– con que empieza a contemplarse la posibilidad de que sea presidente. Figuras políticas que hace algunas semanas lo execraban –en una contienda republicana marcada por el insulto y la vulgaridad en que se especializaron, citados por orden alfabético, Cruz, Rubio y Trump– empiezan a atribuirse al último virtudes tan inesperadas como inexistentes. Parece empezar a organizarse una gran operación de manejo de opinión orientada a que se le considere un candidato ‘normal’.

Nada más alejado de las nociones usuales que, por ejemplo, la actitud de Trump ante el calentamiento global y sus designios destructivos frente al Acuerdo de París, adoptado en la COP21. En el discurso de Bismarck, Dakota del Norte, el 26 de mayo, delineó, en trazos muy burdos, una política de energía que en los años 70 del siglo pasado ya hubiese parecido obsoleta, por su concentración en los combustibles fósiles, y cuyo objetivo proclamado, establecer a EEUU como actor dominante del sector energético mundial, es por completo fantasioso. Los aficionados a la ciencia ficción de tercera clase pueden ver la grabación de la perorata en el NYT de la fecha mencionada.

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