viernes, 8 de enero de 2016

Las sombras económicas de 2016

Eduardo Olier, El Economista

En general, 2015 se ha movido entre inestabilidades y no ha terminado bien. Y 2016 encara los serios problemas que ensombrecen la economía global. Gracias a la caída de los precios del petróleo, las inacabadas reformas y un insuperable año turístico por el hundimiento griego y el terrorismo islámico que asoló París y se movió por el norte de África, España, sin embargo, vivió en 2015 su oasis particular, que dejará de serlo en 2016 por esa peculiar característica tan española de crearse problemas cuando todo va mejor. Es el drama histórico de este enigmático país, como lo describió hace años Claudio Sánchez-Albornoz. Un país que suele perder el paso de la historia metiéndose por intrincados vericuetos. Cuya clase política actual parece beber sus conocimientos de la serie televisiva Juego de Tronos y poco sabe de Cicerón cuando alertaba del peligro de separar lo útil de lo honesto que, en nuestro caso, podría servir para sortear los problemas aplicando, entre otras cosas, el principio de la "buena fe".

La economía global se sujeta, en lo fundamental, en tres pilares: Estados Unidos, China y la Unión Europea, por no decir Alemania; ya que, en lo económico, Europa o, si se prefiere, la eurozona, no deja de ser lo que se decide en ese país. El resto se mueve alrededor de esas tres estrellas. Y, al final, si uno de ellos se constipa, los demás tendrán pulmonía. Imaginen sino lo que habría sucedido en Europa y, por supuesto, en España, sin los estímulos del BCE, que, por mucho que se quiera presentar de otra manera, incluida la supuesta pugna Merkel-Dragui, no actúa sino bajo la autoridad germana del Bundesbank.

Y es desde aquí de donde parten las sombras de este complicado 2016 que ahora comienza. Un año inmerso en un complicado contexto geopolítico que tiene, siempre, a los mismos protagonistas. Cuyas debilidades económicas se notan ya en Latino América, a la vez que se alimentan las ansias de poder de otros actores, desde Corea del Norte, pasando por Irán y los países del Golfo, para arribar al norte de Eurasia con Rusia dominando la escena. Todo ello con Japón, que vive la singular problemática de una economía que dejó hace muchos años de ser un referente global. A lo que habría que sumar la República de Corea que, si bien, con cierta pujanza, no tiene la capacidad de contrarrestar las inestabilidades que nacen de Europa, Estados Unidos y China. Un contexto que se percibe bien desde el termómetro que ofrece el petróleo, cuyos precios, en niveles de hace 15 años, no sólo hablan de los desacuerdos en la Opep y la competencia del fracking estadounidense, sino de una fuerte caída de la demanda mundial.

Erróneamente, impulsada por Alemania, Europa todo lo basó en el euro. Tanto, que la canciller Merkel llegó a asegurar en 2011 que "si el euro cae, caerá Europa". Sin darse cuenta de que el euro por si sólo es una pieza débil si no existen otras fórmulas de cohesión. Ahí está, por ejemplo, el irrelevante papel de Europa ante los conflictos geopolíticos actuales, donde Francia se ha quedado sola y sin capacidad de sumar una respuesta unitaria en contra del Estado Islámico; o los problemas constantes con el Reino Unido que, a finales de 2017, decidirá si quiere seguir siendo parte de la Unión o no. Un referéndum que tiene más que ver con los problemas políticos internos del país que con la construcción europea, dado que el Reino Unido está, de facto, fuera: sigue manteniendo la libra que, por cierto, forma parte de la cesta de monedas del FMI, y no asume muchas de las directivas europeas por no considerarlas adecuadas a sus intereses. Y a falta de un proyecto político, económico y social que lleve a una mayor integración europea, la crisis económica de China y las debilidades norteamericanas se harán más patentes en Europa y más acusadas en los países más débiles, entre ellos, España. Solo Alemania tratará de forzar el mantenimiento del esquema actual a toda costa, pues sus políticas de austeridad no dejan de ser el elemento que sujeta su superávit por cuenta corriente, hoy en el entorno del 8% de su PIB gracias a su comercio intraeuropeo.

China, es evidente, tiene un modelo económico que muestra serios síntomas de agotamiento. Su economía no tira como en años pasados: ahí están su menor índice de producción industrial, las devaluaciones del yuan y la caída de la Bolsa de Shanghai para demostrarlo. Su modelo productivo de bajos costes se queda obsoleto, su sociedad está envejecida, y precisa de importantes reformas económicas y políticas que serán muy difíciles de llevar a cabo. Estados Unidos, que encara unas inciertas elecciones en noviembre de este año, vive su particular inestabilidad económica que se entrelaza con China, a la vez que ha dejado de ser el gendarme mundial en un mundo de interdependencias y poderes asimétricos complejos, donde la economía marcha al margen de los problemas reales de las personas.

Donde la globalización económica se mueve al hilo de esa globalización de la indiferencia de la que habla el Papa Francisco, y donde la sola economía no es capaz de dar respuesta a los difíciles problemas que el mundo tiene planteados. Demasiadas incertidumbres para comenzar el año.

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