martes, 8 de septiembre de 2026

Nepal y el Tíbet: la penúltima catástrofe climática de un verano asesino

Las inundaciones en Nepal y el Tíbet son una advertencia: el deshielo de la nieve y el hielo provocará más catástrofes en todo el mundo

Bill McGuire, Michael Mann. Sin Permiso

Quizás no lo hayan notado, pero la tierra se está volviendo cada vez más inestable bajo nuestros pies, y la culpa la tiene el calentamiento global. A medida que las temperaturas se disparan y el colapso climático se acelera, las interacciones entre el clima y la geología se hacen cada vez más evidentes, como lo demuestran los terribles sucesos de la semana pasada en Nepal y el Tibet. Todavía sufrimos cierta ceguera a la hora de aceptar la idea de que el cambio climático puede afectar a lo que los científicos denominan la geosfera, pero las pruebas son incontestables desde hace tiempo.

En 2021, una riada similar arrasó una serie de valles montañosos en el estado indio de Uttarakhand, en el Himalaya, causando graves daños a dos centrales hidroeléctricas y cobrándose unas 200 vidas. En agosto de 2025, un colosal deslizamiento de tierra en un fiordo de Alaska generó una ola de de 500 metros de altura en una zona frecuentada por cruceros. Unos meses antes, el derrumbe de parte de un glaciar en el cantón suizo de Valais provocó un torrente cargado de escombros que destruyó y sepultó la mayor parte del pueblo de Blatten, que había sido ya evacuado.

Lo que estos cuatro sucesos tienen en común es que afectan a lo que se conoce como criosfera: el conjunto de agua congelada del planeta. El hecho de que el hielo, la nieve y el permafrost se vean gravemente afectados por el calentamiento global no debería sorprenderle a nadie, y esto significa que los polos y las regiones de alta montaña son los más afectados. En todas partes, la criosfera está retrocediendo rápidamente, y esto es una mala noticia.

A medida que los glaciares retroceden, dejan al descubierto un terreno inestable que resulta a menudo propicio para los deslizamientos de tierra. El rápido deshielo del permafrost, debido a que el calentamiento global provoca un aumento progresivo de los niveles de congelación, también hace que las laderas de las montañas se conviertan en masas rocosas inestables que buscan cualquier pretexto para derrumbarse. Al mismo tiempo, allí donde hay una hondonada o un hueco, se acumula el agua de deshielo de los glaciares, formando lagos cada vez más extensos que son cada vez más propensos a desbordarse o romperse, vertiendo volúmenes prodigiosos de agua en los valles habitados situados más abajo.

En tales circunstancias, existen múltiples modos de que las reacciones de la Tierra bajo nuestros pies, impulsadas por el clima, puedan provocar peligros graves y mortales. Al igual que en Nepal y el Tíbet, el derrumbe de un glaciar debilitado puede provocar una inundación, ya sea directamente o al formar una presa en un valle fluvial que acaba rompiéndose. El deshielo del permafrost, las lluvias torrenciales o un terremoto pueden dar lugar a deslizamientos de tierra que también pueden bloquear ríos o arrasar comunidades por completo.

En Alaska —uno de los lugares del planeta que se está calentando más rápidamente— la pérdida de enormes cantidades de hielo ha reducido la carga sobre las fallas activas de la corteza subyacente y está facilitando la actividad sísmica. Cabe esperar una reacción sísmica similar en otros bastiones de hielo que se están derritiendo rápidamente, como el Himalaya, los Andes, Groenlandia y, quizás, también los Alpes europeos. Los propios terremotos relacionados con el deshielo tienen el potencial de provocar deslizamientos de tierra devastadores o derrumbes de glaciares, así como de causar la rotura de las presas de los lagos de agua de deshielo, lo que da lugar a lo que se conoce como inundaciones por desbordamiento de lagos glaciares. Estos fenómenos serán cada vez más habituales a medida que se acumule más agua procedente del deshielo del hielo y la nieve en altitudes elevadas. Solo en la región del Himalaya hay miles de lagos glaciares, de los cuales unos 200 se han identificado como amenaza para las comunidades situadas más abajo en la ladera.

No hay duda de que las comunidades de alta montaña se encuentran en primera línea frente al colapso climático, pero sería un error pensar que el planeta no se está volviendo inestable también en otros lugares. La realidad es que la geosfera es extraordinariamente sensible, de modo que un cambio mínimo en las condiciones ambientales puede dar lugar a una respuesta geológica potencialmente peligrosa.

Por eso existe, de hecho, una «temporada» volcánica: entre noviembre y abril se producen más erupciones que en otras épocas del año, impulsadas por una deformación a escala milimétrica de la corteza terrestre vinculada a una redistribución anual de las masas de agua alrededor del planeta. Por eso a un colega sismólogo mío le gusta advertir de que, si una falla sísmica peligrosa está a punto de activarse, puede desencadenarse con la misma presión que se ejerce al dar la mano. Todo esto significa que una variación minúscula en algún parámetro medioambiental —ya sea la presión atmosférica, la tensión de la corteza terrestre, las precipitaciones, el nivel del mar o la carga de hielo— puede ser la gota que colme el vaso y provoque una reacción geológica.

Si a esto le sumamos que están aumentando parámetros ambientales como la temperatura, las precipitaciones y el nivel del mar, tenemos ese empujón adicional que puede incitar a un volcán inactivo a entrar en erupción, provocar la ruptura de una falla que lleva mucho tiempo inactiva o hacer que se derrumbe la lengua de un glaciar inestable. El resultado final puede ser un suceso geológico demoledor que no guarda ninguna proporción con la magnitud del desencadenante inicial.

Hay lugares que, históricamente, han estado geológicamente inactivos y en los que el calentamiento climático probablemente provoque un “despertar”. Groenlandia es el punto cero en este sentido. Aquí, el peso de la capa de hielo, de entre 2 y 3 km de espesor, ha impedido que las fallas subyacentes se hayan movido durante miles de años. Ahora, sin embargo, el hielo se está derritiendo y se está reduciendo la carga sobre las fallas. Por consiguiente, se prevé un aumento de actividad sísmica en el futuro.

También conviene estar atentos a Islandia. Allí se prevé que la reducción de la carga derivada del rápido retroceso de la capa de hielo del Vatnajökull aumente la actividad de los volcanes que yacen en su subsuelo. El enorme impacto que tuvo en la aviación la erupción del Eyjafjallajökull en 2010 nos da una idea del caos que esto podría provocar en el Reino Unido y el norte de Europa.

El comportamiento cada vez más caprichoso de la tierra que pisamos nos enseña que el calentamiento global lo impregna todo. Se infiltrará en todos los aspectos de nuestras vidas y medios de subsistencia, y no dejará al margen ninguna parte del planeta. Mientras el mundo asimila el horror de los sucesos ocurridos en Nepal y el Tíbet, es esta una lección que ignoramos por nuestra cuenta y riesgo.


El colapso de un glaciar en Nepal presagia un futuro marcado por los desastres climáticos


Michael Mann

Durante milenios, las altas cumbres del Himalaya se mantuvieron unidas por un cemento invisible y helado: el permafrost y el hielo glacial que convertían la roca ancestral en fortalezas aparentemente inquebrantables. Pero a medida que el planeta sigue calentándose, este «pegamento» alpino se está licuando.

El colapso glacial y el diluvio en Nepal y el Tíbet no han sido un fenómeno metereológico anormal; se trata del fallo estructural de la propia montaña, el último comentario de la naturaleza sobre las consecuencias mortales del calentamiento global provocado por el ser humano. Y fue el punto y aparte de un verano de extremos, que ilustró con un desastre no natural único el futuro apocalíptico que nos espera si no tomamos medidas climáticas drásticas.

A medida que el número de víctimas mortales sigue aumentando —el último recuento arrojaba más de 900 muertos y más de 4.400 personas desaparecidas—, este suceso ha puesto de manifiesto la crisis climática para muchos.

Una de las razones es, sin duda, el puro horror de lo que allí ha sucedido. Las escalofriantes imágenes de las cámaras de vigilancia y de los testigos presenciales captaron el horrendo momento en que una pared de «hormigón líquido» que avanzaba a 60 kilómetros por hora arrolló violentamente a las multitudes que huían, engullendo al instante a familias enteras y sepultándolas bajo metros de lodo espeso y empapado de sangre. Otra razón, sin embargo, es que la conexión con el cambio climático era incuestionable en este caso.

El torrente fue el resultado directo del colapso de un glaciar provocado por el calentamiento, que arrojó millones de toneladas de roca y desató una ola de gran velocidad de lodo y escombros. La nueva realidad en la era del cambio climático provocado por el ser humano, tal y como lo expresaba un titular de la CNN es que «vivir aguas abajo de un glaciar se ha convertido en un riesgo mortal».

El impacto del cambio climático en los fenómenos meteorológicos extremos, por el contrario, suele establecerse a través de una conexión estadística, más que de una causalidad directa. Mediante lo que se conoce como «ciencia de la atribución», los científicos climáticos demuestran la influencia del cambio climático en las características de un fenómeno meteorológico extremo. Es análogo a cómo los epidemiólogos establecen un vínculo entre la causa (por ejemplo, fumar cigarrillos) y el efecto (cáncer de pulmón), a través de una evidencia estadística masiva.

En el caso de la atribución climática, los científicos realizan simulaciones paralelas con modelos climáticos, incluyendo una simulación de «control» que representa un mundo contrafáctico sin impacto humano, y una simulación de «tratamiento» en la que se incluyen los factores humanos —principalmente el aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero—. A continuación, comparan la frecuencia con la que se produce un fenómeno concreto en los dos casos. Si se produce un aumento substancial en la frecuencia de un fenómeno concreto en la simulación de «tratamiento» en comparación con la simulación de «control», entonces la intensidad del fenómeno —y sus repercusiones humanas, sociales o medioambientales— puede «atribuirse» al cambio climático.

Los críticos podrían argumentar que la relación en este caso es meramente estadística, casi circunstancial. Pero del mismo modo que estamos dispuestos a atribuir una relación causal cuando un fumador de toda la vida contrae cáncer de pulmón —dado que tenía hasta 30 veces más probabilidades de hacerlo debido al consumo de productos del tabaco—, las características extremas (precipitaciones totales inusualmente abundantes, altas temperaturas o vientos destructivos) del fenómeno meteorológico pueden atribuirse al calentamiento provocado por el ser humano.

Aunque la trágica y mortífera inundación del Tíbet haya sido quizás el desastre más destacado provocado por el cambio climático este verano, se produjo tras una serie sin precedentes de fenómenos meteorológicos extremos, mortíferos, destructivos y peligrosos que pueden relacionarse con el aumento de la contaminación por carbono y el calentamiento de nuestro planeta.

Este verano de fenómenos extremos comenzó pronto. Empezó con una «cúpula de calor» en marzo en el suroeste de los EEUU que provocó temperaturas extremas que sólo esperamos ver a mediados de verano. Los científicos climáticos determinaron que ese calor extremo sin precedentes en marzo habría sido «prácticamente imposible» de no ser por el calentamiento provocado por el ser humano.

Luego llegó una ola de calor en mayo, propia del pleno verano, en el este de los EEUU, que batió récords de temperatura en mi ciudad natal, Filadelfia. Y en cuestión de semanas, una ola de calor en Europa trajo consigo temperaturas letales de tres dígitos a buena parte de Francia, lo que provocó la muerte de más de 3.000 personas en París y de casi 6.000 en toda Francia. Esa fue solo la primera de cuatro olas de calor consecutivas que batieron récords en Europa y que, al final del verano, se habían cobrado la vida de más de 35.000 personas. Y sí, ese calor mortal se atribuyó al cambio climático.

El calor récord de julio, combinado con una sequía extrema en gran parte de Europa occidental —especialmente en Francia y España—, ha provocado incendios forestales catastróficos que acapararon los titulares durante semanas, junto con una foto que se hizo viral en la que se veía a unos turistas descansando tranquilamente bajo una sombrilla de colores mientras, al fondo, se alzaban columnas de humo apocalíptico procedentes de los incendios. Los incendios obligaron a evacuar a cientos de miles de personas de sus hogares. Y, a riesgo de sonar como un disco rayado: sí, se atribuyó oficialmente al calentamiento provocado por el ser humano.

Por volver a los EEUU, hemos sufrido nuestros propios problemas con los incendios forestales. Una combinación de condiciones de mucho calor y sequía en el sur de Ontario y la parte alta del Medio Oeste provocó enormes incendios forestales que generaron columnas de humo que asfixiaron a la costa Este durante semanas. La calidad del aire se calificó de peligrosa en Filadelfia, mi ciudad natal.

Y sí, estos incendios forestales —así como, de hecho, los incendios forestales canadienses que ahora vemos verano tras verano— se pueden atribuir al cambio climático.

El verano de catástrofes meteorológicas extremas aún no se había terminado para nosotros. A mediados de agosto, un «derecho» [en castrellano en el original – N.del t.] histórico (una línea muy amplia y de rápido avance de tormentas eléctricas severas, asociada típicamente a vientos destructivos en línea recta con la fuerza de un huracán) azotó el Medio Oeste de EEUU con vientos que superaban los 160 kilómetros por hora e inundaciones devastadoras; casi un millón de personas, desde Illinois hasta Virginia, se quedaron sin electricidad.

Aunque resulta complicado aplicar métodos de atribución a estos fenómenos poco frecuentes, cada vez hay más pruebas de que el cambio climático los está haciendo más frecuentes y más destructivos.

Los desastres meteorológicos extremos que se han sucedido este verano han sido consecuencia inequívoca del calentamiento continuo de nuestro planeta. Las medidas políticas del actual gobierno [norteamericano] —elaboradas por los propios contaminadores— están empeorando la situación. Donald Trump y los republicanos del Congreso que le respaldan siguen apostando por políticas que favorecen la extracción y la dependencia de los combustibles fósiles, precisamente en el mismo momento en el que deberíamos estar alejándonos aún más rápidamente de los combustibles fósiles para pasar a la energía limpia.

Estos fenómenos extremos ponen de relieve la urgencia de actuar ya y, aunque hay muchas cosas que podemos hacer, una de las mayores oportunidades que tendrán los norteamericanos para influir en la política climática son las próximas elecciones de mitad de legislatura. Podemos hacer que el apoyo a una acción climática urgente y drástica sea un criterio decisivo a la hora de acudir a las urnas.


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Bill McGuire es catedrático emérito de riesgos geofísicos y climáticos en el University College de Londres. Su último libro se titula “The Fate of the World – a History and Future of the Climate Crisis” (“El destino del mundo: historia y futuro de la crisis climática”).

Michael Mann es catedrático distinguido presidencial y director del Centro Penn para la Ciencia, la Sostenibilidad y los Medios de Comunicación de la Universidad de Pensilvania, y coautor, junto con Peter Hotez, del libro “Science Under Siege”, recién publicado.

Fuente: https://sinpermiso.info/textos/nepal-y-el-tibet-la-penultima-catastrofe-climatica-de-un-verano-asesino-dossier

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