Nancy Fraser ha ampliado nuestra comprensión del funcionamiento del capitalismo y de las razones por las que depende de múltiples formas de dominación. Su teoría muestra que las luchas feministas, ecologistas y antirracistas están necesariamente vinculadas a la política anticapitalista
M. Ivković y Z. Zarić, Jacobin
El trabajo de Nancy Fraser ha ejercido una influencia considerable sobre la política anticapitalista de las últimas dos décadas. Algunas de sus ideas sobre la relación entre «redistribución» y «reconocimiento», o sobre la «alianza peligrosa» del feminismo liberal y el antirracismo con las agendas económicas neoliberales, trascendieron los círculos académicos de izquierda y pasaron a formar parte del vocabulario del activismo político.
Esto es precisamente lo que aspira a conseguir la tradición de la teoría crítica en la que Fraser se inscribe: ofrecer recursos para la autoclarificación de las luchas políticas progresistas. En un sentido más amplio, Fraser ha elaborado una teorización singular del capitalismo que responde de manera novedosa a algunas de las cuestiones más urgentes de la estrategia política anticapitalista.
Su teoría del capitalismo evolucionó gradualmente a lo largo de los años. Ese recorrido —orientado por problemas, pragmático y dialógico— hacia una explicación sistemática del capitalismo puede leerse como un modelo del modo en que un intelectual comprometido debería llegar a una «gran teoría» de la sociedad.
Dualismo analítico
Fraser expuso sistemáticamente su teoría del capitalismo en Capitalismo caníbal, su libro de 2022, pero para apreciar plenamente la profundidad de su perspectiva conviene recurrir también a los trabajos anteriores sobre los que se apoya su teoría madura. La piedra angular de su teoría social es una forma de «dualismo» analítico.
Frente al reduccionismo económico característico del marxismo ortodoxo, Fraser subraya que la reproducción material y la simbólica bajo el capitalismo son mutuamente irreductibles. Rechaza el esquema de base y superestructura y sostiene que el capitalismo es al mismo tiempo un orden económico y cultural, un sistema de explotación económica y de jerarquías de estatus, una configuración en la que se combinan formas materiales y simbólicas de dominación.
Para Fraser, la clase es un modo fundamental de diferenciación social, arraigado en la estructura político-económica de la sociedad, mientras que el grupo de estatus es otro, arraigado en el orden cultural o simbólico. Todo actor social bajo el capitalismo ocupa una posición determinada en ambos ejes, de modo que su lugar dentro de la jerarquía social resulta de la composición de ambas. Los grupos sociales suelen estar sometidos a la vez a injusticias económicas y culturales.
Este argumento sobre las dos dimensiones de la sociedad capitalista, la sistémica y la cultural, aparece ya en los primeros trabajos de Fraser, por ejemplo en su crítica a Jürgen Habermas, «¿Qué tiene de crítica la teoría crítica? Habermas y la cuestión del género». En ese ensayo sostiene que el ideal capitalista del «salario familiar» fue concebido históricamente como una remuneración destinada al hombre que mantenía a su familia y no como un pago a un «individuo sin género».
Según Fraser, esta «lectura sensible al género» de las relaciones institucionales que el capitalismo establece entre familia, economía, esfera pública y Estado burocrático muestra que la dominación masculina es «intrínseca y no accidental al capitalismo clásico». Una lectura de este tipo revela además el carácter multidireccional de la causalidad capitalista. Contra el determinismo económico del marxismo ortodoxo, Fraser muestra que las normas de género elaboradas culturalmente condicionan un rasgo político-económico central del capitalismo: la división sexual del trabajo o, más precisamente, la división entre trabajo remunerado y trabajo reproductivo no remunerado.
El dualismo analítico permite identificar lo que Fraser denomina los «subtextos» de fenómenos sociales del capitalismo que tradicionalmente fueron considerados puramente, o predominantemente, «económicos» o «culturales». Su crítica a Habermas contiene un mensaje político central para los movimientos anticapitalistas: los órdenes «culturales» de dominación, como el patriarcado, no son «secundarios» ni «residuales». Son intrínsecos al capitalismo, y la política anticapitalista debe asumir como indispensables las luchas contra esas injusticias.
Desmentida
En sus trabajos de la última década y media, Fraser desarrolló esa intuición. Retomando el feminismo marxista clásico, sostiene que el capitalismo es un orden social que instituye una división históricamente arbitraria entre el trabajo remunerado y las actividades de reproducción social no remuneradas, como la crianza y las tareas de cuidado. Estas últimas están atravesadas de manera inherente por el género y son asignadas a las mujeres.
La economía capitalista depende de la reproducción gratuita de la fuerza de trabajo. En el plano simbólico, esa dependencia no puede ser reconocida, porque hacerlo implicaría admitir que el trabajo reproductivo es una forma de trabajo sumamente valiosa y que debería ser remunerado. La economía capitalista tiene, por lo tanto, una necesidad sistémica de desmentir su dependencia de la esfera de la reproducción social.
¿Cómo se produce esa desmentida? Precisamente mediante los subtextos de género, elaborados culturalmente, de fenómenos económicos centrales como el «salario familiar». Estos refuerzan y naturalizan la división sexual del trabajo y ocultan su carácter arbitrario.
Además de teorizar el papel del trabajo de cuidados no remunerado como condición de posibilidad del capitalismo, Fraser se apoya en la obra de Karl Polanyi para conceptualizar otros aspectos no económicos de la realidad social capitalista que, en conjunto, conforman la estructura «ampliada» del capitalismo. Entre ellos se encuentran las relaciones humanas con la naturaleza, el ámbito institucional de la política liberal-democrática y la dominación imperial global basada en jerarquías raciales.
Este concepto ampliado del capitalismo es un poderoso antídoto contra la ideología burguesa que presenta al capitalismo como un orden puramente económico compatible con el ideal político de la meritocracia liberal. Es además una herramienta decisiva para la crítica ideológica y las luchas sociales emancipatorias, porque expone el papel estructural que desempeñan bajo el capitalismo formas de dominación distintas de la explotación clásica, como el patriarcado y el racismo.
Alianzas peligrosas
Es sobre el trasfondo de la apropiación que Fraser hace de Polanyi que debemos entender su conocido argumento acerca de la «alianza peligrosa» entre las políticas emancipatorias liberales y la economía neoliberal. Fraser sostiene que la actual crisis multidimensional del capitalismo fue desencadenada por otro gran «movimiento» polanyiano hacia la mercantilización, análogo al liberalismo económico del siglo XIX.
Mientras que Polanyi podía identificar con claridad la lógica unificadora de un «contramovimiento» proteccionista frente al liberalismo de libre mercado, lógica que atravesaba proyectos tan dispares como el New Deal estadounidense, la Unión Soviética, la Europa fascista y la socialdemocracia europea de posguerra, Fraser observa que hoy no existe una alternativa igual de clara al proyecto neoliberal.
Para explicar la ausencia de ese contramovimiento, Fraser amplía la concepción polanyiana que define la dinámica política básica del capitalismo como un «doble movimiento» de «mercantilización» y «protección», y le incorpora un tercer polo: la «emancipación». Sostiene que cada polo de este «triple movimiento» adquiere su forma política concreta a partir de su propia lógica interna y de sus relaciones con los otros dos. De ahí surge la ambivalencia interna de los tres.
En el caso del polo de la emancipación, esa ambivalencia significa que los movimientos emancipatorios de la posguerra —la Nueva Izquierda, el feminismo, el ecologismo— estuvieron atravesados por divisiones internas. Hubo corrientes que combatieron formas de dominación de base cultural —el polo de la protección— y prestaron poca atención a los procesos de mercantilización, cuando no los respaldaron. Hubo otras que combatieron simultáneamente las formas opresivas de protección y la mercantilización, lo que en la práctica significaba luchar por transformar lo que Fraser denomina la «sustancia ética» de la protección.
Con el tiempo, señala Fraser, las corrientes liberales se volvieron hegemónicas y establecieron una alianza con los agentes neoliberales de la mercantilización. Dentro de esa alianza, sostiene, una «crítica emancipatoria» de las formas opresivas de protección «convergió con la crítica neoliberal de la protección como tal».
Aquí está la clave para comprender la peculiar ausencia actual de un contramovimiento. Fraser desarrolla la teoría de la hegemonía de Antonio Gramsci en términos polanyianos y sostiene que un bloque histórico o hegemónico determinado es una configuración específica de dos de los polos del triple movimiento.
Nuestro bloque hegemónico actual, hoy en proceso de desintegración, es una amalgama de mercantilización y emancipación que Fraser denomina «neoliberalismo progresista». Para construir un bloque contrahegemónico, la política anticapitalista necesita forjar una combinación de protección y emancipación.
Desplazamientos epistémicos
Más fundamental aún que la obra de Polanyi para la teorización del capitalismo de Fraser es lo que ella considera el método básico de Karl Marx: los «desplazamientos epistémicos». Lo que Marx hizo, esencialmente, fue excavar por debajo de la economía política burguesa, que sitúa en el centro del capitalismo los mercados y el intercambio de mercancías de valor equivalente.
Debajo de ese «relato de fachada», Marx descubrió el «secreto sucio» de la organización de la producción bajo el capitalismo: la explotación, es decir, la extracción de plusvalor del trabajo. Aquí encontramos la primera «morada oculta» del capitalismo, como la denomina Fraser: la relación no equivalente de explotación que subyace a la equivalencia del intercambio mercantil. El método de Marx, subraya Fraser, no termina ahí.
En el capítulo sobre la «acumulación originaria» del primer volumen de El capital, Marx vuelve a desplazar la perspectiva y descubre una «morada detrás de la morada». En los orígenes históricos del capitalismo identifica el brutal proceso de desposesión —lo que Fraser denomina «expropiación»— que separó a las personas de sus medios de subsistencia mediante cercamientos, robos y conquistas coloniales. Para Fraser, este método de desplazamientos epistémicos, que permite identificar capas cada vez más profundas de dominación capitalista, es la esencia misma de la teoría crítica.
Las relaciones entre la economía capitalista y todas sus condiciones de posibilidad —la naturaleza, la política y la reproducción social— siguen la lógica marxiana de la acumulación originaria: apropiarse de todo lo posible sin ofrecer compensación alguna, mientras se niega y encubre el proceso. Fraser sintetiza esa lógica con el término «parasitismo».
Para reproducirse y prosperar, la economía capitalista debe parasitar el trabajo reproductivo no remunerado de las mujeres, la naturaleza como fuente gratuita de recursos y el poder político —o público, como prefiere llamarlo Fraser— en tanto garante del marco jurídico de la coerción económica. Para hacer posible ese parasitismo, la sociedad capitalista institucionaliza fronteras históricamente únicas que definen su estructura básica.
La primera es la frontera entre la economía como esfera del trabajo remunerado y la reproducción social como esfera del trabajo reproductivo no remunerado. La segunda separa la naturaleza del mundo humano. La línea divisoria entre política y economía —o, dicho más crudamente, entre la coerción abierta de la fuerza armada y la coerción encubierta del mercado de trabajo— permite sustraer todos los asuntos «económicos» del ámbito de la decisión política.
Por último, está la distinción entre trabajo «explotable» y trabajo «expropiable». Para Fraser, esa frontera sigue en gran medida la «línea de color», históricamente constituida en términos imperialistas como una división entre trabajadores explotados, considerados blancos, y sujetos expropiables, que no lo son.
Gramáticas morales
Esta última frontera es la más compleja. «Bien entendida», sostiene Fraser en su debate de 2018 con Rahel Jaeggi, «esclarece el lugar estructural de la opresión imperial y racial en la sociedad capitalista». Fraser aplica su dualismo analítico a esta división institucionalizada del capitalismo y la define como económica y política a la vez.
Vistas en términos económicos, explotación y expropiación son dos mecanismos de acumulación de capital, y la primera depende estructuralmente de la segunda, no solo en los comienzos del capitalismo sino a lo largo de toda su historia hasta el presente. La expropiación contribuye a sostener la economía capitalista oficial de la explotación al reducir los costos de producción y reproducción del trabajo.
Vista en términos políticos, la frontera entre explotación y expropiación es una frontera de estatus institucionalizada mediante la acción de los Estados. Si combinamos ambas perspectivas, podemos concluir, como hace Fraser, que lo que denominamos «raza» es sencillamente «la marca que distingue a los sujetos libres de explotación de los sujetos dependientes de expropiación».
Puesto que el capitalismo está construido alrededor de fronteras constitutivas, sostiene Fraser, genera de manera inevitable luchas en torno a esas fronteras. Se trata de conflictos históricos multilaterales acerca de dónde debe trazarse exactamente cada línea divisoria. En ellos, los actores movilizan distintas «gramáticas morales» de la sociedad capitalista contra la lógica del capital y su propia gramática moral de la eficiencia y la meritocracia.
En la esfera de la reproducción social, las normas de reciprocidad, cuidado y solidaridad desafían la gramática capitalista. En las relaciones humanas no capitalistas con la naturaleza operan normas de custodia, sustentabilidad y justicia entre generaciones. En la esfera de la política democrática adquieren primacía las normas de democracia, ciudadanía igualitaria e interés público.
Muchos campos de lucha
Según Fraser, las luchas en torno a las fronteras que separan economía y política, producción y reproducción, sociedad y naturaleza, explotación y expropiación son tan fundamentales para el capitalismo como las luchas de clases que se desarrollan dentro del campo de la economía capitalista.
Los trabajos maduros de Fraser retoman así, bajo una forma más elaborada, la intuición política de sus primeros escritos: el capitalismo es un orden social construido sobre formas multidimensionales de dominación estructural, y la política anticapitalista debe asumir e incorporar todas las luchas que cuestionan las distintas dimensiones de esa dominación, sin establecer jerarquías entre ellas. Esto incluye los movimientos ecologistas, feministas y antirracistas, así como las luchas destinadas a profundizar y radicalizar la democracia liberal.
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Fuente: https://jacobinlat.com/2026/09/la-teoria-del-capitalismo-de-nancy-fraser-es-de-vital-importancia-politica/
Traducción: Natalia López

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