martes, 4 de marzo de 2008

FUNDAMENTALISMO ECONÓMICO

Pocos saben que fue precisamente en Estados Unidos donde se acuñó el término fundamentalismo, y no referido, como se podría pensar, a las corrientes islámicas, sino para designar a posturas y organizaciones cristianas.

El fundamentalismo surgió en Estados Unidos a mediados del siglo XIX dentro de las Iglesia Protestante, como movimiento conservador, y fue tomando forma con una serie de conferencias, la primera de las cuales se celebró en 1876, para el centenario de la Nación, en las que se abogaba por una interpretación literal de la Biblia, rechazándose la utilización de los géneros literarios y toda conciliación entre el conocimiento científico y las ideas y doctrinas religiosas. El nombre lo recibe de la publicación de doce libros, denominados fundamentos.

Las ideas defendidas por los fundamentalistas, aunque a veces con otro nombre, han estado presentes en la historia de todas las religiones y en casi todas ellas se ha producido en el pasado la identificación del orden político y del religioso. Identificación que no se alcanza en la equivalencia, sino más bien en la absorción del primero por el segundo, es decir la política como un servilismo de la religión.

Hoy en día, sin embargo, la mayoría de las sociedades -con la excepción del mundo islámico- se han secularizado. El fundamentalismo religioso casi ha desaparecido del ámbito occidental, convirtiéndose en un fenómeno marginal. Ha surgido, sin embargo, otro tipo de fundamentalismo: el económico. Y es esa teoría económica llamada neoliberalismo, la que pretende ocupar el puesto que antes se asignaba a la religión, exigiendo el mismo grado de adhesión e imponiendo sus dogmas con idéntica fuerza y autoritarismo, de manera que a sus exigencias se supedite incondicionalmente cualquier otro razonamiento.

Si por algo se caracteriza el mensaje económico del neoliberalismo ha sido por las continuas insinuaciones de estar realizando la única política económica posible. No existe otra alternativa, se afirma a menudo en forma rotunda. Se niegan los márgenes de libertad y se nos pretende hacer creer que la economía es una ciencia exacta, más allá de las preferencias políticas. Frases como aquella de "Gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones", o la de que "No se puede repartir miseria y hay que engordar la torta antes de distribuirla", o "Cuando baja la marea se ve quien tenía bien puesto el traje de baño", tienen como objeto trasladar a la opinión pública la idea de que la eficacia y el crecimiento son la finalidad última de la política económica, y que la equidad y la igualdad suelen ser obstáculos a la hora de conseguir esos objetivos. Frente a esos planteamientos la economía tiene sus leyes rígidas y uniformes, y el pluralismo ideológico y político debe sucumbir ante la verdad técnica de las soluciones económicas.

Lo cierto es que el modelo actual hace agua por todos lados. El neoliberalismo no es solución a los problemas de desigualdad y exclusión. Sin embargo, para muchos, incluído el Gobierno, la economía es a la política como en la Edad Media la teología era a la filosofía. La teología se fundó en una pretendida verdad inmutable, y mataba y destruía por seguir esa verdad. Hoy es esa supuesta verdad de la ciencia económica, esa supuesta mano invisible, la que permite destruir países y culturas completas. Ayer se decía que la filosofía debía ser "ancilla Theologiae", hoy no se dice, pero sí se piensa que la política debe ser "ancilla Economiae", es decir la política como "mero sirviente" de la economía.

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