lunes, 26 de octubre de 2026

Un faro de esperanza en un mundo oscuro

La derrota de la extrema derecha en Brasil a manos de Lula no solo le asegura al presidente brasileño un lugar definitivo en la historia de la democracia global, sino que también ofrece valiosas lecciones para los socialistas de todo el planeta

Hugo Albuquerque, Jacobin

Tras una remontada impactante e inspiradora, impulsada por la movilización masiva del pueblo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva ganó su cuarta elección presidencial. Este logro marca un giro sin precedentes en la historia política brasileña, ya que nunca antes un candidato que había quedado atrás en la primera vuelta logró remontar y ganar.

La elección —que enfrentó a Lula con Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, actualmente preso por intento de golpe de Estado tras su derrota en las elecciones de 2022— estuvo marcada por una obscena injerencia de la administración Trump, con grandes empresas tecnológicas como Meta actuando descaradamente a favor de la extrema derecha. Todo esto en un contexto en el que otras intervenciones de Trump en la región fueron exitosas y llevaron a la elección de presidentes de extrema derecha —sobre todo en Colombia—, lo que creó la sensación de una ola trumpista invencible en toda América Latina.

Derrotado por unos dos millones de votos el 4 de octubre, Lula obtuvo más de diez millones de votos nuevos el 25 de octubre, mientras que Flávio Bolsonaro recibió poco más de tres millones y medio más que en la primera vuelta. Lula aumentó su porcentaje de votos en prácticamente todos los municipios brasileños después de que apenas tres semanas atrás se lo daba por derrotado. Lo que cambió en tan poco tiempo ofrece una lección para los socialistas de todo el mundo.

Cómo se construye una victoria

Si bien las manifestaciones a favor de Lula comenzaron inmediatamente después de la derrota en la primera vuelta, impulsadas en gran medida por organizaciones estudiantiles, la campaña del Partido de los Trabajadores (PT) buscó conectar con una nueva generación de la izquierda. Al mismo tiempo, provocó un verdadero terremoto en la estrategia de comunicación del partido, producto de la llegada del diputado André Janones, recientemente reelecto como candidato del partido de centroizquierda Rede.

Lula, que tiene ochenta años, invitó a Brasilia a toda una nueva generación de legisladores recién electos inmediatamente después de la primera vuelta de votación. A pesar del crecimiento de la extrema derecha a expensas de la derecha tradicional y del centro en las elecciones legislativas, realizadas en simultáneo con la primera vuelta de la carrera presidencial, la izquierda obtuvo avances en el Congreso Nacional, incorporando figuras jóvenes, hábiles en redes sociales y en comunicación, que aportaron energía fresca a la campaña.

Entre estas estrellas en ascenso se encuentran la diputada de veintiún años Ana Elisa —oriunda de Minas Gerais, el estado pendular por excelencia de Brasil—; Erika Hilton, una mujer trans reelecta con una cantidad récord de votos; Jones Manoel, un comunista de Pernambuco (el estado natal de Lula); y Guilherme Cortez, un diputado que se identifica como twink. Todos ellos representan a una generación de jóvenes con millones de seguidores de la Generación Z en Brasil; son estrellas de las redes sociales, a pesar de que los algoritmos de las plataformas favorecen el contenido de derecha.

Pero la figura más destacada de la campaña fue Janones, de cuarenta y dos años, quien creó un grupo de WhatsApp denominado «Exército de Lula» («Ejército de Lula») que llegó a tener más de diez millones de seguidores, a través del cual llevó adelante una agitación y una propaganda organizadas y disciplinadas. Casi uno de cada diez votantes brasileños se unió a un mismo grupo en apenas tres semanas. Janones suele ser desdeñado por la vieja élite intelectual de izquierda, aunque siempre fue popular entre las masas. Ahora se convirtió en una verdadera celebridad.

Partiendo del supuesto de que el algoritmo de Meta estaba sesgado en contra de la izquierda, Janones orquestó grandes campañas en redes sociales, como alentar a los simpatizantes de Lula a publicar en Instagram fotos suyas con la camiseta de la selección brasileña de fútbol, una prenda que alguna vez fue un símbolo de unidad pero que luego fue cooptada por la extrema derecha. Esta acción fue acompañada por incontables simpatizantes de Lula y causó un gran impacto en las redes sociales un día antes de la fallida manifestación organizada por Flávio Bolsonaro en la Avenida Paulista, un eje vital de la ciudad de San Pablo.

La estrategia fue un éxito, con Janones reutilizando de manera lúdica el vocabulario militar de la extrema derecha y refiriéndose a sus seguidores en el Ejército de Lula como «soldados». Más allá de los algoritmos, esta jugada de Janones subvirtió la semiótica de los últimos años, durante los cuales la familia Bolsonaro movilizó a su vasta base utilizando terminología militar (un enfoque bastante natural, dado que Bolsonaro y muchas de sus figuras clave detrás de escena son o fueron militares).

La extrema derecha brasileña, arrinconada por primera vez

Incluso después de su derrota en 2022, la extrema derecha siguió siendo una fuerza poderosa en las redes sociales, impulsada por una combinación de comunicación eficaz y trato preferencial por parte de las empresas matrices de las plataformas. Durante el gobierno de Lula, las publicaciones del diputado bolsonarista Nikolas Ferreira obtuvieron más interacción que las de estrellas del pop mundial. Esto se utilizó para librar una campaña opositora sucia pero sumamente eficaz contra el tercer gobierno de Lula.

Mientras Lula parecía empantanado en una serie de errores políticos tras su heroico regreso a la presidencia en 2022, al frente de una compleja coalición de Frente Amplio, sus opositores parecían imbatibles en las redes sociales y conectaban de manera efectiva con el pueblo brasileño. Obviamente, las críticas de la extrema derecha tenían poco que ver con los problemas que enfrentaba el tercer gobierno de Lula; más bien, los aliados de Bolsonaro aprovecharon la relativa impopularidad del gobierno para impulsar su propia agenda de desmantelamiento de la democracia brasileña.

Después de derrotar a Bolsonaro en 2022, una victoria que se hizo eco de su propio regreso político desde su época como presidente en los años 2000, Lula pareció quedar atrapado en un escenario de El día de la marmota, donde cada crisis del gobierno era amplificada por la agitación masiva de la extrema derecha. Curiosamente, este estado de estancamiento solo llegó a su fin en las últimas tres semanas. La estrategia de Janones trajo aire fresco, sacando a millones de militantes de una depresión potencialmente mortal, dado el inminente regreso del fascismo, como afirmó el veterano periodista Luiz Carlos Azenha. La transmisión en vivo de veinticuatro horas, absolutamente descomunal, de Janones antes de las elecciones fue precedida por una transmisión en vivo con millones de reproducciones que incluyó testimonios de muchos artistas brasileños, y que mostró quizás lo mejor de Lula y de Brasil. A partir de ese momento, la derecha perdió su cómodo monopolio de la comunicación.

Lula volvió a llegar a las masas, por primera vez desde que regresó a la presidencia. Pero este cuarto mandato debe implicar gobernar de otra manera. Requerirá un enfoque más cercano al de sus dos primeros mandatos, en los que Lula fue capaz de fijar los términos del debate dentro del país, aunque con la necesidad de un diálogo y una acción más intensos con las masas de brasileños que le dieron esta elección. Todo esto ocurre en un mundo que está, literalmente, en llamas. La economía será un problema, y Lula tendrá que enfrentarse a una burguesía que desea un capitalismo más salvaje que cualquiera visto antes, incluso en Brasil.

Para quienes vieron a Flávio Bolsonaro actuar como si ya fuera presidente el 25 de octubre, la sorpresiva victoria de Lula fue un alivio histórico. Para quienes vivieron las últimas semanas en Brasil —asistiendo a manifestaciones masivas, sin precedentes en la historia electoral del país, y enfureciéndose con cada debate entre Lula y Flávio, así como con la arrogancia cruel y desmedida del líder de derecha—, la palabra clave es, por fin, esperanza.


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