miércoles, 12 de agosto de 2026

Reflexiones sobre valores y tecnología en una era de convulsión global

¿La política sirve a la gente o al poder? Este artículo sostiene que el verdadero progreso reside en priorizar a las comunidades sobre las instituciones y en utilizar la tecnología para empoderar a las sociedades en lugar de dominarlas

Alexander Tuboltsev, Al Mayadeen

Como saben, la ciencia política y las relaciones internacionales se encuentran entre las ciencias sociales, lo cual es evidente, ya que sin sociedad es imposible imaginar la existencia de una esfera política. A su vez, la sociedad no puede concebirse sin las personas que la conforman. Sin embargo, aquí radica una paradoja: a pesar del papel fundamental del ser humano para la mera posibilidad de la política, en muchos conceptos occidentales de filosofía política y teoría de las relaciones internacionales, la importancia de las personas se reduce a un papel secundario. Podemos comprobarlo con algunos ejemplos típicos.

Los defensores del neorrealismo, en sus construcciones teóricas, ignoran las diferencias internas de los estados y las sociedades, sus características únicas y su ideología, reduciéndolo todo al papel determinante de la estructura del sistema internacional y considerando a los estados como "actores racionales" que buscan alcanzar un equilibrio de poder. Este concepto no solo niega el papel del individuo y de las masas, sino que también ignora los numerosos casos históricos y modernos en los que ciertos estados han actuado de forma irracional. La interpretación neorrealista de las características del estado (reacción únicamente a estímulos externos, objetivos comunes para todos y racionalidad absoluta) resulta más apropiada para describir robots que sistemas complejos y multifactoriales como los estados y sus políticas.

El neofuncionalismo, si bien en muchos sentidos es lo opuesto al neorrealismo, se asemeja a él en un aspecto. Este concepto, al igual que el neorrealismo, ignora el papel de las personas y las masas, reduciéndolas a factores secundarios. El neofuncionalismo, surgido como una de las teorías de la integración, se centró en las ventajas de los procesos de integración entre estados y enfatizó la importancia del efecto indirecto (cuando la unificación en un área incentiva la integración en otras). La importancia fundamental de este concepto recaía en las instituciones supranacionales, no en las personas.

Otro concepto occidental, el institucionalismo liberal, otorga un papel fundamental a las instituciones (que incluyen, por ejemplo, tratados internacionales, leyes, etc.), centrándose en un conjunto de normas en lugar de en las masas y la sociedad misma. Este concepto ignora el hecho de que algunos Estados pueden utilizar las instituciones en detrimento de otros como instrumento de presión y opresión.

Incluso tras un breve análisis de estos tres conceptos, resulta evidente que tratan a las personas como un factor secundario, de menor importancia para los Estados que los beneficios económicos de la integración, el entorno externo, el equilibrio de poder o las instituciones. Esto no parece diferir mucho del pensamiento colonial estrecho, en el que las personas eran vistas únicamente como un recurso sin un papel independiente, y se priorizaba la expansión, la maximización de beneficios, la verticalidad administrativa, etc.

Históricamente, los imperios coloniales se construyeron sobre el saqueo de los recursos ajenos y la violación total y más grave de sus derechos. Fue un parasitismo a escala global que, en el siglo XX, se transformó en neocolonialismo, también basado en la explotación despiadada. La élite de los imperios coloniales solía representar animales imponentes (por ejemplo, leones) en sus escudos de armas, pero imágenes de pulgas, tábanos y otras criaturas parasitarias serían mucho más apropiadas para los escudos de la aristocracia colonial occidental. Esta metáfora describe a la perfección la esencia de tales imperios, que literalmente extrajeron recursos de continentes enteros y se edificaron sobre una explotación insaciable y codiciosa.

El concepto neoliberal de individualismo se basa en la misma lógica destructiva, retóricamente saturada de eslóganes sobre derechos humanos, pero que en realidad es una herramienta para lograr un único objetivo: la atomización de la sociedad. Dentro del marco del paradigma neoliberal, el individuo se convierte en un consumidor egoísta, movido únicamente por sus propios intereses, separado de la colectividad; es decir, su significado se desdibuja y se equipara a una función económica impersonal. Esto beneficia a las élites corruptas, ya que los individuos desunidos carecen de la fuerza suficiente para combatir a los explotadores. La mayor parte de la riqueza material se acumula en manos de una pequeña élite, mientras que el resto de la población no solo enfrenta problemas económicos, sino también consecuencias psicológicas negativas causadas, por ejemplo, por la soledad (que ha alcanzado niveles récord en muchos países).

¿Existe una alternativa histórica a la lógica destructiva del desarrollo social expresada en el modelo occidental? Sin duda, existe, y podemos analizarla utilizando ejemplos de la vida social histórica de pueblos de diferentes continentes.

Por ejemplo, en la cultura inuit, que se desarrolló en las duras condiciones del Extremo Norte, el individuo y su comunidad estaban estrechamente vinculados. La caza de animales marinos y la pesca se realizaban de forma colectiva, y desde tiempos ancestrales existía una distribución colectiva de los alimentos, en la que todos los miembros del asentamiento recibían su parte. Asimismo, los terrenos de caza, las zonas marinas y los criaderos de salmón se consideraban tradicionalmente propiedad común, y en algunas zonas (por ejemplo, en el norte de Groenlandia) la propiedad colectiva se extendía a las viviendas destinadas a varias familias.

Entre los pueblos de Polinesia (por ejemplo, en el archipiélago de Tuvalu), el mar se consideraba propiedad común, donde cada miembro de la comunidad podía pescar y recolectar mariscos libremente. También existía una forma de propiedad colectiva de la tierra (estas tierras comunales se denominaban manafa-fakangamua). Ciertas familias solían compartir sus productos con el resto de la comunidad. Actividades como la construcción de viviendas comunitarias también se realizaban tradicionalmente de forma conjunta.

En todo el Sur Global, desde África y Asia hasta Oceanía y Latinoamérica, encontramos miles de ejemplos de la importancia y el desarrollo histórico del colectivismo. Históricamente, la comunidad ha abarcado aspectos sociales, económicos y culturales. El bien común se entendía como el bienestar de toda la comunidad, es decir, la seguridad y el acceso a los recursos para cada uno de sus miembros. Por supuesto, debido a factores naturales adversos (como desastres naturales, sequías, inundaciones y epidemias), la comunidad no siempre disponía de los recursos necesarios, pero en tiempos difíciles, el mecanismo de ayuda mutua era especialmente activo. Existía un estrecho vínculo entre las personas, manifestado, entre otras cosas, en el trabajo en equipo, y la estructura social se basaba en un conjunto de normas destinadas a mantener el bienestar colectivo.

Esta concepción del bien común difiere notablemente del modelo occidental, que se centra en indicadores (crecimiento económico, maximización de beneficios, control de recursos, expansión de la influencia, etc.) en lugar de en las personas. Y esta es una diferencia fundamental.

El crecimiento del PIB no puede servir de excusa para la precaria situación económica de las grandes masas. La teoría del "libre mercado" es incapaz de justificar el enriquecimiento de una reducida élite transnacional, corrompida por el nepotismo, la codicia, la corrupción y la arrogancia. Este enfoque hipócrita, en el que los verdaderos intereses del pueblo se ven sustituidos por la "conveniencia económica" que beneficia a la clase alta, conduce inevitablemente al establecimiento de un régimen oligárquico y cleptocrático bajo la apariencia de "democracia". En tales condiciones, se utilizan todo tipo de herramientas y métodos para reprimir, dividir, fragmentar y explotar a las grandes masas.

Las élites y corporaciones occidentales invierten en el desarrollo de nuevas tecnologías únicamente para su enriquecimiento personal y el control absoluto sobre las masas. Sin embargo, esas mismas tecnologías (como los drones, la inteligencia artificial, etc.) en manos de los movimientos de liberación y los oprimidos pueden convertirse en herramientas para una lucha justa. Por ello, el desarrollo tecnológico en el Sur Global se está volviendo crucial para impedir que las potencias neocoloniales monopolicen las nuevas tecnologías.

La tecnología es simplemente una herramienta en manos de las personas. La diferencia fundamental radica en los valores que sustentan a cada bando. Los opresores modernos, las élites transnacionales y sus corruptos regímenes títeres, se mueven por la sed de lucro, el mantenimiento del poder y la apropiación de nuevos recursos. Los pueblos oprimidos se mueven por el deseo de protegerse a sí mismos, su territorio y sus recursos de sus opresores. Esta es una batalla global contra la tiranía que se libra en diversos frentes.

Parece que una combinación de los valores del colectivismo (ayuda mutua, un sistema de distribución equitativa de los beneficios, desarrollo comunitario, reconocimiento de la importancia fundamental del bien común) y herramientas en forma de nuevas tecnologías en constante evolución podría convertirse en un modelo muy eficaz capaz de rechazar los conceptos impuestos por la clase dirigente occidental.

Tomando como ejemplo los conflictos militares modernos, vemos la eficacia de combinar los valores de la justicia con herramientas tecnológicas. Los modernos misiles balísticos iraníes se han convertido en un arma poderosa en la lucha contra el imperialismo estadounidense. Los drones de la Resistencia Libanesa demostraron su eficacia en el campo de batalla, convirtiéndose en una lluvia de rayos que impactaban el equipo enemigo. Estos son ejemplos donde la tecnología se ha convertido en un medio efectivo para resistir a los agresores imperialistas.


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