lunes, 9 de noviembre de 2015

Unión Europea: La tormenta de Schäuble en el horizonte

Yanis Varoufakis , Sin Permiso

La crisis de Europa enfila su fase más peligrosa. Después de obligar a Grecia a aceptar otro acuerdo de rescate de los de “prolongar-y-fingir”, se trazan nuevas líneas de batalla. Y con una afluencia de refugiados que deja al descubierto los daños provocados por perspectivas económicas divergentes y un desempleo juvenil por las nubes en la periferia de Europa, las ramificaciones son ominosas, tal como han dejado claro recientes declaraciones de tres políticos europeos: el primer ministro italiano, Matteo Renzi, el ministro de Economía francés, Emmanuel Macron, y el ministro de Economía alemán, Wolfgang Schäuble.

Renzi ha estado cerca de demoler, al menos retóricamente, las reglas fiscales que ha defendido Alemania durante tanto tiempo. En un notable acto de desafío, amenazó con que, si la Comisión Europea rechazaba el presupuesto nacional italiano, volvería a presentarlo sin cambios.

No era la primera vez que Renzi se enemistaba con los dirigentes alemanes. Y no fue nada accidental que su declaración siguiera a un esfuerzo de varios meses por parte de su propio ministro de Economía, Pier Carlo Padoan, por demostrar el compromiso de Italia con las “reglas” de la eurozona respaldadas por Alemania. Renzi entiende que la fidelidad a la parsimonia inspirada por los alemanes está llevando a la economía y las finanzas públicas de Italia a un mayor estancamiento, acompañado de un mayor deterioro de la proporción entre deuda y PIB. Renzi, que es un consumado hombre político, sabe que este es el camino más corto al desastre electoral..

Macron es muy diferente de Renzi, tanto en estilo como en substancia. Banquero convertido en político, es el único ministro del presidente François Hollande que combina una comprensión rigurosa de los desafíos macroeconómicos de Europa con una reputación en Alemania de reformador e interlocutor habilidoso. Así que cuando habla de una inminente guerra religiosa en Europa, entre el noreste bajo dominio calvinista germano y una periferia en buena medida católica, es momento de tomar nota.

La reciente declaración de Schäuble acerca de la actual trayectoria de la economía europea pone de relieve el callejón sin salida de Europa. Durante años Schäuble se ha dedicado a un prolongado juego con el fin de realizar su visión de la arquitectura óptima que puede alcanzar Europa dentro de las constricciones políticas y culturales que da por hechas.

El “plan Schäuble”, como yo lo he denominado, exige una unión política limitada que apoye el euro. En resumen, Schäuble está a favor de un eurogrupo formalizado (compuesto de los ministros de Economía de la eurozona), presidido por un presidente que goce de derecho de veto – legitimado por una Eurocámara que comprenda parlamentarios de los estados miembros de la eurozona – sobre los presupuestos nacionales. A cambio de renunciar al control sobre su presupuesto, Schäuble ofrece a Francia e Italia – objetivos primordiales de su plan – la promesa de un pequeño presupuesto común a escala de la eurozona que financiaría parcialmente programas contra el desempleo y de seguridad de depósitos. Esa unión política disciplinaria, minimalista no cae bien en Francia, donde las élites siempre se han resistido a ceder soberanía. Mientras que políticos como Macron han hecho mucho camino en la aceptación de la necesidad de transferir al “centro” poder sobre el presupuesto nacional, temen que el plan de Schäuble pida demasiado y ofrezca demasiado poco: severos límites al espacio fiscal y un presupuesto común insignificante desde el punto de vista macroeconómico.

Pero aunque Macron pudiera persuadir a Hollande de que aceptara el plan de Schäuble, no está claro que la canciller alemana Angela Merkel lo permitiera. Las ideas de Schäuble han fracasado hasta ahora por lo que a ella respecta o, ciertamente, al Bundesbank (que, a través de su presidente, Jens Weidmann, se ha mostrado enormemente negativo respecto a adoptar cualquier medida de mutualización, siquiera en la versión limitada que Schäuble está dispuesto a ofrecer a cambio del control sobre los presupuestos francés e italiano).

Atrapado entre una renuente canciller alemana y una Francia poco dispuesta, Schäuble imaginó que la turbulencia causada por una salida griega de la eurozona ayudaría a persuadir a los franceses, así como a sus colegas de gabinete, de la necesidad de su plan. Ahora, mientras espera a que el actual “programa” griego se derrumbe bajo el peso de sus contradicciones intrínsecas, el ministro de Economía alemán se prepara para las batallas por llegar.

En septiembre Schäuble distribuyó a sus colegas del eurogrupo un borrador con tres propuestas para impedir una nueva crisis del euro. En primer lugar, los bonos del gobierno de la eurozona deberían incluir cláusulas que hagan fácil “rescatar” a los tenedores de bonos. En segundo lugar, deberían alterarse las reglas del Banco Central Europeo para impedir que la banca comercial cuente con esos bonos como activos ultraseguros, líquidos. Y, en tercer lugar, Europa debería desechar la idea de un seguro común de depósitos, substituyéndolo por un compromiso de dejar que los bancos caigan cuando ya no cumplan las reglas colaterales del BCE.

Haber aplicado estas propuestas en 1999, pongamos por caso, podría haber limitado el chorro de capital que fue a parar a la periferia inmediatamente después de la introducción de la moneda única. Por desgracia, en 2015, considerando el legado de los miembros de la eurozona de deuda pública y pérdidas bancarias, ese plan provocaría una mayor recesión y llevaría casi con seguridad a la ruptura de la unión monetaria.

Exasperado por el hecho de que Schäuble haya dado marcha atrás en su propio plan en pro de la unión política, Macron dio recientemente rienda suelta a su frustración: “Los calvinistas quieren que los demás paguen hasta el fin de sus días”, se quejó. “Quieren reformas sin aportación alguna que vaya encaminada a la solidaridad”.

El aspecto más inquietante de las declaraciones de Renzi y Macron es la desesperanza que transmiten. Es comprensible el desafío de Renzi a unas reglas fiscales que empujan aún más a Italia a una espiral evitable de deuda y deflación; pero en ausencia de propuestas de reglas alternativas, eso no lleva a ninguna parte. La dificultad de Macron es que no parece haber un conjunto de dolorosas reformas que pueda ofrecer a Schäuble para persuadir al gobierno alemán de que acepte el grado de reciclaje del superávit necesario para estabilizar Francia y la eurozona.

Mientras tanto, el compromiso de Alemania con “reglas” que son incompatibles con la supervivencia de la eurozona, socava a esos políticos franceses e italianos que esperaban, hasta hace poco, una alianza con la mayor economía de Europa. Algunos, como Renzi, responden con actos de ciega rebelión. Otros, como Macron, están empezando a aceptar sombríamente que la actual mezcla de política y del actual marco institucional de la eurozona llevará en última instancia a una ruptura formal o a una muerte lenta y dolorosa en forma de divergencia económica continuada.

La parte buena de esta tormenta que se está formando es que las propuestas minimalistas de unión política, como el plan de Schäuble, van perdiendo terreno. Nada que esté por debajo de reformas institucionales significativas desde un punto de vista macroeconómico conseguirá estabilizar Europa. Y sólo una alianza democrática paneuropea de ciudadanos puede generar la corriente necesaria para que esas reformas arraiguen.

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