miércoles, 25 de febrero de 2015

Syriza y los acreedores: un nuevo lenguaje en Europa

Alejandro Nadal, La Jornada

En su Arte de la guerra, Sun Tzu aconseja permanecer atento al peligro y al caos mientras no tengan todavía forma. Es precisamente lo que tenía que hacer el nuevo gobierno en Atenas al abordar la primera ronda de negociaciones con los poderes establecidos de Europa, y en especial con los ministros de finanzas del eurogrupo.

Atentos al peligro antes de que tome forma, dice el clásico texto. Pero con el enemigo apuntando una pistola a la cabeza, es difícil pensar que el peligro todavía no llega. Y Syriza se encontró en una situación análoga. Era claro que lo urgente era generar un nuevo lenguaje.

El gobierno del primer ministro Alexis Tsipras tomó posesión apenas hace un mes. En las negociaciones para extender el acuerdo con la troika sólo estaba previsto o prolongar el acuerdo con las condiciones de austeridad que ya están plasmadas en el memorándum de entendimiento o rechazarlo. Esta última opción implicaría, como se sabe, precipitar una crisis bancaria que desembocaría en la salida desordenada del euro a un terrible costo. El diktat punitivo de los halcones de la austeridad es sencillo: obedecer o salirse.

Los acreedores calcularon que Syriza no estaba preparado para llevar a cabo una salida ordenada del euro. Ese cálculo es acertado. Syriza no tiene la intención de salir del euro por varias razones, pero quizás la más importante es que no fue elegido para abandonar la moneda común europea. Por eso se equivocan quienes afirman que Syriza llegó débil a las negociaciones por haber desechado de entrada la amenaza de abandonar el euro. Parece que Tsipras y sus amigos piensan, por el momento, que esa medida iría más allá de su mandato electoral.

Tsipras y Varoufakis han sido claros sobre este tema. Pero si esta primera experiencia de negociación no abre nuevos espacios a la política fiscal o no proporciona la flexibilidad que necesita Syriza, el debate interno sobre la forma de realizar una transición monetaria comenzará a considerar la salida del euro como una opción realista.

En la coyuntura actual, el proyecto de recuperar el pleno dominio de la política monetaria y cambiaria es muy importante y nadie lo ha olvidado en Atenas. Pero convertirlo en un objetivo político explícito que quizás habría que llevar a un referéndum, por ejemplo, es algo distinto. Planear esa transición, establecer las bases para concretarla (imprimir y acuñar el circulante de alto poder que debería entrar en circulación) y establecer los tiempos y secuencia para realizar la conversión de manera ordenada con el público, eso es algo que lleva tiempo. En un contexto de guerra económica, dicha planeación es equivalente a mostrar al enemigo todas las cartas. Y el enemigo no va a cooperar con Atenas si se llega a escoger esa opción, el Grexit. No hay que perder eso de vista, los acreedores que quieren someter a los pueblos de Europa harán todo lo que puedan para que abandonar el euro conlleve un costo terrible para Grecia.

Entonces, ¿cuál era el objetivo de los negociadores griegos en esta primera escaramuza?

Syriza fue elegido para salir de la austeridad y llevar a cabo las reformas que de verdad necesita la economía en Grecia para bienestar del pueblo. La lista completa de propuestas que Atenas presentó a la Unión Europea y al eurogrupo incluye algunas de estas reformas y aplaza otras. Las más importantes tienen que ver con el nivel del superávit fiscal, el esquema de privatizaciones y la mal llamada reforma laboral. Parece claro que la meta de superávit fiscal ha quedado clavada en el 1.5 por ciento. Esto sigue siendo dañino, sobre todo en el contexto de una crisis deflacionaria. Pero ya no se hace referencia a la meta de 4.5 por ciento que destacaba un aire punitivo o de vendetta en el memorando. ¿Un pequeño logro o claudicación de Siriza en esta primera ronda?

El compromiso para generar un superávit primario de 4.5 por ciento en 2016 fue adquirido por el gobierno anterior. Pero nadie, ni Bruselas, ni el FMI, ni los halcones del eurogrupo, llegó a creer que era un objetivo alcanzable. Esto dice mucho sobre la duplicidad de los poderes establecidos. Como señala Frances Coppola (www.pieria.co.uk), la gran diferencia entre la posición de Syriza y la del eurogrupo se reduce a unas cuantas palabras: prolongar el programa actual versus llegar a un nuevo acuerdo. El programa actual es un desastre, pero en lugar de reconocerlo, el eurogrupo y los halcones de la austeridad intentaron por todos los medios que el nuevo gobierno en Atenas aceptara continuarlo. En ese terreno fundamental, fracasaron.

Las negociaciones en el futuro cercano tendrán que especificar los contornos del nuevo arreglo. Claro, este tipo de acuerdos conlleva el peligro de permitir errores de cálculo, algo que puede desembocar en conflictos más intensos. Pero también abre espacios para que un nuevo lenguaje permita una deliberación constructiva, con resultados más favorables para el futuro de los pueblos de Europa, atentos todos mientras el caos todavía no adquiere forma.

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