sábado, 27 de junio de 2026

Alto el fuego, pero no un gran acuerdo entre Estados Unidos e Irán

Trump firma un Memorando de Entendimiento entre la República Islámica de Irán y los Estados Unidos de América en el Palacio de Versalles


Vijay Prashad, Counter Punch

El Memorando de Entendimiento (MdE) entre Irán y Estados Unidos no surgió de la reconciliación, sino del agotamiento y el fracaso estratégico de Estados Unidos y sus aliados. Fue el resultado de una guerra que había alcanzado sus límites políticos. Washington y Tel Aviv presentaron su guerra de agresión ilegal como una respuesta necesaria al programa nuclear iraní, su capacidad misilística y sus alianzas regionales. Sin embargo, tras este discurso de seguridad se escondía un objetivo más amplio: debilitar a Irán de forma decisiva y restaurar un orden regional centrado en el dominio indiscutible de Estados Unidos e Israel.

Durante más de dos décadas, las sucesivas administraciones estadounidenses intentaron contener a Irán mediante sanciones, aislamiento diplomático, operaciones encubiertas, guerra cibernética y asesinatos selectivos. La reciente guerra representó la expresión más intensa de esta estrategia. En Washington y Tel Aviv se partía de la premisa de que una fuerza abrumadora paralizaría la infraestructura militar de Irán, fracturaría su capacidad estatal, provocaría inestabilidad interna y, tal vez, allanaría el camino para una transformación política.

Esa expectativa no se cumplió. Irán sufrió graves daños en sus instalaciones militares, infraestructura y activos económicos. La vida civil se vio seriamente afectada. Sin embargo, el Estado iraní no colapsó. Sus estructuras de mando continuaron funcionando, sus fuerzas armadas conservaron su capacidad de represalia y su liderazgo mantuvo la suficiente cohesión para resistir el ataque. A pesar del asesinato de varios líderes clave de la República Islámica, esta se mantiene en el poder y, de hecho, su legitimidad se ha fortalecido.

Igualmente importante, Irán demostró que podía imponer costos más allá de sus fronteras. Los ataques con misiles y drones alcanzaron territorio israelí y amenazaron infraestructuras estratégicas en los estados árabes del Golfo. El conflicto provocado por Estados Unidos e Israel terminó con la interrupción de las rutas marítimas, el aumento de los costos de los seguros, la inestabilidad de los mercados energéticos y recordó a los gobiernos de todo el mundo que la inestabilidad en el Golfo no puede limitarse a la región.

A medida que la guerra continuaba, la brecha entre el poder militar y los logros políticos se hizo cada vez más evidente. Estados Unidos e Israel poseían una superioridad militar abrumadora, pero no lograron convertir la presión en el campo de batalla en resultados políticos decisivos. Irán permaneció intacto; no se produjo ningún cambio de régimen. El Eje de la Resistencia —desde Irán hasta el mar Mediterráneo— se debilitó, pero no se eliminó. La escalada continua prometía mayor destrucción, pero no una victoria estratégica. Por ello, el Memorando de Entendimiento no es un tratado de paz definitivo. Es un marco provisional diseñado para detener las hostilidades directas, reabrir los canales de negociación e impedir que el conflicto se extienda aún más.

Su primera y más inmediata disposición es el cese temporal de las operaciones militares directas. El marco establece un período de 60 días durante el cual se espera que las partes negocien los términos de una solución más duradera. Esta pausa no resuelve el conflicto subyacente, pero crea un margen para prevenir una escalada accidental y reducir el riesgo inmediato de una guerra regional de mayor envergadura.

En segundo lugar, el Memorando de Entendimiento se centra en el Estrecho de Ormuz. Este es el aspecto más significativo del acuerdo desde el punto de vista económico. Aproximadamente una quinta parte del petróleo comercializado a nivel mundial transita por este estrecho canal. Durante la guerra, las amenazas al transporte marítimo demostraron tanto la influencia geográfica de Irán como la vulnerabilidad de la economía global ante la inestabilidad en el Golfo. El Memorando de Entendimiento considera la resolución de conflictos marítimos no como una cuestión técnica, sino como un pilar fundamental de la estabilidad económica regional y global.

En tercer lugar, el acuerdo establece un proceso de negociación sobre el programa de energía nuclear de Irán. Fundamentalmente, no impone el desmantelamiento inmediato de la infraestructura nuclear iraní. En cambio, abre el diálogo sobre los niveles de enriquecimiento, los mecanismos de inspección, los acuerdos de monitoreo y el posible restablecimiento de la supervisión técnica internacional. Esto marca un cambio de la coerción a la negociación: Irán no está siendo tratado simplemente como un objetivo, sino como un Estado cuyo consentimiento es necesario para cualquier acuerdo nuclear duradero.

En cuarto lugar, el memorando de entendimiento incluye conversaciones sobre el alivio de las sanciones, las exportaciones de petróleo y la posible liberación o movilización de activos financieros iraníes. Los detalles siguen siendo objeto de debate. Pero el principio es claro: el estrangulamiento económico no produjo la rendición. Un acuerdo sostenible requerirá cierto grado de conciliación económica.

En quinto lugar, el acuerdo incluye, según se informa, mecanismos regionales de desescalada, especialmente en torno al Líbano. Esto refleja que el conflicto nunca fue exclusivamente bilateral. Las alianzas regionales de Irán, las operaciones militares de Israel, los compromisos de seguridad de Estados Unidos y el frágil equilibrio en el Líbano, Irak, Siria, Yemen y los países del Golfo están interconectados. Cualquier acuerdo que ignore esta estructura regional seguirá siendo inestable.

El aspecto más revelador del memorando de entendimiento es lo que omite. No exige un cambio de régimen, no obliga a Irán a abandonar su programa de misiles ni fuerza a Teherán a retirarse por completo de los asuntos políticos y de seguridad regionales. En resumen, el acuerdo reconoce a Irán como una potencia regional cuyos intereses deben negociarse, no simplemente aniquilarse mediante bombardeos.

El memorando de entendimiento pone de manifiesto importantes diferencias entre las prioridades estratégicas de Estados Unidos e Israel. Para Israel, la guerra representaba una oportunidad para reconfigurar el equilibrio de poder regional. Los responsables políticos israelíes consideraban desde hacía tiempo a Irán como el principal obstáculo para sus ambiciones estratégicas en Asia Occidental. El debilitamiento de Hezbolá, la fragmentación de las redes de resistencia y el aislamiento de Teherán se percibían como pasos necesarios hacia un orden regional más favorable a Israel. Estados Unidos compartía algunos de estos objetivos, pero operaba bajo limitaciones más amplias. Washington debía considerar no solo los resultados militares, sino también los mercados petroleros, el comercio mundial, los aliados del Golfo, las presiones políticas internas y el riesgo de una mayor implicación internacional. A medida que aumentaban los costes, los cálculos estadounidenses divergieron cada vez más del maximalismo israelí.

El resultado es un acuerdo que muchos en Israel probablemente consideren insuficiente. La guerra no eliminó a Irán como actor estratégico. No provocó un cambio de régimen. No destruyó la capacidad de Irán para influir en los acontecimientos más allá de sus fronteras. Y lo que es más importante, no terminó con una capitulación, sino con una negociación. Este resultado revela un problema más profundo para la estrategia israelí. La superioridad militar puede infligir un daño enorme, pero no puede, por sí sola, generar legitimidad política ni aceptación regional. Israel puede atacar objetivos en todo Oriente Medio, pero no puede determinar el futuro político de las sociedades más allá de sus fronteras únicamente mediante la fuerza. Para Estados Unidos, el memorando de entendimiento representa el reconocimiento de otra realidad: el dominio militar ya no garantiza la obediencia política. Esta lección se ha aprendido repetidamente en Irak, Afganistán, Líbano y ahora, una vez más, en relación con Irán.

Las monarquías árabes del Golfo se encuentran entre los observadores más importantes de este acuerdo. A lo largo del conflicto, los gobiernos del Golfo se vieron atrapados entre presiones contrapuestas. Siguen dependiendo de las garantías de seguridad estadounidenses y han ampliado sus relaciones, tanto abiertas como encubiertas, con Israel. Al mismo tiempo, comprenden que cualquier guerra regional con Irán pone en riesgo su propia estabilidad económica y social. La interrupción de las rutas marítimas y las amenazas a la infraestructura regional hicieron innegable esta vulnerabilidad. Los estados del Golfo poseen una inmensa riqueza, pero sus economías dependen de un comercio marítimo seguro, exportaciones energéticas estables, inversión extranjera y la confianza de los mercados globales. Una guerra prolongada pone en peligro todo esto.

La conclusión más probable para Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Omán es pragmática, más que ideológica. Continuarán colaborando con Washington. Algunos mantendrán o profundizarán sus relaciones con Israel. Pero también buscarán canales de comunicación con Teherán y evitarán convertirse en plataformas directas para la escalada del conflicto. Esta tendencia ya era visible antes de la guerra. El acercamiento entre Arabia Saudita e Irán, facilitado por China en 2023, reflejó un creciente reconocimiento de que la estabilidad regional no puede lograrse mediante una confrontación permanente. La guerra ha reforzado esta conclusión. Las monarquías del Golfo han aprendido que ni Irán ni Estados Unidos desaparecerán. Su futuro no depende de tomar partido permanentemente por uno u otro bando, sino de gestionar las contradicciones entre ellos protegiendo sus propios intereses.

Que Irán haya ganado o no depende de cómo se defina la victoria. Si la victoria significa evitar la destrucción, Irán no ganó. El país sufrió graves pérdidas económicas, daños en la infraestructura, deterioro militar y un alto costo humano. La carga de la guerra recayó pesadamente sobre los iraníes de a pie. Pero los resultados estratégicos no se miden únicamente por los daños sufridos, sino también por los objetivos políticos alcanzados o evitados.

El objetivo central de Estados Unidos e Israel no era simplemente dañar a Irán, sino debilitarlo fundamentalmente como actor regional independiente. En ese sentido, la campaña fracasó. Irán conserva su soberanía y el gobierno de la República Islámica se mantiene en el poder. Sus capacidades militares se han reducido, pero no eliminado. Su relevancia diplomática se ha fortalecido gracias a que las negociaciones ahora giran en torno a obtener el consentimiento iraní en lugar de imponer dictados extranjeros. En este sentido, Irán logró lo que muchos Estados que enfrentan una presión militar abrumadora han buscado a lo largo de la historia: la supervivencia. La supervivencia no es romántica. A menudo es costosa, brutal e incompleta. Pero en la política internacional, la supervivencia puede ser la medida más importante del éxito estratégico.

El verdadero significado de la guerra reside en otro lugar. El conflicto demostró una vez más que la destrucción no es sinónimo de poder. La fuerza militar puede arrasar infraestructuras, matar combatientes e infligir sufrimiento. Sin embargo, no siempre puede generar una transformación política. Estados Unidos e Israel poseían capacidades militares muy superiores, pero no lograron el resultado político deseado. Por lo tanto, el Memorando de Entendimiento entre Irán y Estados Unidos no es la historia de una victoria decisiva de ninguna de las partes, sino la historia de una guerra que reveló los límites de la coerción. Irán emerge maltrecho, pero en pie. Estados Unidos e Israel emergen poderosos, pero incapaces de imponer sus condiciones. Los Estados del Golfo emergen más conscientes de su vulnerabilidad. La región entra en una nueva fase en la que las negociaciones, más que las victorias en el campo de batalla, determinarán el próximo capítulo de la política de Asia Occidental. Ese es el significado político más profundo del Memorando de Entendimiento: el poder militar puede destruir, pero no siempre puede gobernar.

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