El peor error es subestimar la capacidad del neoliberalismo para penetrar las almas. Pero también es un error sobreestimar su fuerza. El neoliberalismo ha dado lugar hoy a un régimen de guerra permanente. Una versión autoritaria y de seguridad: evidentemente controvertida y discutible
Laura Bazzicalupo, Sinistra in Rete
¿Qué significa liberalismo totalitario? ¡Parece una paradoja! Y pretendemos disolverla: porque en el liberalismo la vocación totalitaria está implícita y en el neoliberalismo se construye conscientemente desde el principio.
¿Por qué hablamos de totalitarismo?
Decimos que una política es totalitaria cuando penetra más allá de la institución política en toda la vida social. Cuando lo suma en una sola forma de vida, excluyendo cualquiera límite y cualquiera alternativa. El liberalismo es una criatura esquiva y ambigua.
Aprovecha un logro básico de la cultura política moderna: la libertad. Pero la curva hacia una interpretación desigual e individualista: en marcado contraste con la lógica democrática de igualdad y solidaridad, el “egaliberté”. Yo añadiría que si bien la democracia es explícitamente política (ya que la igualdad debe serlo construido políticamente), se supone que la libertad de la narrativa liberal es natural y oculta lo que siempre ha sido su objetivo político. Como todas las ideologías, apoya un proyecto político y lo oculta, despolitizándolo.
Su proyecto político preciso y constante es liberar a la economía (capitalista) de cualquier contrapeso: intervención soberana, reivindicaciones obreras, intereses organizados, restricciones democráticas, luchas sindicales o personas que quieran otro tipo de vida. Eliminar los obstáculos a las operaciones de capital y liberarlas de conflictos. Y liberarse del conflicto es precisamente totalitarismo.
Añadamos inmediatamente que los demás objetivos de la doctrina son subordinados: por ejemplo, el libre comercio se deja de lado en circunstancias en que se vuelve desfavorable. El Estado mínimo: es mínimo en las políticas de bienestar, pero fuerte, muy fuerte, en la imposición de la lógica del mercado y del orden social.
Dije que es una lógica y un proyecto diferente a la democracia. Y, de hecho, su muy exaltado matrimonio –la democracia liberal, el lugar de desembarco de la civilización occidental– es un largo compromiso de conveniencia. Mediado por la ley, que en los tiempos modernos marca límites, y a través de la separación de lo público y lo privado: mantiene unido de manera contingente y precaria, el marco constitucional igualitario y solidario con el amplio espacio del sector privado con sus desigualdades de facto: económicas y familiares. Compromiso que se rompe cuando el Estado interviene en la economía, impulsando el consenso o los derechos sociales. Más allá del proyecto liberal.
Ordoliberalismo: el mercado como soberano
La primera señal del contraataque es el ordoliberalismo de la escuela de Friburgo con sus diversas conferencias. Son los años 30 y la crisis económica y política es muy grave. Y el liberalismo estaba perdiendo ante los totalitarismos políticos ganadores. No volvería tan atrás si no fuera por el hecho de que es entonces cuando comienza esa reestructuración del paradigma y la estrategia liberal que es el neoliberalismo, el nuevo liberalismo de Euchen, Ropke, Rustow, Hayek.
Llama la atención que sea la institución del Estado la que ocupe un papel clave. Demostrando así –detrás de la pantalla y la vulgaridad de la despolitización– cuán francamente político es el proyecto neoliberal. El Estado es decisivo en el marco de su total funcionalidad para el mercado. Abandonar el principio tradicional del liberalismo de Manchester de una política que ‘se abstiene’ requiere una intervención política ‘artificial’, trascendente a la inmanencia del entrelazamiento contingente y espontáneo de lo social, porque libera la competencia y el individualismo radical No son «naturales» pero continuamente distorsionados.
Si el verdadero gobernante democrático «es el mercado, dice Ropke, éste toma la intervención política constituyente que «constitucionaliza» sus principios regulatorios: la ley de hierro de la competencia y la primacía del derecho privado y desarticula todo lo que obstaculiza la economía de mercado capitalista. Como dirá Foucault «quieren un Estado bajo vigilancia del mercado en lugar de un mercado bajo vigilancia estatal».
¡El parlamentarismo débil contrasta con un Estado fuerte (no muy diferente de la propuesta de Schmitt) y el intervencionismo liberal! Un ejecutivo fortalecido, capaz de gobernar para el mercado y al mismo tiempo controlar lo social vaciando o reprimiendo el conflicto.
Perdón por esta digresión sobre el proyecto de hace cien años, pero es la columna vertebral de la teoría y sirve para reiterar que el neoliberalismo es un proyecto político consciente y conceptualmente equipado. Yo añadiría: no hay necesidad de que el Estado sea visiblemente autoritario. Un ejecutivo fuerte puede ser, y lo ha sido durante mucho tiempo, burocracia y tecnocracia.
No es casualidad que éstas sean las claves de la constitución posrepresentativa y económica de la Unión Europea. Un gobierno ordoliberal y tecnocrático que pretende ser liberal-democrático, pero tiene alma ‘autoritaria’ porque elimina de la disputabilidad política y del choque entre visiones alternativas las prerrogativas de toma de decisiones que se confieren a agencias técnicas, supuestamente neutrales, que identifican soluciones ‘eficientes’.
La revolución neoliberal
Sea como fuere, ese proyecto neoliberal tardó tiempo en consolidarse. El neuer liberalismo entonces tiene pocos prosélitos. Él es un perdedor. Sabemos cómo fue. Después de treinta años de pacto de bienestar social, estalla la gran crisis del petróleo: marca el fin de los acuerdos de Bretton Woods, la desvinculación del dólar de la convertibilidad y de la moneda del Estado. Es el fin de la programación fiscal indispensable para el compromiso bienestarista.
Estos son los años que sientan las bases de la gran revolución neoliberal. Está el impulso antiautoritario del 68, el rechazo de delegaciones, la presión de los movimientos sociales que exigían derechos subjetivos, que el economicismo social democrático había subestimado, y todo esto se injerta en el cambio hacia lo terciario e inmaterial del capitalismo posfordista, que sabe capturar y poner en valor en el mercado la productividad social difundida y enormemente incrementada por las innovaciones tecnológicas digitales.
El neoliberalismo pretende apoyar ideológicamente este giro y actualiza su narrativa. Opera estratégicamente en un doble frente: el de las instituciones, reprogramando y fortaleciendo al ejecutivo en un sentido burocrático-tecnocrático, eludiendo el marco judicial y soberano moderno y el del frente social a través de una verdadera ingeniería de lo social y la producción de subjetividades, un verdadero paso hacia el liberalismo totalitario.
Es este doble movimiento el que hace que el proyecto sea totalitario. ¿Recuerdas el informe de Crozier, Huntington y Watanuki al Trilateral? La grave crisis del capitalismo se interpreta como la crisis de «gobernabilidad» de las democracias occidentales. Aportes para reorganizar el poder estatal en gobernanza multinivel y lanzar el programa contrahegemónico neoliberal a escala global. La culpa de la crisis de los ‘70 años recae en el sistema que buscaba un compromiso entre capital y trabajo y ahora es incapaz de gestionar la sobrecarga de esperas, que no puede compensarse fiscalmente. Las demandas laborales y sociales hacen que la democracia sea ingobernable. ¿Y qué?
El Estado debe estar exento del exceso de reclamaciones: por lo tanto, austeridad y recortes en el gasto social; y debemos absorber el trabajo que sale de las fábricas hacia la valorización capitalista. En lo que se refiere al Estado, se retoma el proyecto de los años 30: el ejecutivo aquí representado por la burocracia y la tecnocracia (sin pasar por el parlamento, lo que todavía es arriesgado) tecnifica y por tanto desresponsabiliza las decisiones. Como se esperaba, la economía de mercado se constitucionaliza, lo que se convierte en la prueba de la democracia; y el derecho privado prevalece sobre los derechos públicos y sociales. Cuando es necesario, como en Chile, el ejercicio del poder se curva en un sentido autoritario.
La economía es el medio, el objetivo son las almas Pero el movimiento decisivo que marca la contrarrevolución hegemónica del neoliberalismo es el trabajo consciente de producir subjetividades apropiadas al sistema. Aquí está la famosa cita de Margaret Thatcher, en una entrevista con Sunday:
La economía es el medio, el objetivo son las almas, las almas.Una medida sin precedentes por parte de una élite económica (el pedagogismo de las masas era típico de la izquierda): apuntar a educar a la gente, instar a su autoempoderamiento, demoler sus agregaciones defensivas. Como dije, en esto, la ola antiautoritaria y libertaria (hostil a la dependencia salarial, a la grisura de la vida planificada desde la cuna hasta la tumba) es decisiva en la afirmación de la narrativa neoliberal.
Se añade una gran acción propagandística-pedagógica. Es un trucha fundamental. Si no cambias las almas, la revolución (o contrarrevolución) no gana. Sería una buena idea recordar eso. Realistas sí, pero la clave de la realidad sigue siendo lo que la gente cree que es verdad, apropiado.
La idea neoliberal es impulsar el sentido común para adoptar en todas las esferas de la existencia la lógica económica de la eficiencia, de la optimización desde una perspectiva resolución de problemas: en beneficio de uno. Parece razonable.
El atractivo ambiguo del proyecto depende de que, a diferencia de la disciplina y la estandarización fordistas, aquí se mueve desde el reconocimiento de la libertad/poder de los vivos, su estimulación es l’empoderamiento entendiendo su ‘libertad’ como potencial productivo personal, medido luego en la competencia que se extiende desde el mercado en todas las formas de vida. La nueva ‘norma’ moral, sobre la que se reconstruye la vida social, es triunfar, prevalecer, ganar.
Las características de la economía capitalista –competencia, mercado, empresa privada, crédito, inversión– se convierten en coordenadas de todo discurso y plan de vida. Y desembocan en una racionalidad, una lógica de gobierno que trasciende el ámbito estrictamente económico y organiza toda la vida. Por tanto, totalizan lo social. El proyecto antropológico neoliberal hace de la eficiencia económica del comportamiento el único criterio para medir cada evento existencialmente relevante. Promueve una forma de vida competitiva y performática, frágil y flexible, donde la mayor virtud es la resiliencia: prospectada en manuales de negocios como en know-how de vivir bien.
Corporatización de lo social significa precisamente regular las prácticas sociales y las subjetivizaciones con las mismas reglas que se aplican en una empresa: la forma empresarial se convierte en la principal institución educativa de la sociedad neoliberal.
Todo en nombre de la libertad y la libre competencia. Sin embargo, sigue la evaluación omnipresente: basada, se dice, en el mérito, aparentemente acéfalo, objetivo –como es precisamente el del mercado– que surge de la intersección de las decisiones de todos y de nadie en particular.
En efecto, un dominio feroz sin un maestro visible, que obliga a las vidas a la flexibilidad, la adaptación y la precarización, con el espectro de un momento, inevitable, en el que el poder falla y pierde en la competencia y uno se ve empujado de nuevo a los márgenes del mercado. ¡Pobre pecador!
¿Es una distorsión de la autonomía/libertad tradicional del sujeto moderno? Sí, pero siempre ha estado implícito, desde el principio. El liberalismo clásico también se basaba en la desigualdad como matriz de riqueza social, que se desbordaría hacia abajo.
Es irónico entonces que esto «homo oeconomicus»: competitivo, rendimiento, responsable de su propio «fracaso», solo, coexiste con su propio suplemento moral llevado a cabo por la dirección política del proyecto: la defensa de la familia «natural», que con el tradicionalismo religioso sirve para calentar corazones congelados, pero debajo también está la red de seguridad que reemplaza a la Bienestar.
Desde Thatcher hasta los neoconservadores estadounidenses de ayer y de hoy, pasando por el conservadurismo de la derecha local. El efecto –previsto– es que el vínculo social se desarticula completamente en individuos «libres» y competidores y se pierde la capacidad de agregación defensiva o antagónica. ¡Sin conflictos!
El objetivo parece haberse logrado: proteger el mercado de la democracia, aliviar las expectativas sociales, la tecnocracia y la privatización de las agencias públicas de salud y educación; mientras que las famosas diferencias, reivindicadas en 1968 (género, raza, etc.), sirven para crear jerarquías en el mercado laboral.
¿Crisis de legitimación?
Creo que el peor error es subestimar la capacidad que tuvo el proyecto neoliberal para penetrar las almas y revolucionar los procesos de subjetivación; pero también es un error sobreestimar el éxito de la operación. El autoempoderamiento, la libertad misma, cambia de significado cuando se suma a la individualización competitiva o a demandas cooperativas y de apoyo que pueden encontrar nuevas formas de afirmación.
Aprovechar la ambivalencia es otra cosa muy distinta a la trágica rendición de la izquierda (o pseudo-tal) a la historia del ganador. Su rendición es directamente responsable de la transformación de la hegemonía neoliberal en un verdadero totalitarismo social: sin obstáculos ni ambivalencia. Sin conflicto y sin alternativa. TINA Así que los líderes de la oposición, al estilo Tronti, se vuelven pesimistas, por no decir desesperados.
Por supuesto, hay que añadir que la dimensión global de esa historia contribuyó a la presión totalitaria del paradigma. Después de la caída del Muro de Berlín, elevado a mito fundacional de la orden global liberal legal como el único orden correcto progresivo y el único objetivo legítimo, cualquiera que estuviera en contra o fuera reacio, era un criminal, un terrorista, un sinvergüenza o que aún no conocía el único camino hacia el bienestar: el neoliberalismo protegido por el derecho internacional y su garante policial, Estados Unidos: el hegemón benévolo.
La retórica no es política sino moral. Por lo tanto, no permite transacciones ni compromisos. El totalitarismo tiene una lógica binaria. Pero los hechos son diferentes. La pretensión delirante de totalización mundial bajo la égida neoliberal se rompe cuando, dentro de sí misma, la opción por el régimen de libre comercio (mantra tanto del liberalismo manchesteriano como del ordoliberal) se vuelve desventajosa para el capital occidental, cuyo objetivo verdaderamente constante es –como nos habían advertido los historiadores del sistema Braudel, Wallerstein o Arrighi– la acumulación: ganancias y eso es todo. Si estás en el mercado en una posición de clara prevalencia, el libre comercio está bien y competidores Los menores deben negociar sus espacios. Es un poco’ como en el contrato libre entre particulares. Y esto ciertamente no es una coincidencia.
Cuando la crisis muerde y uno de los competidores, inesperadamente, socava la hegemonía de facto en el mercado, entonces es mejor abandonar el libre comercio y adoptar la solución que es el sueño de cualquier capitalista: actuar como monopolio o dividir el mercado entre monopolios. Lo que por supuesto revive la simbiosis con un Estado fuerte no sólo administrativo sino también militar y la perspectiva imperial/imperialista.
El alma autoritaria y de seguridad del neoliberalismo
Estamos en hoy. Cuando el neoliberalismo –en la crisis del control social y del control del mercado, después de la enorme crisis financiera y luego de la pandemia– saca a relucir el alma autoritaria y securitista, que en verdad le ha sido inherente desde el principio.
Los personajes anteriores están reforzados:
- No sólo se constitucionaliza el mercado, sino incluso la austeridad (en Europa el «pacto fiscal» y las rígidas restricciones presupuestarias para los estados) a través de regulaciones «técnicas» que excluyen la discusión, la ley se traduce en «mejores prácticas»; las instituciones, formalmente democráticas, se vacían desde dentro.
- La deuda, en sus distintos niveles (desde los presupuestos nacionales hasta los presupuestos familiares e individuales), se convierte en la palanca de mecanismos de gobernanza obligatorios e incuestionables.
- el enemigo que Antes Era bienestar y, a nivel monetario, keynesianismo, Ahora, cuando los costos sociales aumentan y nada se desborda de la riqueza de unos pocos, se convierten en perdedores o movimientos sociales que protestan y politizan la protesta. Por lo tanto, una vez demolido el bienestar, los suburbios de las grandes metrópolis se desestructuran, donde los marginados son tratados exclusivamente en términos de seguridad. Es el neoliberalismo criminal el que gobierna la marginalidad, la pobreza o la inmigración simplemente confinando a la población a espacios urbanos degradados o almacenándola en prisión.
- finalmente, empuja la precariedad del trabajo, ya implícita en el mantra de flexibilidad y resiliencia, que se convierte en absoluta fragilidad de las trayectorias laborales, sin ninguna protección legal.
El régimen de guerra
¿Qué significa un régimen de guerra para un neoliberalismo que pierde terreno como religión planetaria internalizada y voluntaria? ¿Y qué significa para su referente, el capital?
Significa economía y sociedades militarizadas: gasto público, ampliación de las restricciones presupuestarias más allá de los estrechos límites de la austeridad en favor del complejo militar-industrial y difusión de una retórica moralista y autoritaria. Esto es bueno para el capital, obviamente. Pero también es un buen augurio para su ideología neoliberal, cada vez más neocons y menos avispa, que podemos lograr la extinción del conflicto social (que es su objetivo constante) evadiendo total y legítimamente las demandas democráticas.
En un régimen de guerra, se puede atacar al enemigo interno, controlar y vigilar a la población (hablamos del acceso de los servicios secretos a escuelas y universidades), reprimir la disidencia social y silenciar a la oposición parlamentaria (que, Dios sabe, tiene poco que decir). Obviamente, por tanto, no hay ningún intento de abandonar el régimen de guerra. Tú lo montas.
Con dos minutos más, quisiera coordinar este pliegue autoritario, que resuelve por la fuerza la aspiración integral del neoliberalismo, de la exclusión del conflicto, coordinarlo con su forma mentis intrínseco.
La ansiedad y la inseguridad son endémicas en una dessocialización atomística y competitiva. Como dice Foucault: la máxima del liberalismo es vivir peligrosamente. Ambiguamente.
Por un lado, es la voluntad del empresario de arriesgar, ante el dinamismo desestabilizador del capitalista, por otro, es la peligrosidad de una sociedad desestabilizada y expropiada, bajo la apariencia de una forma igualitaria. Si todos son libres –de poder ser mano de obra mercantil o de ser empresarios que compiten entre sí–, esta libertad puede producir desorden; puede, para los ricos, amenazar la propiedad y la acumulación. Esto no tiene por qué pasar para tener miedo. Miedo que siempre ha acompañado al orden desigualitario capitalista y liberal: miedo a perder todo lo que ha ganado, asediado por la clase antagónica, por el desorden social de los pobres, vagabundos, ladrones, pero también por el contagio de las enfermedades que transmiten y por las guerras libradas por locos, terroristas, bárbaros y asesinos
Por otro lado, en los pobres y los perdedores el miedo en una sociedad sin protección social y sin solidaridad es inevitable. Por tanto, el miedo subyace estructuralmente a la forma de vida liberal. Es un encuadre, que –a pesar del énfasis en mejorar y optimizar vidas– enmarcan las relaciones políticas y sociales en términos de peligrosidad-seguridad.
No hay liberalismo sin una cultura del peligro, sin aparatos de seguridad y, por tanto, sin la amenaza o la práctica de la guerra. La guerra no es más que la máxima emoción y salida.

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