Los archivos de Jeffrey Epstein dan cuenta del vínculo entre capitalismo y patriarcado. Les corresponde a los hombres desmantelar todo el aparato simbólico de esta forma de opresión
Epstein y Maxwell fueron fotografiados conversando con Clinton después de que el presidente hiciera declaraciones en un evento para donantes del proyecto de restauración de la Casa Blanca.
(Vía Wikimedia Commons)
Salvatore Cannavò, Jacobin
No hay fotografía más nítida para devolver el vínculo entre capitalismo y patriarcado, en su expresión más abominable, que las imágenes provenientes de los archivos de Jeffrey Epstein. Pocos pusieron el foco en el grado de complacencia sexual, de desvergonzada exhibición del poder masculino, blanco, sobre el cuerpo de las mujeres, ejercido no por hombres cualquiera, sino por una élite mundial superseleccionada. Un cónclave de hombres poderosos, capaces de gobernar y condicionar, en el plano político, económico, cultural y del imaginario, las vidas de miles de millones de personas, que se reunió unido y compacto en la humillación de las mujeres y que se sintió aún más cohesionado precisamente en virtud de ese acto colectivo.
Los archivos Epstein incluyen todo lo que las fiscalías acumularon sobre el indecente magnate desde 2005, cuando Epstein fue investigado por denuncias de abusos a menores en Florida. Desde noviembre pasado, además, se publicaron cerca de tres millones de páginas de documentos. No se trata solo de información relativa al tráfico sexual, sino que también hay documentos financieros de sus clientes, intercambios de correos electrónicos y mensajes de texto personales, videos y fotos. El entrelazamiento entre poder y violencia sexual no podría ser más explícito. Elon Musk, que luego intentó desmentir estas afirmaciones, en 2012 le pregunta a Epstein «¿en qué día/noche será la fiesta más descontrolada en tu isla?», en referencia a la isla privada del magnate en las Islas Vírgenes.
En otros apuntes de Epstein dirigidos a Bill Gates, el fundador de Microsoft, se sostiene que Gates habría tenido relaciones extramatrimoniales con «chicas rusas» y habría contraído una enfermedad de transmisión sexual, pidiéndole ayuda a Epstein para obtener antibióticos que pudiera tomar a escondidas de Melinda, su esposa. En un correo electrónico del 18 de julio de 2013, Epstein escribe: «Para añadir la burla al daño, luego, con lágrimas en los ojos, me suplicás que borre los correos sobre tu enfermedad de transmisión sexual, sobre tu pedido de que yo te provea antibióticos que podés darle a escondidas a Melinda y sobre la descripción de tu pene».
El nombre de Richard Branson, el jefe de Virgin, aparece cientos de veces y, en un intercambio de 2013, Epstein le agradece su reciente hospitalidad, mientras Branson responde que fue «realmente un placer» verlo, y agrega: «Cada vez que estés por la zona me encantaría verte. ¡Con tal de que traigas tu harén!». (Virgin luego aclaró que por harén se entendía a tres miembros adultos del equipo de Epstein, una precisión bastante inverosímil).
Steve Tisch, copropietario del equipo de fútbol americano New York Giants, pregunta si una mujer que conoció en la casa de Epstein era «una profesional o una civil», y Epstein, en otros intercambios, dice tener para él «un regalo» y describe a la mujer que le presentaría a Tisch como «una tahitiana que habla sobre todo francés, exótica».
Los archivos se publicaron de manera desordenada y confusa y no se protegió siquiera a las víctimas, muchas de las cuales terminaron en la web con rostros, direcciones de correo electrónico e incluso cuentas bancarias. Pero, en cualquier caso, en la mayoría de los textos se revela el muestrario más retrógrado y humillante cuando se trata de mujeres: harenes, exóticas, prostitutas; una descripción que no aflora demasiado en las crónicas de estos días, más orientadas a destacar la lista de poderosos o personajes conocidos que a subrayar el trato masculino hacia las mujeres. Y no es casual que sea una mujer, Melinda Gates, quien le pide al exmarido Bill que «responda por su comportamiento», agregando que «ninguna chica debería ser puesta jamás en esas situaciones».
La imagen que, entre las conocidas hasta ahora, mejor describe la condición de supremacía masculina y de humillación sexista es probablemente la del príncipe inglés Andrew, agazapado sobre una mujer tendida en el suelo, casi como una fiera a punto de abalanzarse sobre su víctima.
Una historia de poder masculino, y de poder sexual entrelazado con el económico, financiero, político y cultural. Desde este punto de vista, si se miran los hechos y los archivos a través de ese lente, no sorprende el nutrido elenco de hombres conocidos o autoproclamados progresistas. El ya mencionado Bill Gates, Bill Clinton, el blairista Peter Mandelson —punta de lanza de la campaña de deslegitimación contra Jeremy Corbyn, acusado de un presunto y inexistente antisemitismo—, el mentor de la izquierda radical Noam Chomsky (por ahora presente en los archivos solo con intercambios epistolares), Woody Allen y el exministro de Cultura francés Jack Lang. Todos amigos de Epstein al igual que Donald Trump y Elon Musk, unidos por una sola identidad: ser hombres. Todos en fila para rendirle homenaje a Epstein, al margen de las convicciones y valores exhibidos en su discurso público y aquí, en cambio, sometidos a las violencias sexuales con una voracidad bien captada por The New York Times: «Demuestra cómo funciona la sociedad de élite en todo el mundo. Revela cómo el dinero, independientemente de cómo se gane, atrae la atención de las personas, lo que a su vez trae más dinero y más atención, y genera esta vasta red de conexiones, incluso para alguien como Epstein. Así, la gente vio reunidas a personas poderosas a su alrededor y quiso formar parte». People follow the money, podría decirse, y no se detiene ni siquiera ante un abusador sexual. Todo esto, continúa The New York Times, «es revelador de cómo algunas personas de la sociedad de élite consideraban a las mujeres. Había un fuerte componente de clase en todo esto. Muchas chicas provenían de familias desintegradas y de contextos pobres. Algunas habían sufrido abusos en la familia. Y eran vistas, básicamente, como objetos; si no para usar sexualmente, al menos para tener alrededor, casi como muebles. Eran vistas como personas descartables».
Harén, tapicería, mobiliario, personas para usar y tirar. Parece una película de terror, una historia de abusos excepcionales, y obviamente lo es. Pero por el tipo de personas involucradas, por el papel de cantores del sistema dominante —occidental en este caso, que tendrá sus equivalentes en cualquier régimen político— desempeñado por los protagonistas, esa historia se vuelve símbolo de una jerarquía patriarcal bien conocida y denunciada activamente por los movimientos feministas, que el mundo masculino, en cambio, sigue ignorando y esquivando. En el harén de Epstein se escenificó un imaginario que, no por casualidad, fue señalado indirectamente (o quizá de manera más consciente de lo que se cree) por el MeToo estadounidense, dirigido precisamente contra una gestión patriarcal, violenta y propietaria del cuerpo de las mujeres por parte de una élite de hombres blancos y poderosos. Ese movimiento luego fue banalizado y olvidado, pero permaneció en la conciencia de muchas y no será reversible. Denunciar el acoso sexual en el trabajo creció en intensidad después del movimiento en Estados Unidos; así lo señala al menos una nota de la Bocconi de Milán, con aumentos de denuncias que en algunos casos llegaron al 50 por ciento.
Los archivos de Epstein parecen no perturbar demasiado a la generación masculina que sigue aferrada a un imaginario consolidado e interiorizado hasta volverlo banal. Ciertamente, en gran parte de los comentarios políticos y periodísticos hechos por hombres no falta el repudio, pero a menudo queda eclipsado por la indignación ante la filiación política de los abusadores: los progresistas en busca de culpas de Trump y las derechas listas para replicar con la presencia de los Clinton. Pero el nudo central del caso, la expresión de la relación entre hombres poderosos, patriarcales y ricos, y las mujeres, queda en segundo plano. Y, sin embargo, se trata justamente de desestructurar imaginarios y formas de dominio, esquemas consolidados, relaciones enquistadas incluso con su grado de violencia y humillación. Que desbordan el jet set montado por Epstein, pueblan nuestro imaginario y el caldo turbio en el que crecimos como hombres. Y que a menudo no rechazamos, y menos aún desmantelamos.
Además de rechazar de raíz toda forma de violencia, es necesario desmontar estereotipos, invertir jerarquías léxicas y formas de dominio, incluso las impalpables (sobre todo esas). Porque son las que todavía nos habitan. La historia de liberación y emancipación de las mujeres debe ser escrita por las mujeres, pero también es cierto que una historia de opresión y humillación interpela al sujeto activo del dominio. Y si no se le puede pedir al capitalismo que deje de explotar el trabajo, porque entonces dejaría de existir, sí se les puede exigir a los hombres que desmantelen todo el aparato simbólico ligado al patriarcado y a la opresión. Porque los hombres no dejarían de existir, solo sería mejores y podrían construir relaciones nuevas: solidarias, igualitarias, fundamentalmente inéditas y liberadoras para todos. No hay nada más opresivo y constrictivo, en el fondo, que el patrón de virilidad inculcado desde la juventud, que convierte la exhibición de sí y la competencia infinita en un deber absoluto. Y no hay nada más liberador que deshacerse de él.
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Ver también:
- La depravación de la cúpula global
Andrea Zhok. 11/02/2026 - Las cinco tesis de la "conspiración" confirmadas por los archivos de Epstein
Ricardo Paccosi. 11/02/2026 - La élite criminal expuesta en los archivos de Epstein está enterrando la verdad
Jonathan Cook. 11/02/2026 - El lento terremoto de Epstein: la ruptura entre el pueblo y las élites
Alastair Crooke. 9/02/2026 - Epstein, la decadencia occidental y el colapso moral de las élites
Lucas Leiroz. 4/02/2026 - Trump, Epstein y el Estado profundo
Chris Hedges. 20/07/2025

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