viernes, 6 de febrero de 2026

El imperialismo estadounidense frente a la Revolución Cubana

El imperialismo resulta impotente para erradicar la idea de revolución cuando esta se ha convertido en conciencia colectiva y en praxis histórica indeleble

Tannous Shalhoub, Al Mayadeen

No es posible abordar la política estadounidense hacia Cuba al margen del análisis del imperialismo en tanto fase superior del desarrollo del capitalismo, en el cual el Estado nacional deja de ser un mero actor político para convertirse en un instrumento orgánico al servicio de la reproducción de la hegemonía de clase a escala planetaria.

El bloqueo impuesto a Cuba desde hace más de seis décadas constituye una práctica paradigmática de la lógica imperialista, destinada a castigar cualquier intento de ruptura con las relaciones de dependencia inscritas en el sistema capitalista global.

La Revolución Cubana representó un momento de quiebre radical con el patrón de acumulación dependiente, pues no se limitó a transformar el poder político, sino que afectó la propia estructura económica mediante la expropiación de las grandes propiedades, la disociación relativa del mercado estadounidense y la reorientación de la plusvalía hacia la satisfacción de necesidades sociales internas.

Desde entonces, Cuba se erigió como una "anomalía" dentro de la racionalidad imperialista, no por su envergadura territorial o su potencia militar, sino por su densa significación en términos de clase y soberanía.

En este marco, el bloqueo económico cumple una función dual: por un lado, opera como instrumento directo para agotar los recursos y asfixiar los procesos de reproducción social; por otro, funciona como mecanismo disuasorio dirigido al conjunto de actores del sistema-mundo, cuyo mensaje implícito es que cualquier desvío de las relaciones de dependencia será respondido con un castigo prolongado en el tiempo.

Así, la Revolución Cubana es blanco de este asedio precisamente por encarnar una experiencia histórica que, dentro de sus límites concretos, aspira a subvertir la lógica del mercado capitalista globalizado.

Las justificaciones recurrentes esgrimidas por Estados Unidos, desde el “peligro comunista” hasta la “democracia”, los “derechos humanos” y la “seguridad nacional”, desnudan el carácter puramente ideológico de dicho discurso.

No son sino diversas manifestaciones de una falsa conciencia destinada a velar la verdadera naturaleza del conflicto: una pugna entre un centro imperialista empeñado en imponer las condiciones de la acumulación capitalista y una antigua periferia dependiente que defiende tenazmente su soberanía económica y política.

Las sanciones secundarias impuestas a los Estados y empresas que mantienen vínculos comerciales con Cuba constituyen una expresión avanzada de la violencia imperialista en su fase tardía.

El imperialismo ya no se conforma con someter directamente a las periferias subordinadas, sino que aspira a regir el conjunto de las relaciones económicas internacionales, valiéndose de su hegemonía sobre el sistema financiero global para convertir el comercio, la energía y la moneda en instrumentos de coerción política.

En este punto se revela con nitidez que lo que se denomina “orden internacional basado en reglas” no es sino un régimen fundado en el desequilibrio estructural del poder de clase entre el centro y las periferias.

Y sin embargo, la capacidad de Cuba para preservar, pese al bloqueo, el hambre inducida y las presiones múltiples, un mínimo irreductible de independencia política y cohesión social, pone de manifiesto las limitaciones intrínsecas del poder imperialista.

Pues si bien este es capaz de empobrecer y destruir, se muestra incapaz de reproducir legitimidad o de articular un modelo social alternativo que merezca la adhesión de los pueblos.

De este modo, el bloqueo se transfigura: de herramienta de dominación deviene testimonio elocuente de un atolladero estructural inherente al sistema capitalista mundial.

En síntesis, el bloqueo contra Cuba no representa una mera política hostil, sino una práctica de clase rigurosamente organizada, cuyo propósito es reintegrar a una nación pequeña en la órbita de la dependencia.

No obstante, el fracaso persistente de tal designio ratifica una verdad fundamental: por muy vasta que sea su capacidad para ejercer violencia, el imperialismo resulta impotente para erradicar la idea de revolución cuando esta se ha convertido en conciencia colectiva y en praxis histórica indeleble.


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