El ataque a Venezuela señala una nueva fase del poder estadounidense en América Latina, definida por la coerción, la intimidación y la intervención sin límites.
Branko Marcetic, Jacobin
Toda esperanza de que Donald Trump fuera un presidente «antibélico» se evaporó casi tan pronto como ganó la elección de 2024, cuando llenó su administración de una camarilla de belicistas. Después de un año en el que Trump respaldó la guerra de Israel contra Irán, se dedicó a volar embarcaciones en aguas internacionales y, ahora, atacó a Venezuela y secuestró a su líder, esa esperanza salió despedida por un acantilado y se estrelló contra las rocas del fondo.
No hace falta decir que la operación de cambio de régimen que lleva adelante Trump en Venezuela es brutal, peligrosa y descaradamente ilegal, aunque obviamente es todo eso y más. Es ilegal en múltiples niveles: una violación clara del derecho internacional, por supuesto, pero también el último ejemplo de Trump limpiándose los zapatos, con total desparpajo, en la Constitución de Estados Unidos. Pese a lo que afirma el vicepresidente J. D. Vance, no existe ningún resquicio legal que invalide mágicamente la Cláusula de Poderes de Guerra de ese texto en el caso de que el Departamento de Justicia impute a un líder extranjero.
Esas acusaciones por narcotráfico, dicho sea de paso, no tienen nada que ver con lo que Trump acaba de hacer, aunque sin duda vamos a oír hablar de ellas sin parar en las próximas semanas. Como señalaron largamente diversos analistas, Venezuela casi no tiene relación con el flujo de cocaína hacia Estados Unidos. Y Trump se esforzó de manera casi cómica por socavar su propio argumento, al indultar hace apenas unas semanas a un expresidente latinoamericano condenado por narcotráfico y al divagar públicamente sobre cuánto le gustaría meter mano en las reservas petroleras de Caracas. Ahora prácticamente se relame ante el festín que, según él, van a darse «nuestras muy grandes empresas petroleras estadounidenses» cuando se «involucren muy fuertemente» en la industria petrolera venezolana.
Pero no se trata solo de petróleo. Como Trump dejó claro hoy mismo, el ataque a Venezuela es el cumplimiento de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de su administración, que fijó como máxima prioridad la reactivación de la Doctrina Monroe, la «Doctrina Don-Roe», en palabras del propio presidente, para «restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental», sacar a China de América Latina y garantizar que los gobiernos de izquierda de la región sean reemplazados por otros alineados con Trump. A las pocas horas de derrocar al presidente venezolano, Trump ya amenazaba a Colombia, Cuba y México con un ataque similar.
Dios sabrá qué puede venir después. Hubo un tiempo en que Trump ganó la nominación republicana atacando a George W. Bush por guerras de cambio de régimen estúpidas que terminaron explotándole en la cara de los estadounidenses. Ahora no solo trasladó esas guerras a la puerta de casa, sino que además supera a Bush en declaraciones prematuras de «misión cumplida», maravillándose ante «la velocidad y la violencia» de una operación que él mismo comparó, boquiabierto, con un programa de televisión montado para su entretenimiento personal.
Sin embargo, no tenemos idea de qué viene después, ni en Venezuela —pregúntenle a Barack Obama y a Libia cómo suelen terminar los vacíos de poder— ni en el resto del mundo. Vladimir Putin justificó repetidas veces su propia guerra abominable en Ucrania y otras intervenciones señalando las intervenciones lideradas por Estados Unidos. ¿Cómo va a ser tomado por otros políticos sin escrúpulos, en las próximas décadas, el precedente de Trump, según el cual un país lo suficientemente poderoso puede bombardear a sus vecinos con ligereza y secuestrar a sus líderes?
Mientras tanto, Trump ya estableció un récord de velocidad terrestre en materia de mission creep [jerga militar para una operación que arranca con un objetivo acotado, pero que empieza a expandirse en alcance, duración y ambición]. Pese a que el presidente y sus acólitos afirmaban en la previa que adoptarían en Venezuela un enfoque de «romper y salir», Trump ya está diciendo que Estados Unidos ahora va a «dirigir el país», que podría desplegar tropas sobre el terreno y que «no queremos que otra persona asuma el poder y después se repita la misma situación».
Eso puede no resultar tan sencillo en un polvorín político como Venezuela, donde los propios juegos de guerra de Estados Unidos preveían una explosión de violencia y «caos durante un período prolongado», que, de concretarse, va a turboalimentar la misma migración masiva cuyo combate Trump convirtió en el eje de su presidencia. De hecho, el mandatario no descartó administrar el país durante años si hiciera falta, con la única salvedad de que «no nos va a costar nada», gracias a los ingresos petroleros.
Esta, al final, es la política exterior «MAGA»: seguiremos empantanándonos y buscando construcción nacional en el extranjero, pero ahora empezando por América latina.
Toda la atención y la condena van a recaer comprensiblemente sobre Trump mientras vemos desarrollarse esto, pero conviene reservar algo de escrutinio para el establishment liberal que jugó un papel clave para que llegáramos hasta este punto. Marco Rubio, el arquitecto de esta operación que ya maniobra para una similar en Cuba, fue confirmado en su cargo con el apoyo de todos y cada uno de los demócratas. El comité del Premio Nobel de la Paz le otorgó su respaldo tácito a este ataque. La Unión Europea, pese a años de discursos sobre el derecho internacional y el respeto a la soberanía, no ofreció ni el más mínimo atisbo de resistencia a los planes de Trump y, a lo sumo, los acompañó en silencio.
De hecho, si hay un gran perdedor en todo esto, además de Venezuela, es el centro europeo, que utilizó la caída de Nicolás Maduro para exhibir su propia irrelevancia e hipocresía. Esta mañana desfiló funcionario europeo tras funcionario europeo ofreciendo no-condenas a las acciones de Trump, todas claramente basadas en el mismo memorándum, con una referencia vacía y ritual a la Carta de la ONU y al derecho internacional, incluida, de manera especialmente vergonzosa, la actual presidenta de la Asamblea General de la ONU, la liberal alemana y halcón consumada Annalena Baerbock, que brindó una clase magistral de cuatro párrafos sobre el arte de la ambigüedad. Otros, como el presidente francés Emmanuel Macron y la primera ministra italiana Giorgia Meloni, ofrecieron un apoyo abierto al derrocamiento del líder venezolano.
En uno u otro caso, esas declaraciones chocan de frente con las denuncias furiosas y justificadas de los funcionarios de la UE contra la guerra rusa en Ucrania, consolidando aún más la creciente indignación global ante lo que muchos ven como el doble estándar de los gobiernos occidentales. De manera bochornosa, incluso figuras de la extrema derecha europea como Marine Le Pen, que supuestamente comparten la política de Trump, formularon condenas más claras que estos líderes respecto de lo que hizo el presidente estadounidense.
Es probable que Trump espere, en línea con la NSS, que un movimiento agresivo como este consolide el dominio de Estados Unidos sobre América Latina, someta a los gobiernos de izquierda y frene el desplazamiento de la región hacia China. Pero Estados Unidos no tiene la capacidad de replicar fácilmente lo que hizo en Venezuela en países como Brasil y México, y es igual de probable que ocurra lo contrario: que se profundicen los vínculos con China para contrarrestar la amenaza creciente de un Washington cada vez más beligerante. Esto pasó con la imposición de aranceles en el caso de Brasil: explícitamente destinados a presionar al país para influir en su política interna, lograron socavar su objetivo más general de reducir la dependencia económica de la región respecto de Pekín.
En ese sentido, esto se parece menos a una superpotencia confiada flexionando músculos en su «patio trasero» y más a una potencia agotada que juega la única carta que le queda, el inflado aparato militar estadounidense, para proyectar dominio después de que todos los demás intentos fracasaran de manera embarazosa. Trump y su entorno quizá no logren avanzar con su estrategia mayor, pero eso no significa que no puedan causar un daño enorme mientras se agitan sin rumbo, algo que sin duda están a punto de hacer, tanto en Venezuela como en el resto de la región.
Ahora estamos firmemente instalados en un mundo más feo y más peligroso, que bien puede hacernos añorar incluso las vacuas referencias al derecho internacional de décadas pasadas. Y mientras continúen estas aventuras en el exterior, nadie va a prosperar (salvo los millonarios involucrados y los políticos temerarios), ni quienes están en la mira, como los sufridos venezolanos, ni los trabajadores comunes de Estados Unidos, que otra vez son arrastrados a un costoso conflicto exterior mientras luchan por llegar a fin de mes.
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Ver también:
- Trump ya lo intentó —y fracasó— anteriormente en Venezuela
Carlos Ramírez-Rosa. 6/01/2026 - El saqueo de EEUU y los planes de Trump
Leonid Savin. 6/01/2026 - La Doctrina Monroe en la era de la piratería
Geraldina Colotti. 5/01/2026 - EEUU captura a Maduro, pero nada está garantizado sobre el futuro de Venezuela
Rafael Machado. 4/01/2026 - ¡Vergüenza para Estados Unidos, gloria eterna para Venezuela!
Alberto Bradanini. 4/01/2026 - Venezuela y el retorno de la guerra imperial a América Latina
Pedro Perucca. 4/01/2026

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