martes, 6 de enero de 2026

La ferocidad imperial y las consecuencias de la agresión contra Venezuela

La transición de la hegemonía blanda a la violencia manifiesta, revela una crisis estructural de un orden que, ya es incapaz de disciplinar a sus periferias

Tannous Shalhoub, Al Mayadeen

La agresión de Estados Unidos contra Venezuela no constituye un episodio aislado ni una reacción espontánea en el devenir de la política internacional, sino la culminación de una lógica imperial integral que se reproduce con renovada intensidad cada vez que el sistema capitalista global ingresa en una nueva fase de crisis.

Lo acontecido en Caracas no es, sino la expresión más flagrante del retorno del imperialismo a sus herramientas más descarnadas: la fuerza militar directa y la imposición de realidades mediante la coacción.

Desde hace años, Venezuela está sometida a un asedio económico asfixiante, a sanciones metódicas, así como a guerras psicológicas y mediáticas bajo el pretexto de la “democracia” y los “derechos humanos”.

Cuando estos instrumentos fracasaron en someter al Estado y desmantelar su estructura, el imperialismo estadounidense recurrió a lo que Lenin definió como la barbarie: una etapa inherente y natural en la evolución del imperialismo, no una desviación patológica respecto a su esencia.

De hecho, la transición de la hegemonía blanda a la violencia manifiesta, revela una crisis estructural de un orden que, ya incapaz de disciplinar a sus periferias mediante
  • los mecanismos del mercado,
  • las instituciones internacionales,
  • el bloqueo económico o la subversión interna,
  • apela directamente a los aviones, los misiles
  • y los golpes de Estado.

Esta agresión contra Venezuela se inscribe claramente en la definición leninista expuesta en El imperialismo, fase superior del capitalismo, donde el monopolio del capital, la fusión del capital bancario con el industrial y la competencia por los recursos desembocan inevitablemente en conflictos recurrentes y en la repartición forzosa del mundo mediante la fuerza.

Venezuela, que posee las mayores reservas petroleras del planeta, se convirtió así, en un objetivo explícito por su intento de preservar, aunque sea mínimamente, la soberanía nacional frente a un orden global que sólo reconoce el lenguaje de la sumisión y la dependencia.

Esta agresión transmite un mensaje doble: al interior venezolano, busca quebrar la voluntad estatal y conducir al país al caos o a la fragmentación; al resto de América Latina y al mundo en general, subraya que cualquier desviación del mandato imperial es inadmisible y que la soberanía fuera de la órbita estadounidense constituye una transgresión que será castigada con la fuerza.

En este sentido, el continente americano vuelve a su lugar histórico en la imaginación imperial:
  • un “patio trasero” destinado a ser administrado mediante presiones,
  • golpes de Estado
  • e intervenciones militares directas, por más que muten los discursos o se renueven las consignas.

Lo sorprendente en los recientes acontecimientos no radica únicamente en la dimensión militar de la agresión, sino sobre todo en la descarada franqueza del discurso político estadounidense.

Aquel imperialismo que, históricamente había envuelto sus intervenciones en retóricas sobre la democracia, los derechos humanos o la protección de civiles se ha quitado, esta vez, toda máscara.

El presidente de los Estados Unidos declaró abiertamente que el objetivo inmediato es el retorno de las compañías petroleras de su país a Venezuela, con fines claramente lucrativos, y anunció, incluso la intención de que Washington asumirá la “gestión del país”, es decir, el saqueo organizado de sus riquezas, acompañado de amenazas explícitas de ataques militares aún más contundentes si así lo exigieran las circunstancias.

Este discurso desnuda el paso del imperialismo de una etapa de justificación ética a otra de administración pública del pillaje. Ya no se trata de “extender la democracia” o de “proteger al pueblo de un dictador”, sino de gestionar un país como un activo económico, un campo de inversión y una fuente de ganancias directas para corporaciones de EEUU.

Aquí se manifiesta el imperialismo en su forma más desnuda, tal como lo describiera Lenin: la fusión total entre el poder del capital y el Estado, donde los ejércitos se convierten en meros instrumentos ejecutores de los intereses de las empresas.

Políticamente, esta agresión abre la puerta a un vacío constitucional de graves consecuencias, con intentos de imponer autoridades de transición subordinadas al exterior, al estilo de experiencias anteriores que demostraron fehacientemente que la intervención estadounidense no engendra democracia, sino regímenes frágiles y dependientes, así como sociedades profundamente divididas.

Económicamente, en caso de éxito, se desataría el regreso desenfrenado de las grandes corporaciones estadounidenses, facilitado por procesos coercitivos de “reestructuración” y la privatización forzosa de los recursos nacionales.

Humanitariamente, será el pueblo venezolano quién pagará el precio más alto, el mismo que ya pagaron Iraq, Libia y Siria, cuando las proclamas de “liberación” dieron paso a una devastación integral, a la muerte y a una fragmentación social de larga duración.

Ahora bien, si el poder bolivariano logra
  1. absorber el embate,
  2. evitar el colapso interno,
  3. preservar la cohesión del ejército y de las instituciones del Estado,
  4. y transformar este momento en una movilización nacional generalizada, tal como exhortó la vicepresidenta, se abrirá una vía alternativa: no exenta de riesgos, pero capaz de reconfigurar los equilibrios del conflicto.

En tal escenario, podría consolidarse un poder de resistencia que derive su legitimidad de la defensa de la patria y de la unidad del Estado frente a las imposiciones colonialistas directas, y convierta la confrontación con la agresión en un factor de cohesión interna en vez de en un preludio al desmembramiento.

Absorber la agresión implica, en términos prácticos, frustrar la apuesta tradicional de Washington, construida sobre tres pilares: la parálisis por choque, el colapso del liderazgo, el golpe de Estado en las fuerzas armadas y la explosión popular contra el propio gobierno.

Si estas hipótesis fracasan, Estados Unidos se verá obligado a optar entre una escalada militar más amplia, de resultados inciertos y costos elevados, o un repliegue táctico que devuelva el conflicto a las herramientas del bloqueo, las sanciones y el desgaste prolongado.

En caso de resistencia exitosa, Venezuela dejará de ser un asunto meramente interno y se convertirá en un nuevo símbolo de lucha en América Latina, y revitalizará el discurso nacional frente al resurgimiento del dogma Monroe en su versión más militarizada.

Tal resistencia podría motivar a otros Estados y movimientos populares del continente a reaccionar contra la hegemonía estadounidense, aunque sea en márgenes limitados.

Asimismo, facilitaría un reordenamiento geopolítico más profundo, especialmente con Rusia, China y otras potencias del Sur global, orientado a romper el cerco mediante un apoyo calculado y no directo, cuyo propósito sea gestionar el conflicto sin transformarlo en una confrontación total.

En tal contexto, el auténtico reto residirá en convertir la movilización emergente de una mera respuesta de emergencia en un proyecto nacional de largo aliento.

Lo que ocurre en Venezuela nos remite nuevamente a Lenin: el imperialismo, al fracasar en su expansión pacífica, se desborda en ferocidad; y al no lograr quebrar al Estado desde adentro, se repliega tácticamente sin renunciar jamás a su esencia.

No se trata, pues, de una administración estadounidense particular ni de una coyuntura transitoria, sino de una estructura imperial fundada en el saqueo, el monopolio y la exportación de crisis.

Venezuela no es simplemente un país agredido; es el espejo del destino que aguarda a cualquier pueblo que se niegue a someterse.

Por ello, la resistencia venezolana, si logra perdurar y triunfar, ofrecerá el paradigma sudamericano para frustrar los designios de Washington, obligándolo a reconsiderar sus cálculos en futuras aventuras contra Cuba, Colombia, Irán y otras naciones incluidas en su lista de imposición.

Hoy, el imperialismo enfrenta sociedades que, dentro de los límites de sus capacidades, intentan romper con la lógica de la dependencia impuesta.

Venezuela, al igual que Irán, Gaza, Líbano y otras zonas de confrontación, es la expresión concentrada de una contradicción global fundamental: en un mundo cuyas relaciones internacionales se rigen por mecanismos de dominación imperial, cualquier intento de emancipación es reprimido con violencia (salvo en los casos de Estados nucleares o de potencias como Corea del Norte o India, que rechazaron categóricamente someterse a las exigencias de Washington)

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Ver también:

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