viernes, 9 de enero de 2026

Análisis geopolítico del ataque contra Venezuela

Los sucesos recientes dejan al menos dos lecciones claras: la agresión contra Venezuela aún no ha terminado y las acciones de Estados Unidos responden a una agenda mucho mayor que solamente hacerse con el control de petróleo y los recursos naturales venezolanos

José Ernesto Nováez Guerrero, Al Mayadeen

Lo ocurrido en Venezuela este 3 de enero, nos ha conmocionado a todas y todos los amigos de la Revolución Bolivariana. No solo porque desde 1989 no ocurría algo de esta magnitud en nuestra región, sino también porque la forma en que se desarrollaron los hechos durante esa fatídica madrugada de inicios de 2026, abre numerosas interrogantes que solo el tiempo aclarará en su total dimensión y significado.

Aunque resulta tentador para un analista y militante intentar desenredar el hilo de Ariadna de los hechos y acciones internos que concluyeron con el secuestro del legítimo presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa, y que costaron muchas y valiosas vidas, considero que lo más útil en este momento es intentar entender el rumbo y las implicaciones que se abren para la región y el mundo con el accionar de los Estados Unidos.

Sembrar dudas e incertidumbres en un país que intenta recomponerse ante una agresión contribuye a fracturar la unidad de las fuerzas revolucionarias internas, que es lo más importante hoy para preservar la continuidad del proyecto y sus conquistas. Además de que, con la información disponible y las campañas de guerra sicológica y comunicacional en curso, es fácil caer en prejuicios o falsas concepciones sobre el liderazgo del proyecto en este momento actual o en torno a figuras puntuales.

Los sucesos recientes dejan al menos dos lecciones claras: la agresión contra Venezuela aún no ha terminado y las acciones de Estados Unidos responden a una agenda mucho mayor que solamente hacerse con el control de petróleo y los recursos naturales venezolanos.

Luego de su artero ataque la madrugada de este 3 de enero, la administración Trump dejó claro su intención de dirigir Venezuela hasta garantizar una transición “adecuada” para los intereses de Estados Unidos y amenazó directamente a otros países de la región: Colombia, México y Cuba. El mensaje, al final del día, era para la región en su conjunto y sobre todo para aquellos países con gobiernos que sostienen una agenda de soberanía nacional y protección de sus recursos naturales.

Esta agresividad de Trump, que era visible desde su anterior mandato, ha encontrado en este nuevo período en la Casa Blanca una forma de expresión más acabada. Y no es que Trump sea más agresivo que otros presidentes de Estados Unidos (basta solo con dar un vistazo a la historia reciente), sencillamente está cambiando el foco de esa agresividad, motivado por dos hechos indiscutibles: el fracaso de la política militar de Estados Unidos en Asia Occidental y el creciente rezago de la economía estadounidense con respecto a China.

El perfil de la política de Washington en la región de Asia Occidental puede remontarse por lo menos a 1945, cuando el presidente Franklin D. Roosevelt se reúne con el rey Ibn Saud de Arabia Saudita. A partir de ahí se consolida el pacto estratégico de petróleo por seguridad, que convierte a la región en un espacio central de los intereses estadounidenses. Aunque en esta etapa la presencia es más política y económica que militar, sienta las bases de la intervención futura.

La primera intervención directa y agresiva es posible situarla en 1953, con el golpe de Estado en Irán contra el primer ministro Mohammad Mossadegh, organizado por la CIA y el MI6 británico, tras la nacionalización del petróleo iraní. Este episodio marca el inicio explícito de la política estadounidense de cambio de régimen en Medio Oriente, y es considerado por muchos historiadores como el verdadero comienzo de la escalada intervencionista.

Durante las décadas de 1960 y 1970, Estados Unidos profundiza su implicación respaldando regímenes autoritarios aliados, fortaleciendo su apoyo estratégico a “Israel” y ampliando su presencia militar indirecta en el contexto de la Guerra Fría. La región se vuelve un tablero central de la competencia con la Unión Soviética, lo que legitima, desde Washington, una política cada vez más coercitiva.

La escalada entra en una fase nueva y más militarizada tras la Revolución iraní de 1979, la crisis de los rehenes y la proclamación de la Doctrina Carter en 1980, que declara al Golfo como zona de interés vital para Estados Unidos, justificando el uso de la fuerza para protegerlo. Desde ese momento, la intervención militar directa pasa a ser una opción explícita y permanente.

La desaparición de la Unión Soviética (URSS) no cambió la agenda de Washington en la región. Numerosas invasiones y agresiones se sucedieron en los noventa y principios de los dos mil, fundamentalmente para garantizar el control de los recursos energéticos regionales. Sin embargo, la fuerte presencia militar estadounidense no garantizó la existencia de gobiernos estables en los países invadidos y, por el contrario, fortaleció el auge de la Resistencia, como opción antiimperialista regional.

El descalabro definitivo en Afganistán marcó el cambio de política en la estrategia exterior de esta administración. Miles de miles de millones, incontables vidas afganas y de militares estadounidenses y décadas de ocupación militar, no impidieron el retorno victorioso del movimiento Talibán al poder.

A todo esto se suma el hecho de que, precisamente a finales de los noventa y principios de los años 2000, se da el triunfo en la región de América Latina de varios gobiernos de corte nacionalista y progresista, algunos de los cuales inician un proceso más o menos radical de recuperación del control sobre sus recursos naturales, lo cual, inevitablemente, afecta los intereses de compañías norteamericanas en esos países. Son estos los años, también, en que China acelera aún más su desarrollo y comienza a desplazar a Estados Unidos como principal socio inversor y comercial en numerosos países del área, incluyendo economías colosales, como la brasileña.

Otro proceso que pudiera ser útil para entender lo que está ocurriendo tiene que ver con la mayor comprensión que se alcanza, en esos años, de la dimensión de los recursos naturales en América Latina. Washington siempre supo de las riquezas regionales y las explotó en su beneficio.

Sin embargo, en las primeras dos décadas del siglo XXI se dan dos hechos que resultan ilustrativos de este punto. En 2011, Venezuela, que ya era un gran productor y exportador de petróleo confirma que, además, tiene las mayores reservas confirmadas a nivel global de hidrocarburos. Con cifras de 2024, Venezuela registró más de 303 mil 200 millones de barriles de petróleo, seguido en segundo lugar por Arabia Saudita, con 267 mil 200 millones de barriles e Irán, con 208 mil 600 millones de barriles.

Adicionalmente, entre 2008 y 2010 se confirma que las mayores reservas de litio en el planeta se encuentran en el denominado como “triángulo del litio”: Argentina, Bolivia y Chile. Esto en un momento en que el auge de la tecnología digital ha convertido el litio en un recurso cada vez más estratégico para la hegemonía imperial.

Estos factores son parte de lo que explica la nueva estrategia imperialista de Estados Unidos, sintetizada en su doctrina de seguridad nacional, hecha pública a principios de diciembre de 2025. Esta Doctrina Monroe 2.0, Doctrina “Donroe” o Corolario Trump, como se quiera llamarla, implica el retorno del eje de prioridad de la política exterior de Estados Unidos a América Latina y un enfoque distinto en su relación con el resto del planeta.

De acuerdo con su actual presidente, el país se reserva el derecho de intervenir en cualquier parte donde considere que están siendo afectados sus intereses. Y como demuestra el caso de Venezuela, es muy flexible lo que Trump considera como “sus intereses”. Recordemos que, en su visión del mundo, el petróleo que yace en el subsuelo venezolano es propiedad estadounidense.

Estados Unidos también dice abandonar la política de grandes invasiones y ocupaciones terrestres, sustituyéndola por un enfoque de “hit and run”, basado en el despliegue arrollador de superioridad técnica y militar por cortos períodos de tiempo contra objetivos específicos.

En la medida que se han ido agudizando las contradicciones de las potencias, con el ascenso de China, Washington ha ido abandonando la retórica liberal y retomando el viejo discurso y enfoque imperialista decimonónico. Trump es su expresión más visible, con constantes declaraciones que exponen al desnudo los intereses de la Casa Blanca, y que chocan con la retórica promovida por defecto por las instituciones del poder norteamericano.

Las acciones contra Venezuela son la puesta en práctica de este nuevo enfoque. Se articulan con todo el entramado de la política exterior de esta administración y responden a los mismos fines nacionalistas mezquinos. Se vinculan con las presiones y amenazas a Panamá, las declaraciones de intención sobre Groenlandia y la intromisión abierta en las elecciones en Honduras. Son parte del apoyo abierto y solapado, pero siempre presente, del retorno al poder en los países de la región de gobiernos autoritarios pro Washington, con escaso o nulo interés en la defensa de la soberanía y los recursos naturales. Gobiernos que son un recordatorio constante de la fragilidad de nuestros procesos independentistas americanos, la dependencia crónica de nuestras grandes burguesías nacionales a poderes externos y las inconsecuencias de lo que algunos teóricos han denominado como “ciclos progresistas”, muchos de cuyos gobiernos fueron incapaces de garantizar la continuidad de sus proyectos políticos, abriendo la puerta a la reacción.

Resulta importante también señalar que, mientras preparaban y ejecutaban la agresión contra Venezuela, Washington y su aliado sionista han promovido numerosos disturbios dentro de Irán. El propio Ayatollah Jameini advirtió que si bien hay una base de descontento legítimo en las protestas, por la compleja situación económica que atraviesa el país, hay también numerosos agentes violentos del enemigo alimentando la escalada de la violencia.

Trump, en el paroxismo celebratorio de lo que percibe como una victoria contra Venezuela, declaró a Irán como un objetivo próximo, algo que activa las alarmas y trae el recuerdo del reciente conflicto donde la nación persa y su infraestructura nuclear fueron ilegal e inmoralmente agredidos.

Por último, la tibia reacción internacional ante lo ocurrido en Venezuela, incluyendo la lenta y tímida reacción de los órganos garantes del derecho internacional, hace temer que estamos asistiendo a la muerte del multilateralismo y del “mundo basado en reglas” que el propio Occidente configuró luego de la Segunda Guerra Mundial. Esta alerta, que se ha reiterado en múltiples espacios y que hoy se hace más evidente, implica, en la práctica, el quiebre de las Naciones Unidas y la agudización de numerosas tensiones que podrían agravar sustantivamente el escenario político internacional. Es una crisis en cierta forma previsible, por la naturaleza del modelo económico imperante a nivel global, pero que no deja de tener numerosas implicaciones para los pueblos y el futuro de la especie.

Las tareas más urgentes en esta hora, considero, pasan por organizarnos, articularnos y prepararnos teóricamente. Solo la teoría revolucionaria nos dará las armas para poder incidir, práctica y efectivamente, en el mundo que vendrá.

También, reitero, debemos apoyar a Venezuela en esta hora tan difícil y no sumarnos a campañas especulativas. Recordemos que más allá de los procesos políticos que se puedan o no haber verificado en las élites, hay en las bases un extraordinario proceso de articulación política y social, hay comunas por todo el territorio nacional, que forman parte de lo que debemos defender con urgencia. Ya habrá tiempo para el análisis crítico. Hoy la tarea es apoyar, defender y denunciar.


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