sábado, 30 de agosto de 2025

El realismo en las negociaciones


Nahia Sanzo, Slavyangrad

“Los medios occidentales siguen discutiendo escenarios para brindar garantías de seguridad a Ucrania, incluido el despliegue de fuerzas de paz. Las opciones propuestas por Occidente en su conjunto son unilaterales y claramente apuntan a disuadir a Rusia”, escribía ayer, señalando lo obvio, la cuenta oficial de las redes sociales del Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa. De forma que debería resultar evidente para Moscú desde hace mucho tiempo, el objetivo de la misión armada que preparan los países de la Coalición de voluntarios liderada por Francia y el Reino Unido no busca tanto proteger a Ucrania, como actuar contra Rusia. Los términos que se están planteando y las exigencias de los países europeos a Estados Unidos, a quien le piden un apoyo de guerra, no de paz, lo dejan claro. De la misma manera que el 9 de mayo llegaron a un acuerdo consigo mismos según el cual “un alto el fuego incondicional durante al menos 30 días debería comenzar el lunes 12 de mayo. Juntos, exigimos esto a Rusia y sabemos que Estados Unidos nos apoya en este sentido” y pese a ser conscientes de no tener la capacidad de cumplir su amenaza anunciaron que “en caso de violación de este alto el fuego, hemos acordado que se prepararán sanciones masivas y se coordinarán entre europeos y estadounidenses”, los países europeos continúan actuando de forma unilateral para tratar de imponer los términos que les convienen sin pararse a pensar en el realismo de sus propuestas.

“Nuestra contribución a las garantías de seguridad es la misión de entrenamiento, la misión militar y también el apoyo a la industria de defensa de Ucrania. Hoy estamos debatiendo cómo cambiar el mandato de todas esas misiones para estar preparados una vez que se haya alcanzado un acuerdo de paz”, afirmó ayer Kaja Kallas, consciente de que la forma y el contenido de la misión armada liderada por países miembro de la UE y la OTAN está planteada en términos que hacen totalmente inviable un acuerdo con Rusia. En el pasado, líderes como Emmanuel Macron han llegado a afirmar que no era preciso un acuerdo con Moscú y la labor del contingente militar europeo, un signo más de que en ningún momento se ha tratado de facilitar una resolución a la guerra, sino de conseguir de forma unilateral un resultado que asegure que la UE pueda seguir utilizando la amenaza rusa como eje central de su política exterior. Lo importante para el liderazgo de la Unión Europea no es que se produzca un pacto, deje de derramarse sangre y Ucrania pueda comenzar el proceso de reconstrucción y su camino hacia la adhesión al bloque político, sino utilizar la guerra para conseguir el objetivo de debilitar al máximo a Rusia.

La falta de realismo en las declaraciones no es solo cosa de los países occidentales. Ayer, María Zajarova, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa afirmó que “un acuerdo de paz debe incluir la desmilitarización, la desnazificación, el estatus neutral, no alineado y libre de armas nucleares de Ucrania, el reconocimiento de las realidades territoriales, la garantía de los derechos de la lengua rusa, de la población rusoparlante y el fin de la persecución de la ortodoxia canónica”, objetivos prácticamente utópicos que Moscú sabe que no van a cumplirse.

Incluso entendiendo desnazificación como prohibición de los grupos de extrema derecha más radicales y derecho lingüístico como el fin del intento de acabar con la presencia de la lengua rusa en la educación o los medios de comunicación, esas concesiones mínimas son consideradas inaceptables en Kiev a pesar de que, en lo referente a los derechos culturales y lingüísticos, no se trataría sino de exigir el cumplimiento del programa electoral de Zelensky. Según escribe un artículo publicado esta semana por The Atlantic, Trump “ha dirigido cierta frustración hacia Zelensky y Europa, al considerar que sus demandas son poco realistas y que deben aceptar que Ucrania tiene que perder parte de su territorio para poner fin al conflicto”. Sus palabras, que ni siquiera tienen en cuenta que la cuestión territorial es mucho más sencilla de resolver que la de la seguridad, muestran también lo alejadas que están las posturas entre Rusia y Ucrania, que se mueven en exigencias de máximos imposibles de lograr.

Pese a compartir la falta de realismo, hay una diferencia fundamental entre la actuación rusa y la de Occidente. La postura rusa se limita a las palabras, mientras que Occidente lleva meses preparando ese contingente militar para el día después del alto el fuego pese a saber a ciencia cierta que los términos que se plantean hacen imposible que pueda haber un acuerdo con Rusia. Aun así, Francia, Reino Unido y Alemania, el mismo E3 que acaba de iniciar el proceso de activación de las sanciones contra Irán por el incumplimiento de un acuerdo que rompió unilateralmente Estados Unidos, no se preocupan por la realidad y prefieren no pararse a pensar cuál es la postura de su oponente. Lo que Rusia tenga que decir -al igual que los argumentos legales según los cuales Irán puede argumentar que el acuerdo nuclear estaba roto desde el momento en el que Estados Unidos lo abandonó- parece un detalle sin importancia para las capitales europeas, que esperan que Washington intervenga, dicte sentencia a su favor e imponga los términos sin más.

En este juego en el que las partes no han comenzado aún a negociar y en el que el único país mediador, Estados Unidos, no ha comprendido ni la naturaleza de la guerra ni que la principal contradicción entre Rusia y Ucrania está precisamente en la cuestión de las garantías de seguridad, es imprescindible escuchar a los principales actores. Esta misma semana, Sergey Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa y un hombre al que no puede acusarse de radicalidad ni de salidas de tono, fue claro en sus declaraciones y mostró los términos negociadores del Kremlin en este sentido. En una aparición en el programa político Meet The Press, el líder de la diplomacia rusa insistió en un modelo similar al que Rusia y Ucrania negociaban en 2022 y según el cual los países garantes de la seguridad serían, entre otros, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. “Y los países garantes garantizarían la seguridad de Ucrania, que tiene que ser neutral, que tiene que estar no alineada con ningún bloque militar y que tiene que ser no nuclear”, afirmó resumiendo, en pocas palabras, la principal exigencia de Moscú, el compromiso de que el país no será miembro de la OTAN. Rusia sigue ofreciendo ahora lo que los países occidentales consideraron inaceptable en 2022, cuando, al contrario que Rusia, no estaban dispuestos a otorgar a Ucrania una protección que veían excesivamente similar a la del Artículo V de la OTAN. Esa postura ha cambiado y las reticencias a participar en la seguridad de Ucrania se han transformado para los países europeos en ansias de contar con botas sobre el terreno, una propuesta que evidentemente choca con las exigencias rusas, haciendo absolutamente imposible su acuerdo.

En el teatro del absurdo de unas negociaciones que se realizan, no con el enemigo, sino con el aliado, para quien la oferta no es nunca lo suficientemente buena, Ucrania trata de rechazar como insuficiente la actual propuesta, de por sí inviable al hacer imposible un acuerdo con Rusia. Moscú y Kiev coinciden así en su mala opinión del planteamiento europeo, aunque lo hacen por diferentes motivos. La presencia de tropas francesas y británicas en Ucrania es, para Rusia, un despliegue de la OTAN camuflado en banderas nacionales, mientras que Kiev rechaza toda idea de introducir además tropas de países neutrales como China. Mientras Rusia insiste en que la expansión de la OTAN es una de las causas fundamentales de la guerra, Ucrania solo acepta garantías de seguridad de países miembros de la Alianza. Y mientras Rusia habla de desmilitarización -una forma de apuntar a los límites de armamento que podría tener el ejército ucraniano, una exigencia que a estas alturas parece una absoluta quimera-, Zelensky muestra claramente una voluntad firme de todo lo contrario. Alegando que los drones son capaces de atacar a más distancia, Zelensky rechazó ayer el punto estrella de la propuesta europea de seguridad, la zona de amortiguación de 40 kilómetros, una forma de separar a los dos ejércitos. La única receta que Ucrania está dispuesta a aceptar es la de más OTAN, más armas y más efectivos para una frontera con la que perpetuar el conflicto. Sin una mediación competente y capaz de sacar a las partes de sus propuestas de máximos, la negociación seguirá limitándose a declaraciones en los medios y a propuestas diseñadas con la certeza de que serán inviables.



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