lunes, 14 de marzo de 2016

¿Estamos en la base de una crisis estructural del capitalismo?

Paul Walder, El Ciudadano

Las observaciones y proyecciones económicas para el año en curso esbozadas durante los últimos meses del 2015 comenzaron a desplegarse con mayor nitidez y amplitud que todos aquellos vaticinios. Las primeras semanas de enero fueron la clara expresión de nuevos momentos de crisis y precipitación de eventos, no todos ellos acotados a los mercados financieros y las estadísticas sino conectados con dramatismo con la economía real. Desde el inicio del descenso de los precios del petróleo y otros commodities hacia la mitad del 2014, numerosas compañías locales y transnacionales, en una enloquecida operación de reducción de costos, comenzaron a alivianar la carga mediante recortes en la producción, licuación de activos y términos de actividades de exploración de nuevos yacimientos. Un conjunto de medidas de achique que no se comparan con la más brutal de todas: la eliminación en masa de sus trabajadores.

Si este es el oscurecido rostro económico que exhibe el sector privado transnacionalizado, las áreas estatales también se muestran ensombrecidas. El violento desplome de los precios de las materias primas, pero especialmente del petróleo, alimento y vitamina para el crecimiento del capital, también ha reducido los ingresos fiscales de países exportadores de estos productos. Unos los sufren vía menores ingresos tributarios, como Chile, y otros, como Venezuela o Arabia Saudita, con industrias petroleras estatales, mediante una merma aún mayor de sus arcas fiscales. En todos los casos, las consecuencias se ven con claridad en la mella de sus programas sociales y en el ingreso a una etapa política de gran inestabilidad.

El mayor y más reciente evento en el espacio económico se expresó durante los primeros días del año en curso. Desde la primera jornada financiera del 2016, todo se ha venido cuesta abajo: el cobre, el petróleo, el maíz, el gas, otros commodities y todos los mercados de valores fueron empujados al suelo tras especulaciones respecto al futuro de la economía China como motor del crecimiento mundial. En medio de la caída de los precios de los commodities y la contracción de los mercados asiáticos globalizados, con efectos directos en el resto del mundo financiero, la pregunta que han esbozado numerosos analistas y oficiantes de los mercados es si vamos hacia una nueva recesión o de lleno hacia una depresión. Una interrogante que se suma a otra aún mayor: ¿Pudo la economía mundial salir efectivamente de la crisis explosionada el 2008?

La crisis global de las hipotecas impagables de finales de la década pasada se resolvió con la ayuda de los grandes bancos centrales e inyecciones astronómicas de dinero. Este impulso llenó el mundo de capitales y divisas, favoreció a China, como motor de la producción y el crecimiento mundial, y ayudó a países exportadores de materias primas, como es el caso de Chile o de los productores de petróleo. El fuerte crecimiento chino y su demanda de commodities explicó el consumo y los altos precios de los recursos naturales durante los primeros años de esta década.

¿Crisis cíclica?

Ese ciclo de altos precios y consumo de masas ha llegado a su fin. El círculo virtuoso de crecimiento económico ha terminado, como tantos otros en la historia del capitalismo. Hace un año y seis meses el valor del crudo estaba en unos 115 dólares el barril. Durante las primeras semanas de enero rompió el piso de los 30 dólares. Y lo mismo con el cobre, que se mantuvo durante los primeros años de la década sobre los cuatro dólares y hoy está pegado en torno a los dos dólares.

Es posible que este freno de las actividades productivas sea la expresión de uno de los múltiples ciclos del sistema capitalista, tal como las crisis asiática, argentina, punto com o subprimes. En este caso, tras un periodo difícil, de austeridad y de ciertas complicaciones políticas, el modelo volvería a un periodo de crecimiento. En cuanto a plazos, los observadores del establishment financiero, tales como los grandes bancos y agencias de inversión, estiman que no será ni éste ni el próximo año. El precio del petróleo, claro indicador histórico sobre los ciclos de la economía capitalista, se mantendrá bajo durante estos dos años. Una readecuación de las inversiones estimularía nuevamente la demanda en el mediano plazo alzando los precios del crudo y el crecimiento económico en general.

No son pocos los analistas que afirman que éste no es el caso. La intervención de los estados y bancos centrales la década pasada pudo ser la última vuelta posible de la rosca del modelo neoliberal por lo que estaríamos en las puertas del fin de un ciclo de larga duración del sistema capitalista. Estaríamos ante el fin de un ciclo estructural provocado por las propias contradicciones internas del capitalismo, hipótesis trabajada desde hace largos años por profesores como David Harvey o Immanuel Wallerstein.

¿Por qué han bajado tanto los precios del petróleo en tan poco tiempo? Los actuales precios del crudo son los menores registrados desde comienzos de la década pasada durante las crisis asiáticas y argentina, en tanto en el trance de las subprimes cayeron por un breve periodo sólo bajo los 40 dólares tras haber tocado máximos históricos sobre los 130 el año anterior. En cualquier caso, estos hitos y tendencias tuvieron una clara relación con la evolución de otros indicadores de la economía y, por cierto, con la geopolítica. El desarrollo histórico de los precios del crudo tampoco puede desligarse de los acontecimientos en Oriente Medio, la región del planeta productora de aproximadamente un tercio del petróleo que consume el mundo.

Problemas de sobre oferta

Si todas las anteriores crisis petroleras habían tenido una directa vinculación con trastornos económicos o geopolíticos, la actual matiza estas variables. El proceso de caída libre del crudo iniciado el 2014 ha sorprendido a todos los analistas y agencias de inversiones, cuyos pronósticos fallaron estrepitosamente. Todos estos bancos y firmas asesoras establecieron entonces que el petróleo seguiría en alza para terminar aquel año alrededor de los 115 dólares. A más de un año de esos fallidos pronósticos, tendría que suceder un evento de gran magnitud e impacto para torcer la tendencia descendente que no ha hallado ningún freno. Porque la caída en los precios ha venido ocurriendo pese a un Oriente Medio en llamas.

Para explicar la caída en los precios los economistas del establishment recurren a las clásicas variables del mercado. Aquí habría problemas de oferta y de demanda. De partida, la caída en la demanda debido a un mundo con una economía estancada desde las crisis de la década pasada. Y como los productores necesitan también recursos, han aumentado la producción generando un mercado con excedentes.

Ante estas bajas, analistas ligados a bancos de inversión y firmas similares se preguntan por qué la OPEP se ha quedado de brazos cruzados. Algo ha hecho, pero sin llegar a acuerdos. Los saudíes han preferido mantener su cuota de mercado y no apoyar los precios con un recorte de la producción. Por su lado, Irak reduce sus precios para sus clientes asiáticos, siguiendo la estrategia de Irán y Arabia y, desde este año, Irán ingresó con fuerza en los mercados mundiales al gozar del fin de las sanciones impuestas por “occidente”.

Junto a este conjunto de variables, hay una serie de nuevos factores que también presionan los precios. Desde inicios de la década circulaban informes que apuntaban al sistema de fractura hidráulica, más conocida como fracking o también esquisto, como la tecnología que permitiría a Estados Unidos convertirse en el principal productor de crudo del mundo. Tras la crisis de las subprimes y las inyecciones de capital de los bancos centrales de los países desarrollados, el petróleo rompió la barrera de los cien dólares atrayendo a nuevos inversionistas a colocar sus activos en el fracking, tecnología de extracción de altos costos pero bastante rentable con un petróleo sobre los 70 y 80 dólares. Durante los primeros años de la década el fracking logró inundar los mercados petroleros, pero como amarga contradicción, también su aniquilación: la sobre oferta deprimió los precios internacionales del crudo y hoy ha llevado a la quiebra a no pocas empresas e inversionistas en este tipo de tecnología con consecuencias aún por verse.

También de insuficiente demanda

La otra explicación de la baja está en la demanda. Es un hecho que desde la crisis de las subprimes el mundo desarrollado representado por Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, no han logrado superar por sí mismos esa crisis. Ese gran trance, fue remontado en parte con el protagonismo de China. Fue una nueva vuelta de tuerca a la máquina del consumo y producción manufacturera que benefició durante varios años a los países productores de materias primas. El alto precio de los commodities por largos años permitió que las naciones emergentes, como el caso de las latinoamericanas, pudieran sortear la crisis de una manera exitosa pero también ilusoria. En el caso de Chile, que gozó de un precio promedio del cobre sobresaliente durante el inicio de la actual década, permitió olvidar rápidamente tales obstáculos al disfrutar de altas tasas de crecimiento del PIB.

Hoy, a menos de diez años del colapso de las subprimes, hay señales, esta vez desde China, de serios problemas en la economía mundial. Lo que en estos días parece quedar en evidencia es una economía mundial incapaz de superar las trabas estructurales que condujeron a la crisis pasada. Lo que está expresando el derrumbe de las bolsas de valores planetarios y la caída de los precios de los commodities es una recaída, manifestada en otros mercados, de la economía global. Pero esta vez hay motivos de aún mayor preocupación. Por un lado tenemos la evidencia que los países desarrollados golpeados durante la década pasada nunca lograron levantarse con fuerza como para sostener una demanda persistente en el tiempo. Junto a ello, tenemos una desaceleración de la economía china, efecto que se ha transmitido de manera dramática a las economías de los países emergentes. Brasil, y varios otros países latinoamericanos terminarán este año con cifras negativas.

El momento actual ha tocado en la línea de flotación a las economías latinoamericanas. Aun cuando no se acerca a la crisis de la deuda de los años ochenta, aquella década “perdida”, hay aspectos que son, por el momento, preocupantes. Por un lado, está el efecto directo de la desaceleración china, que es la caída de los precios de las principales exportaciones y de los ingresos de divisas. Ello, a su vez, ha conducido a un fuerte proceso devaluatorio, con complicaciones cambiarias. Aun cuando una moneda devaluada favorece a los exportadores, no lo hace con el conjunto de la economía. De prolongarse y aumentar este proceso habrá alzas en los precios de productos importados o con componentes importados y aumentos en las deudas en dólares contraídas por las empresas. Si a estas variables le agregamos el alza en las tasas de interés en Estados Unidos, que podrían aumentar aún más en el corto plazo, veremos amplificado este fenómeno, con consecuencias ciertamente negativas a partir de este momento.

El petróleo es en la actualidad el motor del crecimiento económico. La relación es directa. Como escribe Alejandro Nadal en La Jornada de México, la industria energética lleva a cabo grandes inversiones y sus efectos multiplicadores en la economía son muy fuertes. “Una parte significativa del crecimiento de la economía estadounidense después de la crisis de 2008 se debió a las inversiones del sector energético (y, en especial, del fracking). Pero cuando las empresas petroleras tienen que aplicar el freno de emergencia, el efecto de contracción, con todos sus multiplicadores, no tarda en manifestarse. La crisis global sigue evolucionando”.

¿O crisis estructural?

Son muchos los observadores, analistas y teóricos que prevén una crisis estructural o fin del capitalismo tal como lo conocemos hoy en día. Desde la crisis del 2008 los países desarrollados no han logrado mantener tasas importantes de crecimiento, en tanto otros, como Grecia o España, siguen empantanados. Y si desde entonces el empuje vino desde China, Brasil, Rusia y emergentes pequeños, hoy ninguna de estas naciones está en condiciones de alterar el proceso de vaciamiento económico. Estaríamos en una etapa desconocida durante los últimos siglos, un periodo de cambios estructurales que pasan, necesariamente, por la destrucción de las actuales bases.

Harvey sostiene con bastante claridad esta hipótesis en su ensayo del 2014 “Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo”. Hay suficientes argumentos, no externos, sino inherentes al capitalismo en su actual fase neoliberal, que anidan y despliegan su autodestrucción. Numerosos aspectos demasiado evidentes, desde la caída de las tasas de ganancia a la destrucción ambiental, desde la impúdica desigualdad al control de los mercados por los monopolios, los cuales impiden la reproducción del capital. Wallerstein, en su esquema del sistema mundo, confronta la teoría de los largos ciclos históricos (inspirado en Fernand Braudel), haciendo coincidir con los actuales padecimientos el fin de uno de aquellos largos períodos. Vivimos el fin de un ciclo histórico de larga duración y el inicio de otro, aun cuando incierto en su desarrollo y contenido.

Sean éstas hipótesis acertadas, erradas o todavía adelantadas, hay en los presentes episodios un aspecto que estimula una de las más agudas contradicciones del capitalismo. Tras algunos años de distensión, hoy el papel de la clase trabajadora ha sido relegado nuevamente a las canteras del origen del desarrollo del capital. Esta contradicción quedó expresada con una claridad palmaria y pasmosa en la exposición que hizo de forma muy singular Oxfam en la exclusiva reunión de las elites en Davos, Suiza, en enero pasado. Un informe de la ONG concluyó que las 62 personas más ricas del mundo acumulan más capitales que la mitad más pobres.

En los últimos cinco años esos 62 acaudalados vieron incrementar sus riquezas en 44 por ciento mientras la de la mitad más pobre se redujo en 41 por ciento. Una muestra precisa de aquel fenómeno venenoso propio del neoliberalismo que Harvey denomina “acumulación por desposesión”.

Se trate de una crisis cíclica o estructural, la realidad es que hemos ingresado en un largo corredor lleno de riesgos, que desde la economía inundan los escenarios sociales y políticos. La crisis es seria y no está acotada al sistema financiero, sino se ha extendido, como hemos citado, a los precios del petróleo y otros commodities. El crudo, y no sólo las bolsas de valores, actúa como una alarma sobre el mal estado de la economía mundial. En este contexto, podemos recordar que durante enero las pérdidas acumuladas en Wall Street ascendieron a más de 1,6 millones de millones de dólares. Una cantidad impresionante que será, sin ninguna duda, trasladada desde el uno por ciento más rico a los trabajadores, consumidores y ciudadanos en general mediante recortes salariales, alzas de precios y otras estrategias. Una nueva movida para el engorde neoliberal o para la acumulación por desposesión.

El desplome no es considerado como portador de buenas noticias, nos alerta el economista Alejandro Nadal. “Al contrario, es un muy mal presagio de que la economía mundial seguirá empantanada en un entorno recesivo por varios años”.

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