martes, 8 de septiembre de 2015

El pueblo griego decide


Antonio Antón, Público.es

A Tsipras y el núcleo dirigente griego se le hacen dos tipos antagónicos de críticas. Por un lado, a sabiendas de la gran desigualdad de poder y la determinación del bloque conservador y la nueva Troika, le acusan de que haya elegido una estrategia de defensa de los derechos sociales y democráticos de su pueblo. Su error consistiría en su firmeza negociadora y el estímulo a una amplia participación popular, incluida la convocatoria del referéndum con el apoyo masivo al NO frente a la Troika. Los portavoces conservadores y socialdemócratas han descalificado esa posición como estrategia de ‘conflicto’, cuando, según ellos, los representantes griegos deberían haber adoptado desde el principio la actitud posibilista del acatamiento de las reglas del poder y la subordinación al dictak neoliberal.

En su opinión, esa firmeza opositora, esa ‘intransigencia’ griega, ha sido merecedora de una reacción airada y prepotente del núcleo dominante en el Eurogrupo. En ese sentido, esos portavoces justifican el castigo adicional promovido por el poder liberal-conservador como merecido y necesario para forzar el sometimiento de la mayoría social griega disidente. Además, trasladan la responsabilidad de ese forzado retroceso a las propias víctimas de los recortes y al propio gobierno de Syriza, por su ‘error’ de reclamar justicia social y democracia.

La moraleja del discurso dominante es clara: lo posibilista y lo conveniente es la adecuación y sumisión, desde el primer momento, a la estrategia regresiva y al poder liberal-conservador; la indignación cívica y la resistencia popular son contraproducentes o, cuando menos, inútiles; la disciplina del pueblo rebelde y la marginación de los disconformes es merecida. En definitiva, las élites poderosas imponen los recortes sociales y económicos a la mayoría popular, de forma autoritaria, promueven el aislamiento político y el desalojo institucional de sus representantes, e intentan afianzar la credibilidad pública de su discurso y su gestión desacreditando cualquier alternativa progresista.

Por otro lado, está el discurso crítico de la Plataforma de Izquierda, el ala más a la izquierda escindida de Syriza, con el nuevo nombre de Unidad Popular (25 diputados). El grupo mayoritario es la Corriente de izquierdas, marxista, aunque existen otros grupos menores, algunos de carácter trotskista –dos diputados- o maoísta –cuatro diputados-). A ello hay que añadir el Partido Comunista Griego (KKE), firme partidario de la salida del euro y opositor al gobierno, cuya posición del doble NO en el referéndum (voto nulo) se quedó en apenas un 1% de apoyo popular (la gran mayoría de su electorado, hasta el 6,5%, apoyó la propuesta gubernamental). Ambas partes están negociando un frente común electoral por la anulación del acuerdo con el Eurogrupo y la salida del euro.

Recientes encuestas ratifican la opinión del entorno del 70% de la población que se oponen a la salida de la eurozona, teniendo en cuenta que en la cuarta parte restante, además de los que no opinan, hay un bloque significativo de sectores nacionalistas de derecha y de extrema derecha. Tenemos, por un lado la incertidumbre de ese futuro y, por otro lado, lo reducido del apoyo popular progresista a esa opción. ¿Con qué fuerza se emprendería ese camino tan duro y peligroso? No es legítimo ni realista asociar el cerca del 62% de apoyo ciudadano al NO al plan inicial del Eurogrupo con un supuesto apoyo incondicional al rechazo del gobierno, el incumplimiento del acuerdo y la salida del euro.

Las primeras encuestas demoscópicas de fin de agosto, tras la escisión de Syriza y la convocatoria de elecciones generales para el 20 de septiembre (ver diario Efimerida Ton Syntakton), dan como ganador a Syriza (129 diputados, con los 50 adicionales por ser la primera fuerza), con una ventaja significativa sobre la derecha de Nueva Democracia (75 diputados). A pesar del impacto de la división de la nueva Unidad Popular (11 diputados), que le haría perder la expectativa de mayoría absoluta, Syriza mantendría la mayoría relativa. Los porcentajes de estimación de voto están entre el 23% y el 26% para Syriza y unos dos puntos menos para Nueva Democracia. Es decir, existe casi un empate técnico y con todavía una cuarte parte de indecisos que, con una distribución normal, situarían a ambos, izquierda y derecha, en torno al 30% y a Unidad Popular con el 5%; es decir, el anterior electorado de Syriza del 36% se mantiene, aunque repartido en esas dos opciones, y por debajo de las proyecciones de julio, antes de la división.

Esa diferencia representativa entre izquierda y derecha, aunque pequeña y favorable a Syriza, es crucial y tiene un gran impacto en la composición parlamentaria al adjudicarse al ganador un plus de cincuenta diputados (norma aprobada por el bipartidismo anterior para garantizar ‘su’ gobernabilidad y que ahora favorecería a Syriza). Al contrario, de confirmarse esta hipótesis de cierto empate, la disminución de ese 5% partidario de Unidad Popular en el cómputo global de Syriza puede hacer peligrar su mayoría relativa frente a la derechista Nueva Democracia que podría acceder a comandar el gobierno. Y con ese suplemento adicional de diputados y la alianza con el Pasok y el centrista To Potami (Río) conseguir mayoría absoluta, precisamente para las fuerzas perdedoras del referéndum, con el 38% para el SI.

Para el establishment griego y europeo, la garantía de ganar pasa por conseguir la derecha la mayoría. Es difícil la alianza electoral previa con las tres formaciones (Nueva Democracia, Pasok y Río –To Potami) del consenso liberal-conservador-socialdemócrata de la UE, pero probable su acuerdo postelectoral, en el caso de mayoría relativa de la derecha. Tal como pretenden las instituciones europeas, sería su solución para aplicar ‘consecuentemente’ el memorándum y desalojar definitivamente del panorama griego (y europeo) una alternativa progresista y de izquierdas con influencia y responsabilidad gubernamental.

Esa hipótesis de nueva hegemonía institucional del bloque del SI al plan regresivo del Eurogrupo, representante directo del poder europeo y el consenso conservador-socialdemócrata de la austeridad, constituiría un fracaso adicional para Syriza y las fuerzas transformadoras. La separación de la Plataforma de Izquierdas, como aventuraba Varoufakis, sería contraproducente, y se fortalecería la involución socioeconómica y democrática en Grecia y en Europa. La valiente opción democrática de Tsipras, de dar la voz al pueblo, permitiría el resultado, tras esa división, del desalojo del poder gubernamental de una izquierda transformadora superadora de la socialdemocracia. Tendría evidentes implicaciones negativas para España y el resto de formaciones europeas progresistas y de izquierda, junto con una gran autoafirmación conservadora. Los resultados electorales de Grecia, el grado de apoyo popular a las distintas opciones, supondrán un antes y un después y el comienzo de una etapa cuyo sentido está por ver.

Los porcentajes de estimación de voto del resto de grupos no varían mucho: la extrema derecha de Amanecer Dorado, el Partido Comunista, el Pasok y el centrista Río, se mantienen cada uno de ellos con poco más del 5% y una quincena de diputados. Y la nueva Unidad Popular, como se ha dicho, alcanzaría en torno al 3,5%. Los nacionalistas Griegos Independientes, coaligados actuales del Gobierno, se quedarían fuera del parlamento al alcanzar solo el 2%, menos del mínimo del 3%. Todo ello contando con la adjudicación pendiente de la cuarta parte de indecisos que, en estos casos, podría revertir entre uno y dos puntos porcentuales más.

Es decir, los partidarios de izquierda del incumplimiento de los acuerdos con la UE y la salida de la eurozona llegarían solo a poco más del 10% de la población; mientras sumados los distintos grupos de derecha y extrema derecha, que no crecen, partidarios también de la salida del euro, llegarían igualmente al 10%. Estos datos complementan la existencia de esa amplia mayoría del 70% que rechaza la salida del euro aunque, unos más y otros menos, conlleve el acatamiento a los recortes impuestos por el Eurogrupo. Y expresa, mejor que la interpretación interesada del NO del 62% de los votantes en el referéndum, la representatividad de cada fuerza política y sus opciones programáticas para gestionar el futuro de Grecia.

Por otra parte, dada la oposición de la dirección de Syriza a los acuerdos postelectorales con este bloque dirigido por la derecha (y, por supuesto, con la extrema derecha), en caso de ganar y no obtener la mayoría absoluta quedaría abierta la remota posibilidad de pactos con la izquierda más extrema, ahora escindida y/o el KKE, que ha anunciado su oposición a Syriza y veríamos si a costa de no impedir el gobierno de la derecha. O bien, si el actual socio de Griegos Independientes se queda fuera del Parlamento, cabría la exploración de un acuerdo con el centrista Río (To Potami), el menos contaminado con la gestión regresiva, el autoritarismo y la corrupción de los anteriores gobiernos del Pasok y Nueva democracia.

O sea, la dificultad de acuerdos con los otros tres bloques (derecha, ultraderecha e izquierdista) hace imperiosa la apuesta de Syriza por un gobierno autónomo y estable, con suficiente mayoría parlamentaria, para dirigir esa doble y compleja política. La convocatoria de elecciones anticipadas es un acto arriesgado de valentía y democracia para someter al pueblo griego las distintas opciones y revalidar o no la opción de Syriza por una gestión realista pero ambivalente junto con una estrategia transformadora y democrática. Pero las opciones están abiertas y tiene gran trascendencia para el futuro inmediato si la mayoría popular griega se inclina por una o por otra alternativa.

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