domingo, 7 de junio de 2026

Edgar Morin: un revisionista de talento


Eros Barone, Sinistra in Rete

Y así nos dejó Edgar Morin, un “gran anciano” de aquella generación de la década de 1920 que produjo filósofos y sociólogos como Althusser, Deleuze, Foucault, Habermas y Lyotard, a la madura edad de 104 años. Éstas son las etapas más destacadas de su vida: durante su juventud en la militancia comunista participó activamente en la Resistencia; expulsado del Partido Comunista Francés en 1951 por desviacionismo, describió la evolución de su compromiso político en el volumen Autocrítica (1959); en 1959 fundó la revista «Argumentos» con Sartre; entonces era director de investigación de un centro de estudios transdisciplinarios, CETSAS, cuyo objetivo era coordinar disciplinas como la sociología, la etnología y la semiología. Su larga vida, como siempre ocurre con personalidades de cierta importancia, es un prisma que con sus diferentes caras refleja los principales acontecimientos de una época histórica cuya importancia difícilmente puede sobreestimarse.

El análisis de los fenómenos culturales, en relación con la difusión de los medios de comunicación, representa un momento central en la biografía científica de Morin, como lo demuestra La industria cultural (1962), un trabajo precursor en este campo. Sin embargo, sus intereses luego se desplazaron hacia la epistemología de las ciencias humanas para culminar en un impresionante trabajo teórico, El método, (4 volúmenes, 1977-91, pero en la edición italiana, publicada por Raffaello Cortina, hay seis), en los que Morin desarrolla y profundiza el tema de “la complejidad”.

A partir de una integración crítica de la teoría de sistemas y la cibernética, propuso una relación compleja entre orden, desorden y organización, teorizando una revolución del método que permite acceder a la complejidad de los seres vivos (aq, 1980). Posteriormente, tras un análisis de las condiciones, posibilidades y límites del conocimiento humano (Conocimiento del conocimiento, 1986), pasó a aplicar la perspectiva ecológica al estudio de las ideas, entendida como la necesidad de concebir todo (y por tanto también las ideas) como parte de un contexto más amplio, y de comprender las interrelaciones y retroalimentaciones que lo vinculan a este contexto. Desde la misma perspectiva, Morin había argumentado que sólo la elaboración de formas apropiadas de pensar nos permitiría superar el siglo en el que vivimos: la idea del matria, entendida como unidad física, geológica, biológica y humana, permitirá al hombre seguir habitando la tierra.

El concepto de ciencia también debe renovarse, según Morin: una ciencia desprovista de reflexividad y una filosofía puramente especulativa son insuficientes en la sociedad contemporánea. La ciencia debe guiarse por una razón capaz de reconocer la complejidad de las relaciones sujeto-objeto y orden-desorden, de pensar en relativa oposición y complementariedad de términos previamente antinómicos como inteligencia y afectividad, razón y sentimiento.

Examinada desde el punto de vista del marxismo ortodoxo, la piedra angular del método de Morin es una revisión de la dialéctica materialista en clave neoproudhoniana y neodarwiniana (no sin cierta asonancia con la teología física de Teilhard de Chardin), donde en esta visión de la dialéctica ocupa un lugar central, a la luz de una visión biomórfica de la realidad, la segunda ley engelsiana, la de la interpenetración mutua de opuestos. La originalidad de este pensador revisionista y ecléctico consiste de hecho en haber integrado críticamente la teoría de sistemas de Ludwig von Bertalanffy con la cibernética y la biología con la sociología, esbozando, con vistas a una comprensión más profunda y amplia de la complejidad de los seres vivos, una relación, precisamente, compleja, es decir, multilateral, no lineal, retroactivA y multicapa, entre orden, desorden y organización. La curvatura de su reflexión aparece pues doble, siendo a la vez epistemológica y ecológica.

La salida concreta de esta epistemología y ecología de las ciencias humanas es el mito de la interdisciplinariedad/transdisciplinariedad, que es entonces el fruto, por decirlo con Althusser, de la última o penúltima variante de una “filosofía espontánea de los científicos” destinada a eliminar toda antinomia del tejido de la realidad, convirtiéndola, en nombre de lo que Hegel definió como la “búsqueda de conciliación al estilo Kotzbue”1, en otras tantas complementariedades. Ejemplar, en este sentido, es la contribución de Mauro Ceruti en Repensando la forma escolar2. Este erudito, alumno de Ludovico Geymonat, es, junto con Gianluca Bocchi, quien introdujo en Italia en los años 1980 el tema de la complejidad tomado de la epistemología de Morin3 (entre otras cosas, además de haber enseñado filosofía de la ciencia en la Universidad de Bérgamo, ocupó el cargo de senador por el Partido Demócrata): tema que estuvo de moda durante el período de reformas escolares en el que, con Berlinguer, Moratti y Gelmini, se inició y continuó la desestructuración del sistema educativo italiano, en una clave retóricamente nueva pero en esencia neoliberal.

El intérprete, todavía hoy más popular, del mito liberal-burgués de la interdisciplinariedad/transdisciplinariedad, piedra angular de todas las ideologías revisionistas, fue, precisamente, Edgar Morin. Sin embargo, la desmitificación crítica de este mito fue llevada a cabo por Althusser en el volumen Filosofía y filosofía espontánea de los científicos4, donde, partiendo de una perspectiva marxista, el autor afirma, respecto de la aplicación de las matemáticas y otras disciplinas a las ciencias humanas, lo siguiente: «La noción de interdisciplinariedad indica no una solución, sino una contradicción; es decir, el hecho de que existe una relativa exterioridad de las disciplinas relacionadas. Esta exterioridad (las matemáticas como ‘herramienta’…) traduce la naturaleza problemática de estas relaciones o de sus formas técnicas (¿qué uso hacemos de las matemáticas en ‘psicología’, en economía política, en sociología, en historia…? ¿Qué complicidad está realmente cubierta por el prestigio de este uso?)»5.

En este punto, la función epistemológica del eclecticismo, de la cual Morin puede ser considerado (en el contexto de una tradición filosófica que en Francia se remonta a Victor Cousin y Pierre-Joseph Prodhon), un exponente importante: esta función consiste, por una parte, en producir la ilusión de síntesis dentro de un conocimiento que la división técnica y social del trabajo, tal como se configura dentro del actual régimen capitalista, ha destrozado tanto horizontalmente -al multiplicar el número de disciplinas- como verticalmente -al elevar el grado de especialización dentro de las disciplinas individuales- (ilusión de síntesis, un aspecto de la cual es, como hemos visto, el mito típicamente burgués de la interdisciplinariedad), como en otra dirección al realizar una forma de falsa unificación del conocimiento obtenido a través de una simple suma aritmética de entidades no homogéneas, previamente sometido a un proceso de ecualización formal abstracta. No es de extrañar, entonces, que Uno de los mayores avances de la ciencia contemporánea: El nacimiento de la física cuántica - también constituye uno de los principales juegos de ajedrez de la racionalidad científica, ya que, debido al predominio de concepciones convencionalistas, un mismo fenómeno es susceptible de ser representado con dos o más modelos interpretativos, recurriendo a cada uno de ellos en tanto excluye, basado en el principio antidialéctico de complementariedad, el recurso a otros.

Por tanto, un examen crítico y teórico de la forma de pensamiento definible con el término eclecticismo permite destacar la estructura conceptual eminentemente contradictoria de esta forma de pensamiento, que se origina, en la era moderna, a partir del «compromiso belarminiano»6, se manifiesta, durante el siglo XX, a través de la interpretación instrumentalista que caracteriza «la nueva física» basada en los principios de incertidumbre y complementariedad, configurándose, en la fase actual, como la raíz de lo que puede definirse como un fracaso de la racionalidad científica y, en consecuencia, por la indiscutible importancia que este tipo de racionalidad ha asumido en la cultura de nuestro tiempo, como factor impulsor del irracionalismo7. Finalmente, la Función indirecta (no lógica sino ideológica) que desempeña el eclecticismo en el contexto de la cultura burguesa resulta con particular claridad de las dificultades que encuentra la búsqueda de una síntesis del conocimiento que, al realizarse según un método combinatorio y sumativo, es decir, antidialéctico, se resuelve ya sea en una mera agregación de disciplinas existentes o en una unificación puramente formal de ellas. En ambos casos, La categoría dialéctica de la totalidad escapa necesariamente al pensamiento burgués, que se confunde efectivamente, ingeniosamente o por ignorancia, con la caricatura naturalista de esta categoría, es decir, con una concepción organicista y eternista, es decir, mítica, del ’«orden» social, donde la concepción correcta de la totalidad refleja, como cualquier categoría lógica, relaciones reales (Marx, al respecto, escribe que «las condiciones de producción de cada sociedad forman un todo»8).

La categoría de totalidad - que constituye el punto arquimédico de la teoría marxista-leninista - significa entonces, por una parte, que la realidad objetiva es un todo coherente, cada elemento del cual está en relación con los demás elementos, y, por otra parte, que estas relaciones forman, en una misma realidad objetiva, correlaciones concretas, juntas unitarias, conectadas entre sí de maneras completamente diferentes, pero siempre determinadas (Lenin, en este sentido, retoma la imagen hegeliana de la filosofía como un círculo cuya circunferencia está formada por círculos)9. Al mismo tiempo, esto significa que, dado que la totalidad es inagotable y el conocimiento de la totalidad es relativo, dicho conocimiento sólo puede ser una aproximación. Si, por tanto, la mistificación del eclecticismo se expresa en el falso concepto de verdad total como suma aritmética de verdades parciales, la desmitificación provocada por el marxismo-leninismo se expresa en el concepto correcto de La verdad total como suma dialéctica de verdades parciales.

Desde este punto de vista, las críticas destructivas que los grandes dialécticos han dirigido al formalismo esquemático, una perversión recurrente de la dialéctica y tan antigua como es, son muy instructivas. La crítica de Marx a Proudhon es clásica: él «incapaz de seguir el movimiento real de la historia, construye una fantasmagoría, que él define pretenciosamente como dialéctica»10 y que consiste en aplicar servilmente a contradicciones económicas sustanciales una tabla de multiplicar que quisiera distinguir entre “lados buenos” y “lados malos” de la realidad social. El monopolio, por ejemplo, que tendría el lado bueno de eliminar la anarquía del mercado, «es aquí el lado positivo»; pero como también existen los «efectos del desarrollo, en el sentido negativo, del monopolio»11, aquí está el remedio listo, representado por las autoridades fiscales, una nueva categoría con la que Proudhon pretende purificar el lado malo del monopolio, etc. Sin embargo, al utilizar esta tabla, Proudhon sólo muestra cuán «esterilidad es cuando se trata de dar concepción, a través del trabajo de la generación dialéctica, a una nueva categoría. Lo que constituye el movimiento dialéctico es la coexistencia de los dos lados contradictorios, su lucha y su fusión en una nueva categoría. En realidad, basta con plantearse la cuestión de eliminar el lado malo y descartar de repente el movimiento dialéctico». Morin ciertamente conocía la crítica de Marx al formalismo esquemático recordada aquí y trató hasta el final de eludirla reformulando, a través de “pensamiento complejo” y una síntesis generosamente ecléctica de elementos de pensamiento extraídos de diferentes tradiciones, una versión sustancialmente irenista y conciliadora de la dialéctica, muy adecuada a las necesidades filosóficas e ideológicas de una cultura posmoderna con una marcada vocación erasmiana, pero fuertemente disonante en una era de “crisis orgánica” y contradicciones violentas como la nuestra.

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Notas:
  1. La frase “conciliación al estilo Kotzebue” aparece en el famoso ensayo de Hegel, Quien piensa abstractamente? (Id., editado por F. Valori, Cadmo, Roma 1980). Escrito en 1807, inmediatamente después de la redacción del Prefacio a la Fenomenología del Espíritu, el breve ensayo hegeliano ¿quién piensa de forma abstracta? muestra el nexo problemático que vincula la metafísica con la sociedad burguesa moderna. A través de un itinerario rico en referencias literarias –Diderot, Kotzebue, Goethe– y una serie de ejemplos tomados de la vida cotidiana, Hegel ilustra las dificultades asociadas a la superación de la abstracción ante el pensamiento concreto.
  2. Aa. Vv., Repensando la forma escolar, editado por E. Barone, FrancoAngeli, Milán 2006.
  3. El famoso ensayo de Morin, La cabeza bien hecha, fue el bálsamo filosófico-pedagógico que se utilizó ampliamente para abarcar la sustancia contrarreformativa y anticonceptual de las políticas escolares seguidas por los distintos gobiernos en el período en que vio la luz el citado libro, en claro contraste.
  4. Id., De Donato, Bari 1976.
  5. Ibidem, págs. 35-36.
  6. El «compromiso belarminiano» fue el sofisticado medio epistemológico por el cual separación entre ciencia y religión, es decir, entre la tendencia materialista inherente a la ciencia moderna, cuya carga explosiva debía ser desactivada, es decir, el potencial de subversión de las estructuras socioculturales vigentes encarnadas por la burguesía del siglo XVII -que era la clase a la que pertenecían o contemplaban los exponentes de la «revolución científica»- y la ontología religiosa tradicional, considerado como la garantía más segura de la preservación de dichos acuerdos. Sobre la categoría histórico-filosófica de “compromiso belarminiano”, elaborada por György Lukács en ‘obra magna’, Ontología del ser social, es útil consultar el trabajo del escritor, titulado Galileo, Roberto y la verdad, disponible en Internet en la siguiente dirección: https://www.sinistrainrete.info/libri/15876-galileo-roberto-e-la-verita.html.
  7. Para un análisis epistemológico y filosófico en profundidad de los fundamentos de “la nueva física”, realizado a la luz del materialismo dialéctico, véase el siguiente artículo: https://www.sinistrainrete.info/filosofia/32469-eros-barone-il-problema-dell-oggettivita-in-meccanica-quantistica-fra-realismo-e-soggettivismo.html.
  8. Véase l’Introducción marxista a la Crítica de la economía política (1857), y en particular el tercer capítulo relativo a El método de la economía política. La obra se puede consultar online en la siguiente dirección: https://www.marxists.org/italiano/marx-engels/1857/introec/index.htm#topp.
  9. VI Lenin, Cuadernos filosóficos, Feltrinelli, Milán 1970, pág. 245 y passim.
  10. K. Marx, La Pobreza de la filosofía, Editori Riuniti, Roma 1969 (edición original. 1846), págs. 151-162.
  11. Ibíd, pág. 287.

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