Jorge Rafael Videla asume el poder tras el golpe de marzo de 1976 en Argentina
Julián Bokser, Counter Punch
Han pasado cincuenta años desde el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, uno de los capítulos más trágicos de la historia reciente de Argentina: una dictadura que combinó el terrorismo de Estado con una transformación estructural de su economía. A lo largo del siglo XX, el país experimentó seis interrupciones de su orden democrático —en 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976—, pero el último golpe marcó el comienzo del ciclo más violento. En coordinación con otras dictaduras del Cono Sur y con el respaldo del gobierno de Estados Unidos, el régimen militar llevó a cabo un plan sistemático de represión, desaparición y disciplina social.
Las cifras sirven para ilustrar la magnitud del horror: 30.000 personas desaparecidas, más de 900 centros clandestinos de detención, tortura y exterminio, alrededor de 500 niños apropiados y casi medio millón de exiliados. Lejos de ser excesos aislados, estos crímenes constituyeron una política de Estado deliberada. No eran desviaciones de un sistema, sino de su lenguaje. La violencia no era un exceso; era el método. La represión se coordinó a escala regional a través de la Operación Cóndor, que integró a Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay y Bolivia en un sistema de persecución transnacional. La violencia no sólo buscaba eliminar a los oponentes: tenía como objetivo desmantelar las organizaciones sociales, debilitar la capacidad de resistencia colectiva e imponer un nuevo orden. La dictadura no sólo cerró la democracia:reconfiguró la estructura productiva del país. El objetivo era sustituir un modelo industrial orientado al mercado interno por uno basado en la especulación financiera, la apertura externa y el endeudamiento.
En este marco se produjo una de las redistribuciones regresivas del ingreso más profundas de la historia argentina. La participación de los trabajadores’ en el ingreso nacional cayó del 45 por ciento al 25 por ciento entre 1976 y 1977. La devaluación de 1978 erosionó aún más los salarios, mientras que entre 1976 y 1983 más de 20.000 fábricas cerraron y el empleo industrial disminuyó constantemente. El ataque al mundo del trabajo fue sistemático. Se eliminaron los derechos laborales, se restringió la actividad sindical y se debilitó la capacidad de negociación colectiva—efectos que persistieron incluso después del retorno a la democracia. Al mismo tiempo, la deuda externa se multiplicó, superando los 45.000 millones de dólares, dinero que se utilizó en gran medida para financiar la fuga de capitales. Una parte sustancial de la deuda privada también fue nacionalizada, trasladando sus costos a la sociedad en su conjunto.
Las consecuencias sociales fueron inmediatas: entre 1974 y 1982, la pobreza aumentó del 4,6 por ciento al 22 por ciento, el PIB per cápita cayó un 14 por ciento y la industria se contrajo un 15 por ciento. De esta manera, se consolidó un modelo económico basado en el sector primario, dependiente del financiamiento externo y vulnerable a los ciclos internacionales. El legado de ese proceso no fue meramente económico. También dejó atrás una estructura de poder que dio forma al desarrollo del país durante décadas, con el Fondo Monetario Internacional operando como un actor central en la gestión de la deuda y sus consecuencias políticas.
Jorge Luis Borges, quizás el escritor más importante de la literatura argentina, asistió a una sesión del histórico juicio a las juntas militares celebrado en 1985, donde se acuñó la frase que se convertiría en lema y símbolo de la lucha de las organizaciones de derechos humanos a nivel mundial: Nunca más. Ese día escuchó el valiente testimonio de Víctor Basterra. Secuestrado en 1979 junto con su esposa y su hija, Basterra fue llevado a la ESMA, el centro de detención clandestino más grande del país. Trabajador de artes gráficas, soportó torturas durante su cautiverio y logró, en secreto, tomar y salvaguardar fotografías tanto de otros detenidos como de sus captores. Esas imágenes fueron y siguen siendo claves para las condenas del personal militar en los juicios que continúan hasta el día de hoy. Después de escucharlo y conmovido por esa experiencia,Borges describió magistralmente el cinismo y la crueldad de los torturadores:
De las muchas cosas que escuché esa tarde y espero olvidar, contaré la que más me afectó, para liberarme de ella. Ocurrió el 24 de diciembre. Llevaron a todos los prisioneros a una habitación donde nunca antes habían estado. No sin cierto asombro vieron una larga mesa puesta. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Luego llegaron las delicias. Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y sabían muy bien que serían torturados al día siguiente. Apareció el Señor de aquel Infierno y les deseó una Feliz NavidadMedio siglo después del inicio de la dictadura, el rumbo económico del gobierno de Javier Milei continúa por el mismo camino marcado por el régimen militar. Los planes parecen ser copias exactas de los de la dictadura, y es evidente la persistencia de un programa que reproduce un patrón familiar con consecuencias nefastas para los trabajadores y sus familias: concentración de la riqueza, endeudamiento, desindustrialización y deterioro de las condiciones de vida. No se trata simplemente de un programa económico, sino del dominio de los mismos grupos económicos que dirigen el rumbo del país según sus propios intereses.
El vínculo entre Washington y Buenos Aires vuelve a tomar forma bajo una lógica de dependencia arraigada en la última dictadura. Lo ocurrido en Argentina no puede verse de forma aislada, sino como parte de un patrón regional en el que varios países latinoamericanos buscan reintegrarse a la economía global en condiciones de dependencia, a través de ciclos de endeudamiento y austeridad.
Sin embargo, la historia de Argentina también es de resistencia. Cincuenta años después del golpe, la memoria de los 30.000 desapareció y la persistencia de las organizaciones de derechos humanos sigue sirviendo como base ética y política desde la cual amplios sectores de la sociedad desafían la dirección del país.

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