Santiago Mondéjar, Geopolitika
El cambio conceptual que aquí se propone tiene consecuencias decisivas para la forma en que se entiende la temporalidad misma. El tiempo ya no puede concebirse como un marco externo en el que se desarrollan los procesos ni como un contenedor neutral que simplemente alberga acontecimientos ya constituidos en sí mismos. Más bien, el tiempo debe entenderse como la expresión misma de la dinámica real, inseparable de los procesos que articula. Decir que los fenómenos ocurren «en el tiempo» ya es imponer un esquema representacional que malinterpreta la naturaleza del devenir. No hay procesos situados dentro del tiempo como un medio preexistente; en cambio, hay una temporalización de lo real en sí mismo. La temporalidad no es el telón de fondo del cambio, sino su modo inmanente de articulación, una posición que encuentra su primera articulación filosófica en las críticas al tiempo sustancialista que se extienden desde las aporías de Aristóteles sobre la kinesis hasta la metafísica contemporánea del proceso (Aristóteles, 1998; Rescher, 1996).
Esta reorientación se basa en una intuición ya articulada con fuerza en las críticas a la espacialización del tiempo, según las cuales la tendencia metafísica dominante ha sido tratar la duración como si fuera una extensión homogénea, divisible en unidades discretas análogas a los puntos en el espacio. Tal concepción solo hace inteligible el cambio inmovilizándolo, sustituyendo la continuidad por la sucesión y reduciendo el devenir a una serie de estados estáticos. En contra de esta visión, la temporalidad debe entenderse como cualitativa, intensiva e internamente diferenciada, una durée irreducible a la representación cuantitativa (Bergson, 1907/1998). No está compuesta por instantes, sino por tensiones, ritmos y modulaciones que no pueden captarse adecuadamente mediante metáforas espaciales sin distorsión.
Una vez que el tiempo se reconcibe de esta manera, la causalidad ya no puede conservar su forma tradicional. El modelo clásico, que presupone causas discretas que producen efectos discretos en sucesión lineal, se basa en el mismo contenedor temporal que ahora ha sido desplazado. Si la temporalidad es interna a los procesos, entonces la causalidad no puede ser una relación externa entre eventos ya constituidos. La causa y el efecto no son entidades separables o momentos aislados, sino fases diferenciadas dentro de una única dinámica continua. Designan articulaciones asimétricas del mismo proceso en lugar de relaciones independientes vinculadas por una relación extrínseca. Esto resuena con las críticas orientadas al proceso de la causalidad eficiente que sustituyen la determinación lineal por patrones de autodiferenciación y restricción interna (Whitehead, 1978; Rescher, 1996).
Desde este punto de vista, la causalidad es inmanente y se modula a sí misma. Un proceso no se desarrolla porque se actúe sobre él desde el exterior, sino porque sus tensiones internas y sus restricciones relacionales dan lugar a transformaciones diferenciales. Lo que retrospectivamente parece una causa es, en realidad, un momento de relativa estabilidad dentro de un flujo que ya está en movimiento; lo que parece un efecto es una modulación adicional de ese mismo flujo. La distinción sigue siendo indispensable desde el punto de vista operativo, pero ya no es ontológicamente fundamental. Funciona como una herramienta conceptual más que como una frontera metafísica. En este sentido, la causalidad se replantea no como una relación entre sustancias, sino como una articulación del devenir, un movimiento coherente con las filosofías que privilegian la diferencia, la repetición y la génesis interna sobre la identidad y la determinación externa (Deleuze, 1968/1994).
Dentro de este marco, el problema de la emergencia también se transforma. Tradicionalmente, la emergencia se ha planteado como un rompecabezas ontológico: ¿cómo pueden surgir entidades, propiedades o niveles de realidad genuinamente nuevos a partir de un sustrato que aparentemente carece de ellos? Esta formulación presupone una ontología estratificada compuesta por capas heterogéneas, entre las que de alguna manera deben salvarse las brechas explicativas. La dificultad radica entonces en dar cuenta de la novedad sin invocar ni la eliminación reductiva ni misteriosos saltos del ser. Los debates contemporáneos sobre la emergencia suelen oscilar entre estos dos polos insatisfactorios.
Sin embargo, una vez que se entiende la realidad como fundamentalmente procesual y reológica, la emergencia deja de ser un enigma ontológico y se convierte en un fenómeno dinámico. Lo que emerge no es la aparición repentina de nuevas entidades ex nihilo, sino la estabilización de patrones novedosos dentro de un campo de procesos ya en curso. La emergencia denomina un cambio de régimen más que una ruptura en el ser. Es la consolidación de ciertas relaciones, ritmos o restricciones en configuraciones relativamente estables que exhiben un grado de autonomía con respecto a sus condiciones de formación. Esta concepción se alinea con las explicaciones de la individuación que enfatizan la metaestabilidad, las transiciones de fase y la resolución progresiva de tensiones más que la instanciación de formas preestablecidas (Simondon, 1964/2005).
La reología, entendida aquí no solo como el estudio del flujo de materiales, sino como una teoría general de la consistencia dinámica y la transformación, proporciona los recursos conceptuales para articular este fenómeno sin fragmentar la realidad en dominios inconmensurables. Según la reología, los procesos no difieren por pertenecer a estratos ontológicos distintos, sino por operar a diferentes escalas, velocidades y grados de estabilidad.
Lo que distingue un proceso químico de uno biológico, o un proceso biológico de uno social, no es la introducción de un nuevo tipo de ser, sino la aparición de nuevas restricciones dinámicas y modos de organización que estabilizan ciertos patrones sin dejar de ser continuos con los procesos de los que surgen. Esta continuidad sin reducción evita tanto la ontología clásica de la sustancia como las reificaciones contemporáneas orientadas a los objetos, que corren el riesgo de restablecer entidades retiradas como primitivas metafísicas (Harman, 2011; Harman, 2018).
Esta continuidad no implica homogeneidad. Por el contrario, permite una complejidad y una diferenciación genuinas sin recurrir a la discontinuidad ontológica. Las dinámicas que operan a diferentes escalas pueden interactuar, limitarse y modularse entre sí, dando lugar a estructuras multinivel sin postular capas irreducibles de realidad. La estabilidad en sí misma se entiende como un logro temporal más que como un dado metafísico: una configuración metaestable que persiste mientras se mantengan las condiciones que la sustentan. En este sentido, las entidades no son componentes fundamentales de la realidad, sino resultados provisionales de procesos dinámicos, una idea que encuentra una fuerte resonancia tanto en la filosofía del proceso como en las teorías de la individuación (Whitehead, 1978; Simondon, 1964/2005).
Las implicaciones epistemológicas de esta perspectiva son igualmente trascendentales. Si la realidad es intrínsecamente dinámica y relacional, el conocimiento no puede concebirse como la aprehensión pasiva de esencias estáticas o el reflejo de un mundo ya constituido. El ideal epistemológico clásico de la representación presupone una separación entre un sujeto conocedor y un objeto estable, una separación que refleja los dualismos ontológicos ya cuestionados. Dentro de un marco procesual, este modelo se vuelve cada vez más insostenible, especialmente a la luz de las filosofías que ponen en primer plano la primacía del acto, la respectividad y el compromiso sensible con la realidad (Zubiri, 1962; Zubiri, 1980).
Conocer no es captar la realidad tal y como es «en sí misma», sino intervenir en el flujo de lo real estableciendo distinciones operativas que hacen inteligibles y manejables ciertas dinámicas. El conocimiento consiste en trazar cortes dentro de la continuidad, construir modelos que aíslen las variables relevantes y poner a prueba su capacidad para funcionar en contextos complejos y en evolución. Estos cortes no son ni arbitrarios ni absolutos. Se justifican por su eficacia operativa más que por su correspondencia con un sustrato metafísico.
En este sentido, la actividad epistémica es en sí misma un proceso dinámico integrado en la realidad que busca comprender. En consecuencia, la verdad ya no puede definirse principalmente en términos de adecuación a una sustancia inmutable. En cambio, debe entenderse en términos de coherencia operativa y fecundidad explicativa. Un modelo o teoría es verdadero en la medida en que se integra de manera coherente en una red de prácticas, orienta con éxito la intervención y demuestra ser capaz de ser revisado y ampliado a medida que cambian las condiciones.
Esta visión resuena con epistemologías procesuales de corte pragmático, al tiempo que evita caer en el mero instrumentalismo (Rescher, 1996). La verdad es histórica sin ser meramente relativa; está situada sin ser subjetiva. Esto no implica una reducción instrumentalista del conocimiento a la utilidad, ni una disolución relativista de los estándares epistémicos. Por el contrario, exige una evaluación más rigurosa de las herramientas conceptuales, que tenga en cuenta seriamente sus límites, sus ámbitos de aplicabilidad y su susceptibilidad a la transformación. El abandono de las esencias estáticas no debilita la epistemología, sino que la reorienta hacia las condiciones concretas en las que se produce, estabiliza y revisa el conocimiento. El conocimiento se convierte en un logro más que en una posesión.
Por lo tanto, el desplazamiento de la ontología por la reología no debe interpretarse erróneamente como el abandono de la metafísica. Lo que está en juego no es el rechazo de la investigación metafísica, sino su transformación. La metafísica no se disuelve, sino que se sublima: se eleva a un nivel en el que sus preguntas se reformulan de acuerdo con el carácter dinámico de la realidad misma. Esta sublimación puede entenderse, en un registro ampliamente junguiano, como un universalismo metanoico basado no en principios abstractos, sino en las profundas estructuras arquetípicas a través de las cuales se ha articulado históricamente el significado, siendo el mito el repositorio paradigmático de tales estructuras.
Invocar el mito en este contexto no es retroceder al pensamiento precrítico, sino reconocer que la inteligibilidad metafísica siempre ha estado mediada por formas simbólicas que exceden la representación literal.
Los mitos no funcionan como explicaciones protocientíficas, sino como marcos para orientar el pensamiento dentro de un mundo experimentado como dinámico, ambiguo y generativo. Reintegrados en un nivel superior de abstracción, contribuyen a una metafísica que ya no se fija en el ser como sustancia, sino que se sintoniza con el devenir como estructura, un movimiento que se hace eco de los intentos de pensar la esencia no como quidditas estáticas, sino como momento estructural de la realidad misma (Zubiri, 1962).
Al renunciar a la entidad como categoría metafísica fundamental, la reología libera el pensamiento de una herencia conceptual que se ha vuelto cada vez más inadecuada para el conocimiento contemporáneo. El privilegio de la entidad presupone la estabilidad, la identidad y la separabilidad como primarias, relegando el cambio, la relación y el proceso a un estatus secundario. Al hacerlo, oscurece la dinámica misma que genera y sostiene lo que parece estable. La reología propone la inversión de esta prioridad, tratando la estabilidad como derivada y la identidad como provisional, una postura que atraviesa tanto la ontología clásica como los recientes renacimientos metafísicos centrados en el objeto (Harman, 2018).
Donde la ontología buscaba el reposo, la reología asume el movimiento; donde se buscaban fundamentos, analiza las restricciones dinámicas; y donde se afirmaban identidades fijas, examina los procesos de individuación que son siempre incompletos y revisables. La individuación no es la actualización de una esencia preestablecida, sino la negociación continua de tensiones internas y externas que producen una coherencia relativa sin cierre definitivo (Simondon, 1964/2005). Lo que algo es no puede separarse de cómo persiste, se transforma e interactúa.
En este cambio silencioso pero categórico, está en juego una profunda transformación de la metafísica contemporánea. Es silencioso en la medida en que no se anuncia a través de la polémica o la ruptura, sino a través de una reconfiguración gradual de conceptos cuyas consecuencias solo se hacen evidentes con el tiempo. Es categórico en la medida en que altera los propios términos en los que se plantean las cuestiones metafísicas.
La elaboración sistemática de esta transformación sigue abierta, no porque carezca de coherencia, sino porque rechaza un cierre prematuro. Sin embargo, su necesidad teórica es cada vez más difícil de ignorar, ya que las exigencias de la ciencia, la epistemología y la teoría social contemporáneas convergen en los límites de la ontología basada en la sustancia y reclaman una metafísica capaz de pensar la realidad en movimiento.
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Referencias:
- Agamben, Giorgio. Stasis. La guerra civil como paradigma político. Valencia: Pre-Textos, 2015.
- Agamben, Giorgio. Homo sacer. Valencia: Pre-Textos, 1998.
- Ayer, A. J. Language, Truth and Logic. London: Victor Gollancz, 1936.
- Baudrillard, Jean. Simulacres et simulation. Paris: Galilée, 1981.
- Gödel, Kurt. “Über formal unentscheidbare Sätze der Principia Mathematica und verwandter Systeme I”. Monatshefte für Mathematik und Physik, 38 (1931).
- Heidegger, Martin. Sein und Zeit. Tübingen: Max Niemeyer, 1927.
- Heidegger, Martin. Die Frage nach der Technik. Stuttgart: Klett-Cotta, 1954.
- Humboldt, Wilhelm von. Über die Verschiedenheit des menschlichen Sprachbaues. Berlin, 1836.
- James, William. Pragmatism. New York: Longmans, Green & Co., 1907.
- MacIntyre, Alasdair. After Virtue. Notre Dame: University of Notre Dame Press, 1981.
- Rorty, Richard. Philosophy and the Mirror of Nature. Princeton: Princeton University Press, 1979.
- Wittgenstein, Ludwig. Tractatus Logico-Philosophicus. London: Routledge & Kegan Paul, 1922.
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Ver también:
- Filosofía de la Historia, decadencia y fin de la Historia
Naif Al Bidh. 13/10/2024 - Cogito interruptus: la época que ha dejado de pensar
Diego Fusaro. 7/09/2025 - El fin de la Civilización Occidental y el Futuro de la Humanidad
27/11/2023 - La decadencia de Occidente no es un naufragio, sino una lenta puesta de sol
David Engels. 28/10/2024

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