Europa ha rechazado repetidamente la paz con Rusia en momentos en que se podría haber alcanzado un acuerdo negociado, y tales negativas han demostrado ser profundamente contraproducentes
Jeffrey D. Sachs, Sinistra in Rete
Desde el siglo XIX hasta el presente, las preocupaciones de seguridad de Rusia han sido tratadas no como intereses legítimos que deben negociarse dentro de un orden europeo más amplio, sino como transgresiones morales que deben contrarrestarse, contenerse o ignorarse.
Este patrón se ha mantenido inalterado incluso bajo regímenes rusos radicalmente diferentes –zarista, soviético y postsoviético–, lo que sugiere que el problema no radica principalmente en la ideología rusa, sino en la persistente negativa de Europa a reconocer a Rusia como un actor de seguridad legítimo e igualitario.
Mi tesis no es que Rusia haya sido completamente benigna o confiable. Más bien, es que Europa ha aplicado sistemáticamente un doble rasero en su interpretación de la seguridad.
Europa considera que su uso de la fuerza, la creación de alianzas y su influencia imperial o postimperial son normales y legítimos, mientras que interpreta el comportamiento similar de Rusia, especialmente cerca de sus fronteras, como inherentemente desestabilizador e ilegítimo.
Esta asimetría ha reducido el espacio diplomático, deslegitimado el compromiso y aumentado la probabilidad de una guerra. Asimismo, este círculo vicioso sigue siendo la característica definitoria de las relaciones euro-rusas en el siglo XXI.
Un error recurrente a lo largo de la historia ha sido la incapacidad, o la negativa, de Europa a distinguir entre la agresión rusa y su comportamiento en busca de seguridad. En diversas ocasiones, las acciones interpretadas en Europa como evidencia del expansionismo inherente de Rusia fueron, desde la perspectiva de Moscú, intentos de reducir la vulnerabilidad en un entorno percibido como cada vez más hostil.
Mientras tanto, Europa ha interpretado consistentemente su construcción de alianzas, sus despliegues militares y su expansión institucional como acciones benévolas y defensivas, incluso cuando dichas medidas redujeron directamente la profundidad estratégica de Rusia.
Esta asimetría subyace al dilema de seguridad que ha llevado repetidamente a la escalada del conflicto: la defensa de un lado se considera legítima, mientras que el temor del otro lado se descarta como paranoia o mala fe.
La rusofobia occidental no debe entenderse principalmente como hostilidad emocional hacia los rusos o la cultura rusa. Más bien, opera como un prejuicio estructural arraigado en el pensamiento de seguridad europeo: la suposición de que Rusia es una excepción a las normas diplomáticas habituales.
Aunque se presume que otras grandes potencias tienen intereses de seguridad legítimos que deben equilibrarse y tenerse en cuenta, los intereses de Rusia se consideran ilegítimos hasta que se demuestre lo contrario.
Esta suposición sobrevive a los cambios de régimen, ideología y liderazgo. Transforma los desacuerdos políticos en absolutos morales y hace sospechoso el compromiso. En consecuencia, la rusofobia funciona menos como un sentimiento que como una distorsión sistémica, socavando repetidamente la propia seguridad de Europa.
Rastreo este patrón a través de cuatro arcos históricos principales. Primero, examino el siglo XIX, comenzando con el papel central de Rusia en el Concierto Europeo después de 1815 y su posterior transformación en la amenaza designada para Europa.
La guerra de Crimea surge como el trauma fundador de la rusofobia moderna: una guerra elegida por Gran Bretaña y Francia a pesar de la posibilidad de un compromiso diplomático, impulsada por la hostilidad moralizada y la ansiedad imperial en Occidente más que por una necesidad inevitable.
El memorándum de Pogodin de 1853 sobre los dobles estándares de Occidente, con la famosa nota marginal del zar Nicolás I: «Éste es el quid de la cuestión», no es sólo una anécdota, sino una clave analítica de los dobles estándares de Europa y de los comprensibles temores y resentimientos de Rusia.
En segundo lugar, me refiero al período revolucionario y de entreguerras, cuando Europa y Estados Unidos pasaron de la rivalidad con Rusia a la intervención directa en los asuntos internos rusos.
Examino en detalle las intervenciones militares occidentales durante la Guerra Civil Rusa, la negativa a integrar a la Unión Soviética en un sistema duradero de seguridad colectiva en las décadas de 1920 y 1930, y el catastrófico fracaso de la alianza contra el fascismo, basándome particularmente en el trabajo de archivo de Michael Jabara Carley.
El resultado no fue la contención del poder soviético, sino el colapso de la seguridad europea y la devastación del propio continente en la Segunda Guerra Mundial.
En tercer lugar, el estallido de la Guerra Fría debería haber sido un punto de inflexión hacia un cambio radical; sin embargo, Europa volvió a rechazar la paz cuando podría haberla asegurado.
Aunque la Conferencia de Potsdam había alcanzado un acuerdo sobre la desmilitarización de Alemania, Occidente posteriormente incumplió dicho acuerdo. Siete años después, Occidente rechazó de forma similar la nota de Stalin, que proponía la reunificación de Alemania sobre la base de la neutralidad.
El rechazo de la reunificación por parte del canciller [de Alemania Occidental] Konrad Adenauer —a pesar de la clara evidencia de que la oferta [de Stalin] era sincera— consolidó la división de Alemania de la posguerra, fortaleció la confrontación entre bloques y encerró a Europa en décadas de militarización.
Finalmente, analizo el período posterior a la Guerra Fría, cuando Europa tuvo la oportunidad más clara de escapar de este ciclo destructivo. La visión de Gorbachov de una «Casa Común Europea» y la Carta de París articularon un orden de seguridad basado en la inclusión y la indivisibilidad.
Europa, en cambio, optó por la expansión de la OTAN, la asimetría institucional y una arquitectura de seguridad construida en torno a Rusia, en lugar de con ella. Esta decisión no fue casual. Reflejó una gran estrategia angloamericana —articulada muy explícitamente por Zbigniew Brzezinski— que consideraba a Eurasia el escenario central de la competencia global y a Rusia una potencia a la que se debía impedir que consolidara su seguridad o influencia.
Las consecuencias de este largo período de indiferencia hacia las preocupaciones de seguridad de Rusia son ahora claramente evidentes. La guerra en Ucrania, el colapso del control de armas nucleares, las crisis energéticas e industriales de Europa, la nueva carrera armamentística europea, la fragmentación política de la UE y la pérdida de autonomía estratégica de Europa no son anomalías.
Éstos son los costos acumulativos de dos siglos de negativa de Europa a tomar en serio las preocupaciones de seguridad de Rusia.
Mi conclusión es que la paz con Rusia no requiere una confianza ingenua. Más bien, requiere reconocer que no se puede construir una seguridad europea duradera negando la legitimidad de los intereses de seguridad de Rusia.
Hasta que Europa abandone este reflejo, seguirá atrapada en un círculo vicioso en el que rechazará la paz cuando esté disponible y pagará precios cada vez más altos por ella.
Los orígenes de la rusofobia estructural
El fracaso recurrente de Europa en construir la paz con Rusia no se debe principalmente a [Vladimir] Putin, el comunismo ni la ideología del siglo XX. Es mucho más antiguo y estructural. En repetidas ocasiones, Europa ha tratado las preocupaciones de seguridad de Rusia no como intereses legítimos sujetos a negociación, sino como transgresiones morales.
En este sentido, la historia comienza con la transformación de Rusia en el siglo XIX, desde co-garante del equilibrio de poder europeo a amenaza designada para el continente.
Tras la derrota de Napoleón en 1815, Rusia dejó de ser un elemento marginal de Europa para convertirse en parte integral de ella. Rusia contribuyó decisivamente a la derrota de Napoleón, y el zar fue uno de los principales artífices del orden posnapoleónico.
El Concierto para Europa se basó en una premisa implícita: la paz requiere que las grandes potencias se acepten mutuamente como actores legítimos y gestionen las crisis mediante consultas en lugar de una demonización moralista.
Sin embargo, en el transcurso de una generación, una contrapropuesta había echado raíces en la cultura política británica y francesa: Rusia no era una gran potencia normal, sino un peligro para la civilización, cuyas demandas, incluso cuando eran locales y defensivas, debían considerarse intrínsecamente expansionistas y, por lo tanto, inaceptables.
Este cambio se describe con extraordinaria claridad en un documento destacado por Orlando Figes en The Crimean War: A History (2010) como escrito en el momento crucial entre la diplomacia y la guerra: el memorándum de Mijail Pogodin al zar Nicolás I en 1853.
Pogodin enumera episodios de coerción occidental y violencia imperial (conquistas distantes y guerras de elección) y los contrasta con la indignación de Europa ante las acciones rusas en regiones adyacentes:
Francia le quita Argelia a Turquía, y casi todos los años Inglaterra anexa otro principado indio: nada de esto altera el equilibrio de poder; pero cuando Rusia ocupa Moldavia y Valaquia, aunque sea temporalmente, altera el equilibrio de poder.
Francia ocupa Roma y permanece allí varios años en paz: esto no es nada; pero Rusia solo piensa en ocupar Constantinopla, y la paz en Europa se ve amenazada. Los ingleses declaran la guerra a los chinos, quienes parecen haberlos ofendido: nadie tiene derecho a intervenir; pero Rusia está obligada a pedir permiso a Europa si se enfrenta a su vecino.
Inglaterra amenaza a Grecia con apoyar las falsas reivindicaciones de un miserable judío y quema su flota: es una acción legítima; pero Rusia exige un tratado para proteger a millones de cristianos, y esto es visto como un fortalecimiento de su posición en Oriente a expensas del equilibrio de poder.
Pogodin concluye: “No podemos esperar nada de Occidente excepto odio ciego y malicia”, a lo que Nicolás escribió en el margen la famosa frase: “Ese es el punto”.
El intercambio entre Pogodin y Nicolás es importante porque enmarca la patología recurrente que reaparece en cada episodio significativo posterior. Europa ha insistido repetidamente en la legitimidad universal de sus afirmaciones de seguridad, mientras que considera las de Rusia falsas o sospechosas.
Esta posición crea un tipo particular de inestabilidad: hace que el compromiso sea políticamente ilegítimo en las capitales occidentales y provoca que la diplomacia fracase no porque sea imposible llegar a un acuerdo, sino porque reconocer los intereses de Rusia se considera un error moral.
“…una contrapropuesta se apoderó de la cultura política británica y francesa: Rusia no era una gran potencia normal, sino un peligro para la civilización, cuyas demandas, incluso cuando eran locales y defensivas, debían considerarse intrínsecamente expansionistas y, por lo tanto, inaceptables”.
La Guerra de Crimea fue la primera manifestación decisiva de esta dinámica. Si bien la crisis inmediata se centró en el declive del Imperio Otomano y las disputas sobre los lugares de culto, la cuestión de fondo era si se permitiría a Rusia asegurar una posición reconocida en las regiones del Mar Negro y los Balcanes sin ser tratada como un depredador.
Las reconstrucciones diplomáticas modernas destacan que la crisis de Crimea se diferenció de las “crisis orientales” anteriores porque los hábitos de cooperación del Concierto ya se estaban erosionando y la opinión pública británica se había inclinado hacia una posición extremadamente antirrusa que reducía el margen para el acuerdo.
Lo que hace que este episodio sea tan significativo es que fue posible llegar a una solución negociada. La Nota de Viena pretendía conciliar las preocupaciones rusas con la soberanía otomana y preservar la paz. Sin embargo, fracasó debido a la desconfianza y a los incentivos políticos para la escalada.
La Guerra de Crimea se desató a continuación. No era "necesaria" en un sentido estrictamente estratégico; se hizo probable porque el compromiso británico-francés con Rusia se había vuelto políticamente tóxico.
Las consecuencias fueron contraproducentes para Europa: gran número de víctimas, ninguna estructura de seguridad duradera y la consolidación de un reflejo ideológico que consideraba a Rusia la excepción a las negociaciones normales entre grandes potencias.
En otras palabras, Europa no logró la seguridad ignorando las preocupaciones de seguridad de Rusia. Más bien, creó un ciclo más largo de hostilidad que dificultó la gestión de las crisis posteriores.
La campaña militar de Occidente contra el bolchevismo
Este ciclo continuó hasta la revolución de 1917. Cuando el régimen ruso cambió, Occidente no pasó de la rivalidad a la neutralidad, sino que intervino activamente, considerando intolerable la existencia de un Estado ruso soberano fuera de su tutela.
La Revolución Bolchevique y la posterior guerra civil dieron lugar a un complejo conflicto que involucró a los rojos, los blancos, movimientos nacionalistas y ejércitos extranjeros. Es fundamental destacar que las potencias occidentales no se limitaron a observar el resultado.
Intervinieron militarmente en Rusia en vastas áreas –el norte de Rusia, los accesos al Báltico, el Mar Negro, Siberia y el Lejano Oriente– con justificaciones que rápidamente pasaron de la logística de guerra al cambio de régimen.
Se puede reconocer la motivación “oficial” estándar para la intervención inicial: el temor de que los suministros de guerra cayeran en manos alemanas después de la salida de Rusia de la Primera Guerra Mundial y el deseo de reabrir un frente oriental.
Sin embargo, tras la rendición de Alemania en noviembre de 1918, la intervención no cesó, sino que experimentó una transformación. Esta transformación explica la importancia del episodio: revela la disposición, incluso en medio de la devastación de la Primera Guerra Mundial, a usar la fuerza para moldear el futuro político interno de Rusia.
El libro de David Foglesong de 1995, La guerra secreta de Estados Unidos contra el bolchevismo —publicado por UNC Press y que sigue siendo el texto de referencia para los estudios de política estadounidense— capta esto a la perfección. Foglesong describe la intervención de Estados Unidos no como un acontecimiento secundario y confuso, sino como un esfuerzo sostenido para impedir que el bolchevismo consolidara su poder.
Recientes narraciones históricas de alta calidad han vuelto a poner este episodio en el centro de atención; en particular, A Nasty Little War (2024), de Anna Reid, describe la intervención occidental como un esfuerzo mal ejecutado pero deliberado para derrocar la Revolución bolchevique de 1917.
El alcance geográfico en sí mismo es significativo, ya que desmiente las posteriores afirmaciones occidentales de que los temores rusos eran mera paranoia. Las fuerzas aliadas desembarcaron en Arkhangelsk y Múrmansk para operar en el norte de Rusia; entraron en Siberia a través de Vladivostok y a lo largo de los corredores ferroviarios; las fuerzas japonesas se desplegaron a gran escala en el Lejano Oriente; y en el sur, desembarcaron y operaron en los alrededores de Odesa y Sebastopol.
Incluso un simple repaso de las fechas y los teatros de la intervención –desde noviembre de 1917 hasta principios de la década de 1920– demuestra la persistencia de la presencia extranjera y la inmensidad de su alcance.
Esto no fue un simple "consejo" ni una presencia simbólica. Las fuerzas occidentales suministraron armas y, en algunos casos, supervisaron eficazmente a las fuerzas blancas. Las potencias intervinientes permanecieron enredadas en la inmoralidad moral y política de las políticas blancas, incluyendo sus agendas reaccionarias y sus violentas atrocidades.
Esta realidad hace que el episodio sea particularmente corrosivo para las narrativas morales occidentales: Occidente no se opuso simplemente al bolchevismo, sino que a menudo lo hizo aliándose con fuerzas cuya brutalidad y objetivos bélicos estaban en total desacuerdo con las posteriores reivindicaciones occidentales de legitimidad liberal.
Desde la perspectiva de Moscú, esta intervención confirmó la advertencia que Pogodin había hecho décadas antes: Europa y Estados Unidos estaban preparados para recurrir a la fuerza para decidir si se permitiría a Rusia existir como potencia autónoma.
Este episodio se convirtió en un elemento central de la memoria soviética, reforzando la creencia de que las potencias occidentales habían intentado sofocar la revolución de raíz. Demostró que la retórica moral occidental sobre la paz y el orden podía coexistir perfectamente con las campañas coercitivas cuando la soberanía rusa estaba en juego.
La intervención también tuvo una consecuencia secundaria crucial. Al entrar en la Guerra Civil Rusa, Occidente, sin darse cuenta, fortaleció la legitimidad interna de los bolcheviques.
La presencia de ejércitos extranjeros y de fuerzas blancas apoyadas desde el extranjero permitió a los bolcheviques afirmar que estaban defendiendo la independencia rusa del cerco imperial.
Los relatos históricos destacan constantemente la eficacia con la que los bolcheviques explotaron la presencia de los Aliados con fines propagandísticos y de legitimación. En otras palabras, el intento de "romper" el bolchevismo contribuyó a consolidar el mismo régimen que pretendían destruir.
Esta dinámica revela el ciclo preciso de la historia: la rusofobia resulta estratégicamente contraproducente para Europa. Impulsa a las potencias occidentales a adoptar políticas coercitivas que no resuelven el problema, sino que lo agravan. Genera resentimiento y preocupaciones de seguridad en Rusia, que los futuros líderes occidentales tacharán de paranoia irracional.
Además, limita el espacio diplomático futuro al enseñarle a Rusia —independientemente de su régimen— que las promesas occidentales de resolución pueden ser poco sinceras.
A principios de la década de 1920, con la retirada de las fuerzas extranjeras y la consolidación del Estado soviético, Europa ya había tomado dos decisiones decisivas que tendrían repercusiones durante todo el siglo siguiente.
En primer lugar, había ayudado a fomentar una cultura política que transformaba disputas manejables —como la crisis de Crimea— en guerras a gran escala al negarse a considerar legítimos los intereses rusos.
En segundo lugar, demostró mediante la intervención militar su voluntad de utilizar la fuerza no sólo para contrarrestar la expansión rusa, sino también para influir en la soberanía rusa y el resultado del régimen.
Estas decisiones no estabilizaron a Europa, sino que sentaron las bases para catástrofes posteriores: el colapso de la seguridad colectiva en el período de entreguerras, la militarización permanente de la Guerra Fría y el retorno a la escalada de tensiones fronterizas en el orden posterior a la Guerra Fría.
Seguridad colectiva y elección frente a Rusia
A mediados de la década de 1920, Europa se enfrentaba a una Rusia que había sobrevivido a todos los intentos de destruirla: revolución, guerra civil, hambruna e intervención militar extranjera directa.
El Estado soviético que emergió era pobre, traumatizado y profundamente desconfiado, pero también inequívocamente soberano. En ese preciso momento, Europa se enfrentó a una disyuntiva que se repetiría muchas veces: considerar a Rusia como un actor legítimo en materia de seguridad, cuyos intereses debían integrarse en el orden europeo, o como un forastero permanente, cuyas preocupaciones podían ignorarse, posponerse o desestimarse. Europa eligió esto último, y el coste fue enorme.
El legado de las intervenciones aliadas durante la Guerra Civil Rusa dejó una profunda huella en toda la diplomacia posterior. Desde la perspectiva de Moscú, Europa no solo había disentido de la ideología bolchevique, sino que había intentado moldear el futuro político interno de Rusia por la fuerza.
Esta experiencia fue crucial. Afectó profundamente las suposiciones soviéticas sobre las intenciones occidentales y generó un profundo escepticismo hacia las garantías occidentales. En lugar de reconocer esta historia y buscar la reconciliación, la diplomacia europea a menudo actuó como si la desconfianza soviética fuera irracional, un patrón que persistiría durante la Guerra Fría y más allá.
A lo largo de la década de 1920, Europa osciló entre el compromiso táctico y la exclusión estratégica. Tratados como el de Rapallo (1922) demostraron que Alemania, marginada tras Versalles, podía dialogar pragmáticamente con la Rusia soviética. Sin embargo, para Gran Bretaña y Francia, el diálogo con Moscú siguió siendo provisional e instrumental.
La URSS fue tolerada cuando servía a los intereses británicos y franceses, y marginada cuando no. No se hizo ningún esfuerzo serio por integrar a Rusia en una arquitectura de seguridad europea duradera en igualdad de condiciones.
Esta ambivalencia se transformó en algo mucho más peligroso y autodestructivo en la década de 1930. Si bien el ascenso de Hitler representó una amenaza existencial para Europa, las principales potencias del continente siguieron considerando al bolchevismo como el mayor peligro. No se trataba solo de retórica: esta actitud influyó concretamente en las decisiones políticas, provocando el abandono de alianzas, la postergación de garantías y el debilitamiento de la disuasión.
Es fundamental destacar que no se trató simplemente de un fracaso angloamericano, ni de que Europa se dejara arrastrar pasivamente por corrientes ideológicas. Los gobiernos europeos ejercieron su influencia, y lo hicieron de forma decisiva y desastrosa.
Francia, Gran Bretaña y Polonia tomaron repetidamente decisiones estratégicas que excluían a la Unión Soviética de los acuerdos de seguridad europeos, incluso cuando la participación soviética habría reforzado la disuasión contra la Alemania de Hitler. Los líderes franceses favorecían un sistema de garantías bilaterales en Europa del Este que preservara la influencia francesa, pero evitara la integración de seguridad con Moscú.
Polonia, con el apoyo tácito de Londres y París, negó a las fuerzas soviéticas el derecho de tránsito, incluso para defender Checoslovaquia, priorizando su temor a la presencia soviética sobre el peligro inminente de una agresión alemana. Estas no fueron decisiones triviales.
Reflejaron la preferencia de Europa por gestionar el revisionismo hitleriano en lugar de integrar el poder soviético, y por el riesgo de la expansión nazi en lugar de legitimar a Rusia como socio en materia de seguridad. En este sentido, Europa no solo fracasó en construir una seguridad colectiva con Rusia, sino que optó activamente por una lógica de seguridad alternativa que la excluía y, en última instancia, se derrumbó bajo el peso de sus propias contradicciones.
“En lugar de reconocer esta historia y buscar la reconciliación, la diplomacia europea a menudo actuó como si la desconfianza soviética fuera irracional, un patrón que persistiría durante la Guerra Fría y más allá”.
En este caso, el trabajo de archivo de Michael Jabara Carley es crucial. Su investigación demuestra que la Unión Soviética, en particular bajo el mando del Comisario de Asuntos Exteriores Maxim Litvinov, realizó esfuerzos consistentes, explícitos y bien documentados para construir un sistema de seguridad colectiva contra la Alemania nazi.
Estos no fueron gestos vagos. Incluían propuestas de tratados de asistencia mutua, coordinación militar y garantías explícitas para estados como Checoslovaquia. Carley demuestra que la entrada de la Unión Soviética en la Sociedad de Naciones en 1934 estuvo acompañada de auténticos intentos rusos de poner en práctica la disuasión colectiva, no simplemente de buscar legitimidad.
Sin embargo, estos esfuerzos chocaron con una jerarquía ideológica occidental en la que el anticomunismo prevalecía sobre el antifascismo. En Londres y París, las élites políticas temían que una alianza con Moscú legitimara el bolchevismo a nivel nacional e internacional.
Como documenta Carley, los políticos británicos y franceses se preocuparon repetidamente más por las consecuencias políticas de la cooperación con la URSS que por las amenazas de Hitler. La Unión Soviética no era vista como un socio necesario ante una amenaza común, sino como una carga que contaminaría la política europea.
Esta jerarquía tuvo profundas consecuencias estratégicas. La política de apaciguamiento de Hitler hacia Alemania no fue simplemente un error de juicio, sino el resultado de una visión del mundo que consideraba el revisionismo nazi como potencialmente controlable, mientras que el poder soviético era inherentemente subversivo.
La negativa de Polonia a conceder a las tropas soviéticas derechos de tránsito para defender Checoslovaquia —con el apoyo tácito de Occidente— es emblemática. Los Estados europeos prefirieron el riesgo de una agresión alemana a la certeza de una intervención soviética, incluso cuando esta última era explícitamente defensiva.
La culminación de este fracaso llegó en 1939. Las negociaciones anglo-francesas con la Unión Soviética en Moscú no fueron saboteadas por la duplicidad soviética, contrariamente a la mitología posterior. Fracasaron porque Gran Bretaña y Francia no estaban dispuestas a asumir compromisos vinculantes ni a reconocer a la URSS como un socio militar en igualdad de condiciones.
“…estos esfuerzos chocaron con una jerarquía ideológica occidental en la que el anticomunismo prevalecía sobre el antifascismo”.La reconstrucción de Carley muestra que las delegaciones occidentales que llegaron a Moscú carecían de poder de negociación, urgencia o apoyo político para forjar una alianza genuina. Cuando los soviéticos plantearon repetidamente la pregunta fundamental de cualquier alianza —¿Están listos para actuar?—, la respuesta, en efecto, fue no.
El Pacto Mólotov-Ribbentrop que siguió se ha utilizado desde entonces como justificación retroactiva de la desconfianza occidental. La obra de Carley desmiente esta lógica. El pacto no fue la causa del fracaso de Europa, sino su consecuencia.
Surgió tras años de negativa de Occidente a construir una seguridad colectiva con Rusia. Fue una decisión brutal, cínica y trágica, pero se tomó en un contexto en el que Gran Bretaña, Francia y Polonia ya habían rechazado la paz con Rusia, la única vía que podría haber detenido a Hitler.
El resultado fue catastrófico. Europa pagó el precio no solo con derramamiento de sangre y destrucción, sino también con la pérdida de su autonomía. La guerra que Europa no logró evitar destruyó su poder, erosionó sus sociedades y redujo el continente al principal campo de batalla de la rivalidad entre superpotencias.
Una vez más, negar la paz con Rusia no trajo seguridad, sino que provocó una guerra mucho más grave en condiciones mucho peores.
Se podría haber esperado que la magnitud de este desastre obligara a repensar el enfoque de Europa hacia Rusia después de 1945. Pero esto no sucedió.
De Potsdam a la OTAN: La arquitectura de la exclusión
Los años inmediatamente posteriores a la guerra se caracterizaron por una rápida transición de la alianza a la confrontación. Incluso antes de la rendición de Alemania, Churchill dio la impactante orden a los estrategas militares británicos de considerar un conflicto inmediato con la Unión Soviética.
La Operación Impensable, concebida en 1945, preveía el uso del poder angloamericano —e incluso de unidades alemanas rearmadas— para imponer la voluntad occidental a Rusia en 1945 o poco después.
Aunque el plan fue considerado militarmente irrealista y finalmente archivado, su mera existencia revela cuán profundamente arraigada estaba la idea de que el poder ruso era ilegítimo y debía ser limitado por la fuerza, si fuera necesario.
La diplomacia occidental con la Unión Soviética también fracasó. Europa debería haber reconocido que la Unión Soviética había soportado el peso de la derrota de Hitler, con 27 millones de bajas, y que las preocupaciones de seguridad de Rusia respecto al rearme alemán eran totalmente reales.
Europa debería haber internalizado la lección de que una paz duradera requería una aceptación explícita de las preocupaciones de seguridad clave de Rusia, especialmente la prevención de una remilitarización de Alemania que pudiera volver a amenazar las llanuras orientales de Europa.
En términos diplomáticos formales, esa lección se aceptó inicialmente. En Yalta y, de forma más decisiva, en Potsdam en el verano de 1945, los aliados victoriosos alcanzaron un consenso claro sobre los principios fundamentales que regirían la Alemania de la posguerra: desmilitarización, desnazificación, democratización, descartelización y reparaciones.
Alemania debía ser tratada como una entidad económica única; sus fuerzas armadas debían ser desmanteladas; y su futura dirección política debía determinarse sin compromisos de rearme ni alianzas.
Para la Unión Soviética, estos principios no eran abstractos, sino existenciales. Alemania había invadido Rusia dos veces en treinta años, causando estragos sin precedentes en la historia europea.
Las pérdidas soviéticas en la Segunda Guerra Mundial dieron a Moscú una perspectiva de seguridad que no puede entenderse sin reconocer dicho trauma. La neutralidad y la desmilitarización permanente de Alemania no fueron moneda de cambio, sino condiciones mínimas para un orden estable de posguerra desde la perspectiva soviética.
En la Conferencia de Potsdam de julio de 1945, estas preocupaciones se reconocieron formalmente. Los Aliados acordaron que Alemania no podría recuperar su poderío militar. El lenguaje de la conferencia fue explícito: se impediría que Alemania volviera a amenazar a sus vecinos o la paz mundial.
La Unión Soviética aceptó la división temporal de Alemania en zonas de ocupación precisamente porque dicha división había sido presentada como una necesidad administrativa y no como un acuerdo geopolítico permanente.
Sin embargo, casi de inmediato, las potencias occidentales comenzaron a reinterpretar —y luego a desmantelar discretamente— estos compromisos. El cambio se produjo porque las prioridades estratégicas de Estados Unidos y Gran Bretaña habían cambiado. Como demuestra Melvyn Leffler en A Preponderance of Power (1992), los planificadores estadounidenses rápidamente llegaron a considerar la recuperación económica alemana y su alineamiento político con Occidente más importantes que mantener una Alemania desmilitarizada aceptable para Moscú.
La Unión Soviética, otrora un aliado indispensable, fue concebida nuevamente como un adversario potencial cuya influencia en Europa debía ser contenida.
Esta reorientación precedió a cualquier crisis militar formal de la Guerra Fría. Mucho antes del Bloqueo de Berlín, la política occidental comenzó a consolidar económica y políticamente las zonas occidentales. La creación de la Bizona en 1947, seguida de la Trizona, contradijo directamente el Principio de Potsdam, que estipulaba que Alemania debía ser tratada como una sola unidad económica.
La introducción de una moneda separada en las zonas occidentales en 1948 no fue un ajuste técnico, sino un acto político decisivo que hizo que la división de Alemania fuera funcionalmente irreversible. Desde la perspectiva de Moscú, estas medidas constituyeron revisiones unilaterales del acuerdo de posguerra.
La respuesta soviética —el bloqueo de Berlín— se ha descrito a menudo como el primer acto de agresión de la Guerra Fría. Sin embargo, en contexto, parece menos un intento de conquistar Berlín Occidental que un esfuerzo coercitivo para forzar el retorno al régimen de las cuatro potencias e impedir la consolidación de un Estado independiente de Alemania Occidental.
Independientemente de si se juzga o no el bloqueo como acertado, su fundamento se basaba en el temor de que Occidente desmantelara el Acuerdo de Potsdam sin negociación alguna. Si bien el puente aéreo resolvió la crisis inmediata, no abordó el problema de fondo: el abandono de una Alemania unificada y desmilitarizada.
El punto de inflexión llegó con el estallido de la Guerra de Corea en 1950. En Washington, el conflicto no se interpretó como una guerra regional con causas específicas, sino como evidencia de una ofensiva comunista global monolítica. Esta interpretación reduccionista tuvo profundas consecuencias para Europa.
Esto proporcionó una sólida justificación política para el rearme de Alemania Occidental, algo que se había descartado explícitamente tan solo unos años antes. El razonamiento quedó ahora muy claro: sin la participación militar alemana, Europa Occidental no podía defenderse.
Este momento fue decisivo. La remilitarización de Alemania Occidental no fue impuesta por la acción soviética en Europa, sino una decisión estratégica de Estados Unidos y sus aliados en respuesta al marco globalizado de la Guerra Fría que Estados Unidos había construido.
Gran Bretaña y Francia, a pesar de sus profundas preocupaciones históricas sobre el poder alemán, se sometieron a la presión estadounidense. Cuando la propuesta Comunidad Europea de Defensa —un medio para controlar el rearme alemán— fracasó, la solución adoptada fue aún más significativa: la adhesión de Alemania Occidental a la OTAN en 1955.
Desde la perspectiva soviética, esto representó el fracaso definitivo del Acuerdo de Potsdam. Alemania ya no era neutral. Ya no estaba desmilitarizada. Ahora formaba parte de una alianza militar explícitamente orientada contra la URSS.
Éste era precisamente el resultado que los dirigentes soviéticos habían tratado de evitar desde 1945 y que el Acuerdo de Potsdam había sido diseñado para prevenir.
Es crucial enfatizar la secuencia de los acontecimientos, ya que a menudo se malinterpreta o se invierte. La división y la remilitarización de Alemania no fueron resultado de las acciones rusas. Para cuando Stalin presentó su oferta de reunificación alemana basada en la neutralidad en 1952, las potencias occidentales ya habían encaminado a Alemania hacia la integración en la alianza y el rearme.
La nota de Stalin no fue un intento de descarrilar a una Alemania neutral; fue un intento serio, documentado y finalmente rechazado de revertir un proceso que ya estaba en marcha.
Desde esta perspectiva, el acuerdo alcanzado al comienzo de la Guerra Fría no parece una respuesta inevitable a la intransigencia soviética, sino otro ejemplo en el que Europa y Estados Unidos optaron por subordinar las preocupaciones de seguridad de Rusia a la arquitectura de la alianza de la OTAN.
La neutralidad alemana fue rechazada no porque fuera inviable, sino porque entraba en conflicto con una visión estratégica occidental que priorizaba la cohesión del bloque y el liderazgo estadounidense por sobre un orden de seguridad europeo inclusivo.
Los costos de esta decisión fueron inmensos y duraderos. La división de Alemania se convirtió en la principal línea divisoria de la Guerra Fría. Europa quedó permanentemente militarizada y se desplegaron armas nucleares por todo el continente.
La seguridad europea se externalizó a Washington, con toda la dependencia y pérdida de autonomía estratégica que ello conllevaba. Además, se reforzó aún más la creencia soviética de que Occidente reinterpretaría los acuerdos cuando le conviniera.
Este contexto es esencial para comprender la nota de Stalin de 1952. No fue un acontecimiento repentino ni una maniobra cínica ajena a la historia anterior. Fue una respuesta urgente a un acuerdo de posguerra que ya se había roto: otro intento, como tantos otros antes y después, de asegurar la paz mediante la neutralidad, solo para ver cómo Occidente rechazaba esa oferta.
1952: El rechazo a la reunificación alemana
Merece la pena examinar la nota de Stalin con más detalle. Su exigencia de una Alemania reunificada y neutral no era ambigua, provisional ni engañosa. Como Rolf Steininger demostró de forma concluyente en La cuestión alemana: La nota de Stalin de 1952 y el problema de la reunificación (1990), Stalin propuso la reunificación alemana bajo las condiciones de neutralidad permanente, elecciones libres, la retirada de las fuerzas de ocupación y un tratado de paz garantizado por las grandes potencias.
No se trataba de un gesto de propaganda, sino de una oferta estratégica basada en el temor real de la Unión Soviética al rearme alemán y a la expansión de la OTAN.
La investigación de archivo de Steininger es devastadora para la narrativa occidental estándar. Particularmente crucial es el memorando secreto de Sir Ivone Kirkpatrick de 1955, que registra la admisión del embajador alemán de que el canciller Adenauer sabía que la nota de Stalin era auténtica. Sin embargo, Adenauer la rechazó.
No temía la mala fe soviética, sino la democracia alemana. Temía que un futuro gobierno alemán optara por la neutralidad y la reconciliación con Moscú, socavando así la integración de Alemania Occidental al bloque occidental.
En esencia, Occidente rechazó la paz y la reunificación no porque fueran imposibles, sino porque resultaban políticamente inconvenientes para el sistema de alianzas occidental. Dado que la neutralidad amenazaba la naciente arquitectura de la OTAN, debía descartarse como una "trampa".
Las élites europeas no se vieron simplemente obligadas a alinearse con el Atlántico, sino que lo hicieron activamente. El rechazo del canciller Adenauer a la neutralidad alemana no fue un acto aislado de deferencia hacia Washington, sino que reflejó un consenso más amplio entre las élites de Europa Occidental que preferían la tutela estadounidense a la autonomía estratégica y una Europa unificada.
La neutralidad amenazaba no solo la arquitectura de la OTAN, sino también el orden político de posguerra, en el que estas élites obtenían seguridad, legitimidad y reconstrucción económica del liderazgo estadounidense. Una Alemania neutral exigiría que los estados europeos negociaran directamente con Moscú en igualdad de condiciones, en lugar de operar dentro de un marco liderado por Estados Unidos que los aislara de dicha interacción.
En este sentido, el rechazo europeo a la neutralidad era también un rechazo a la responsabilidad: el atlantismo ofrecía seguridad sin las cargas de la coexistencia diplomática con Rusia, incluso a costa de la división permanente de Europa y la militarización del continente.
En marzo de 1954, la Unión Soviética solicitó su ingreso a la OTAN, argumentando que esto establecería la alianza como una institución para la seguridad colectiva europea. Estados Unidos y sus aliados rechazaron de inmediato la solicitud, argumentando que debilitaría la alianza e impediría el ingreso de Alemania a la OTAN.
Estados Unidos y sus aliados, incluida la propia Alemania Occidental, rechazaron una vez más la idea de una Alemania neutral y desmilitarizada y de un sistema de seguridad europeo basado en la seguridad colectiva y no en bloques militares.
El Tratado de Estado Austriaco de 1955 expuso aún más el cinismo de esta lógica. Austria aceptó la neutralidad, las tropas soviéticas se retiraron y el país se volvió estable y próspero. El previsto "efecto dominó" geopolítico no se materializó. El modelo austriaco demuestra que lo logrado en Austria también podría haberse logrado en Alemania, poniendo fin a la Guerra Fría décadas antes.
La diferencia entre Austria y Alemania no residía en la viabilidad, sino en la preferencia estratégica. Europa aceptó la neutralidad en Austria, donde no amenazaba el orden hegemónico liderado por Estados Unidos, pero la rechazó en Alemania, donde sí lo hacía.
Las consecuencias de estas decisiones fueron inmensas y duraderas. Alemania permaneció dividida durante casi cuarenta años. El continente fue militarizado a lo largo de una línea de demarcación que lo atravesaba por el centro, y se desplegaron armas nucleares en suelo europeo.
La seguridad europea ha pasado a depender del poder estadounidense y de sus prioridades estratégicas, convirtiendo al continente, una vez más, en el escenario principal de confrontación entre grandes potencias.
Para 1955, el patrón ya estaba consolidado. Europa solo aceptaría la paz con Rusia si esta se alineaba perfectamente con la arquitectura estratégica occidental liderada por Estados Unidos. Cuando la paz exigía una auténtica adaptación a los intereses de seguridad rusos (neutralidad alemana, no alineamiento, desmilitarización o garantías compartidas), esta era sistemáticamente rechazada. Las consecuencias de esta negativa se sentirían durante décadas.
El rechazo de 30 años a las preocupaciones de seguridad rusas
Si alguna vez hubo un momento en el que Europa pudo romper definitivamente con su larga tradición de rechazo a la paz con Rusia, fue el fin de la Guerra Fría. A diferencia de 1815, 1919 o 1945, no fue un momento impuesto únicamente por la derrota militar, sino un momento determinado por la elección.
La Unión Soviética no se derrumbó bajo una lluvia de fuego de artillería; se retiró y se desarmó unilateralmente. Bajo el mandato de Mijaíl Gorbachov, la Unión Soviética renunció a la fuerza como principio organizador del orden europeo.
Tanto la Unión Soviética como, posteriormente, la Rusia de Boris Yeltsin aceptaron la pérdida del control militar sobre Europa Central y Oriental y propusieron un nuevo marco de seguridad basado en la inclusión, en lugar de la competencia entre bloques. Lo que siguió no fue un fracaso de la imaginación rusa, sino un fracaso de Europa y del sistema atlántico liderado por Estados Unidos a la hora de tomar en serio esta oferta.
El concepto de Mijaíl Gorbachov de un "hogar común europeo" no era una mera figura retórica. Era una doctrina estratégica basada en el reconocimiento de que las armas nucleares habían vuelto suicida la política tradicional de equilibrio de poder.
Gorbachov imaginó una Europa donde la seguridad fuera indivisible, donde ningún Estado pudiera fortalecer su seguridad a expensas de otro y donde las estructuras aliadas de la Guerra Fría darían paso gradualmente a un marco paneuropeo.
Su discurso de 1989 ante el Consejo de Europa en Estrasburgo explícito esta visión, haciendo hincapié en la cooperación, las garantías mutuas de seguridad y el abandono de la fuerza como instrumento político. La Carta de París para una Nueva Europa, firmada en noviembre de 1990, codificó estos principios, comprometiendo a Europa con la democracia, los derechos humanos y una nueva era de seguridad cooperativa.
En ese momento, Europa se enfrentó a una decisión fundamental. Podría haber tomado en serio estos compromisos y construido una arquitectura de seguridad centrada en la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), en la que Rusia sería un participante en igualdad de condiciones, un garante de la paz en lugar de un objeto de contención.
Como alternativa, podría haber preservado la jerarquía institucional de la Guerra Fría adoptando retóricamente los ideales de la posguerra. Europa optó por la segunda opción.
La OTAN no se disolvió, ni se transformó en un foro político, ni se subordinó a una institución de seguridad paneuropea. Al contrario, se expandió. La justificación pública era defensiva: la ampliación de la OTAN estabilizaría Europa del Este, consolidaría la democracia y evitaría la aparición de un vacío de seguridad.
Sin embargo, esta explicación ignoró un hecho crucial que Rusia había enfatizado repetidamente y que los responsables políticos occidentales reconocieron en privado: la expansión de la OTAN abordó directamente las preocupaciones de seguridad centrales de Rusia, no de manera abstracta, sino geográfica, histórica y psicológica.
La disputa sobre las garantías ofrecidas por Estados Unidos y Alemania durante las negociaciones de la reunificación alemana ilustra el problema más profundo. Los líderes occidentales insistieron posteriormente en que no se habían hecho promesas jurídicamente vinculantes respecto a la expansión de la OTAN, ya que no se había codificado ningún acuerdo por escrito.
Sin embargo, la diplomacia opera no solo mediante tratados firmados, sino también mediante expectativas, entendimientos y buena fe. Documentos desclasificados y relatos contemporáneos confirman que a los líderes soviéticos se les aseguró repetidamente que la OTAN no se movería hacia el este más allá de Alemania. Estas garantías llevaron a la aceptación soviética de la reunificación alemana, una concesión de enorme importancia estratégica.
Cuando la OTAN se expandió de todos modos, inicialmente a petición de Estados Unidos, Rusia lo interpretó no como un ajuste técnico-jurídico, sino como una profunda traición al acuerdo que había facilitado la reunificación alemana.
Con el tiempo, los gobiernos europeos internalizaron cada vez más la expansión de la OTAN como un proyecto europeo, no solo estadounidense. La reunificación alemana dentro de la OTAN se convirtió en el modelo, en lugar de la excepción.
La ampliación de la Unión Europea y la de la OTAN han avanzado de la mano, reforzándose mutuamente y excluyendo acuerdos de seguridad alternativos como la neutralidad o la no alineación. Incluso Alemania, con su tradición de Ostpolitik y vínculos económicos cada vez más estrechos con Rusia, ha ido subordinando sus políticas conciliadoras a la lógica de la alianza.
Los líderes europeos enmarcaron la expansión como un imperativo moral más que como una opción estratégica, aislándola así del escrutinio y tornando ilegítimas las objeciones rusas. De esta forma, Europa renunció a gran parte de su capacidad de actuar como un actor de seguridad independiente, vinculando su destino cada vez más estrechamente a una estrategia atlántica que priorizaba la expansión sobre la estabilidad.
Aquí es donde el fracaso de Europa se hace más evidente. En lugar de reconocer que la expansión de la OTAN contradecía la lógica de seguridad indivisible articulada en la Carta de París, los líderes europeos trataron las objeciones rusas como ilegítimas, como vestigios de nostalgia imperial en lugar de expresiones de genuina preocupación por la seguridad.
Rusia fue invitada a participar en las consultas, pero no en las decisiones. El Acta Fundacional OTAN-Rusia de 1997 institucionalizó esta asimetría: diálogo sin veto ruso, asociación sin igualdad con Rusia. La arquitectura de seguridad europea se construyó en torno a Rusia y a pesar de Rusia, no con Rusia.
La advertencia de George Kennan en 1997 de que la expansión de la OTAN sería un "error fatal" captó el riesgo estratégico con notable claridad. Kennan no argumentaba que Rusia fuera virtuosa, sino que humillar y marginar a una gran potencia en un momento de debilidad generaría resentimiento, revanchismo y militarización. Su advertencia fue desestimada como realismo obsoleto, pero la historia posterior ha demostrado su lógica casi punto por punto.
El fundamento ideológico de este rechazo se encuentra explícitamente en los escritos de Zbigniew Brzezinski. En El Gran Tablero de Ajedrez (1997) y su ensayo para Asuntos Exteriores, «Una Geoestrategia para Eurasia» (1997), Brzezinski articuló una visión de la supremacía estadounidense basada en el control de Eurasia.
Argumentó que Eurasia era el "supercontinente axial" y que el dominio global de Estados Unidos dependía de impedir el surgimiento de cualquier potencia capaz de dominarla. En este contexto, Ucrania no era simplemente un estado soberano con su propia trayectoria, sino un eje geopolítico. "Sin Ucrania", escribió Brzezinski, "Rusia deja de ser un imperio".
Esta no fue una digresión académica, sino más bien una declaración programática de la gran estrategia imperial de Estados Unidos. Desde esta perspectiva, las preocupaciones de seguridad de Rusia no son intereses legítimos que deban satisfacerse en nombre de la paz, sino obstáculos que deben superarse en nombre de la supremacía estadounidense.
Europa, profundamente arraigada en el sistema atlántico y dependiente de las garantías de seguridad estadounidenses, ha internalizado esta lógica, a menudo sin reconocer todas sus implicaciones. El resultado ha sido una política de seguridad europea que ha priorizado sistemáticamente la expansión de alianzas sobre la estabilidad, y las señales morales sobre las soluciones duraderas.
Las consecuencias se hicieron evidentes en 2008. En la cumbre de la OTAN en Bucarest, la alianza declaró que Ucrania y Georgia se convertirían en miembros de la OTAN. Esta declaración no estuvo acompañada de un calendario preciso, pero su trascendencia política fue innegable.
Cruzó lo que funcionarios rusos de todo el espectro político habían descrito durante mucho tiempo como una línea roja. Que esto quedó claro desde el principio es indiscutible.
William Burns, entonces embajador de Estados Unidos en Moscú, informó en un telegrama titulado "NYET SIGNIFICA NYET" que la pertenencia de Ucrania a la OTAN se percibía en Rusia como una amenaza existencial, que unía a liberales, nacionalistas y partidarios de la línea dura. La advertencia fue explícita. Fue ignorada.
Desde la perspectiva rusa, el patrón era ahora inconfundible. Europa y Estados Unidos invocaban el lenguaje de las normas y la soberanía cuando les convenía, pero desestimaban las preocupaciones centrales de seguridad de Rusia por ilegítimas.
Extrayendo las mismas lecciones
La lección que aprendió Rusia fue la misma que había aprendido después de la guerra de Crimea, después de las intervenciones aliadas, después del fracaso de la seguridad colectiva y después del rechazo de la nota de Stalin: la paz se ofrecería sólo en términos que preservaran el dominio estratégico occidental.
La crisis que estalló en Ucrania en 2014 no fue, por tanto, una aberración, sino la culminación de una serie de acontecimientos. El levantamiento de Maidán, la caída del gobierno de [Viktor] Yanukóvich, la anexión de Crimea por parte de Rusia y la guerra en el Donbás se produjeron en un entorno de seguridad ya de por sí tenso.
Estados Unidos alentó activamente el golpe que derrocó a Yanukóvich, incluso conspirando entre bastidores sobre la composición del nuevo gobierno. Cuando la región del Donbás estalló en oposición al golpe de Maidán, Europa respondió con sanciones y condena diplomática, presentando el conflicto como una simple cuestión moral.
Sin embargo, incluso en esta etapa, era posible llegar a un acuerdo negociado. Los acuerdos de Minsk, en particular Minsk II de 2015, proporcionaron un marco para la distensión del conflicto, la autonomía del Donbás y la reintegración de Ucrania y Rusia a un orden económico europeo más amplio.
Minsk II representó un reconocimiento, aunque reticente, de que la paz requería compromiso y de que la estabilidad de Ucrania dependía de la resolución tanto de las divisiones internas como de los problemas de seguridad externa. Lo que finalmente destruyó Minsk II fue la resistencia occidental.
Cuando los líderes occidentales sugirieron posteriormente que Minsk II había servido principalmente para ganar tiempo y que Ucrania fortaleciera su posición militar, el daño estratégico fue grave. Desde la perspectiva de Moscú, esto confirmó la sospecha de que la diplomacia occidental era cínica y explotadora, en lugar de sincera, y que los acuerdos no pretendían implementarse, sino simplemente generar publicidad.
Para 2021, la arquitectura de seguridad europea se había vuelto insostenible. Rusia presentó propuestas preliminares que exigían negociaciones sobre la expansión de la OTAN, el despliegue de misiles y los ejercicios militares, los mismos problemas sobre los que había advertido durante décadas.
Estas propuestas fueron rechazadas de plano por Estados Unidos y la OTAN. La expansión de la OTAN se declaró innegociable. Una vez más, Europa y Estados Unidos se negaron a considerar las principales preocupaciones de seguridad de Rusia como temas legítimos de negociación. Estalló la guerra.
Cuando las fuerzas rusas entraron en Ucrania en febrero de 2022, Europa describió la invasión como "no provocada". Si bien esta absurda descripción puede tener fines propagandísticos, oculta por completo la verdad. La acción de Rusia ciertamente no surgió de la nada.
Surgió de una orden de seguridad que se había negado sistemáticamente a integrar las preocupaciones de Rusia y de un proceso diplomático que había excluido la negociación sobre los temas más importantes para Rusia.
Aun así, la paz no era imposible. En marzo y abril de 2022, Rusia y Ucrania iniciaron negociaciones en Estambul que culminaron en la redacción de un acuerdo marco detallado. Ucrania propuso una neutralidad permanente con garantías de seguridad internacional; Rusia aceptó el principio.
El marco abordaba las limitaciones de las fuerzas armadas, las salvaguardias y un proceso más largo para las cuestiones territoriales. No se trataba de documentos fantasiosos, sino de borradores serios que reflejaban las realidades del campo de batalla y las limitaciones estructurales de la geografía.
Sin embargo, las conversaciones de Estambul fracasaron cuando Estados Unidos y el Reino Unido intervinieron y le prohibieron a Ucrania firmar. Como explicó posteriormente Boris Johnson, lo que estaba en juego era nada menos que la hegemonía occidental.
El fracaso del Proceso de Estambul demuestra concretamente que la paz en Ucrania fue posible inmediatamente después del inicio de la operación militar especial rusa. El acuerdo se había redactado y estaba casi terminado, pero fue abandonado a petición de Estados Unidos y el Reino Unido.
Para 2025, la triste ironía se hizo evidente. El mismo escenario de Estambul resurgió como punto de referencia en renovados esfuerzos diplomáticos. Tras un inmenso derramamiento de sangre, la diplomacia volvió a un acuerdo plausible.
Este es un patrón habitual en guerras caracterizadas por dilemas de seguridad: acuerdos iniciales rechazados por prematuros que luego reaparecen como trágicas necesidades. Sin embargo, incluso ahora, Europa se resiste a una paz negociada.
Para Europa, los costos de esta prolongada negativa a tomar en serio las preocupaciones de seguridad de Rusia son ahora inevitables y enormes. Europa ha sufrido graves pérdidas económicas debido a las interrupciones del suministro energético y a las presiones de la desindustrialización.
Se ha embarcado en un rearme a largo plazo con profundas consecuencias fiscales, sociales y políticas. La cohesión política dentro de las sociedades europeas se ve gravemente comprometida por la inflación, las presiones migratorias, el cansancio bélico y las opiniones divergentes de los gobiernos europeos.
La autonomía estratégica de Europa ha disminuido, ya que ha vuelto a ser el principal escenario de conflicto entre grandes potencias en lugar de un polo independiente.
Quizás lo más peligroso es que el riesgo nuclear ha vuelto a ocupar un lugar central en las consideraciones de seguridad europeas. Por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, los ciudadanos europeos vuelven a vivir a la sombra de una posible escalada entre potencias con armas nucleares.
Esto no es solo el resultado de un fracaso moral. Es el resultado de la negativa estructural de Occidente, que se remonta a la era Pogodin, a reconocer que la paz en Europa no se puede construir negando las preocupaciones de seguridad de Rusia. La paz solo se puede construir negociando con ellas.
La tragedia de que Europa desestime las preocupaciones de seguridad de Rusia es que se retroalimenta. Cuando se desestiman las preocupaciones de seguridad de Rusia por ilegítimas, los líderes rusos tienen menos incentivos para recurrir a la vía diplomática y más para cambiar la situación sobre el terreno.
Por lo tanto, los políticos europeos interpretan estas acciones como una confirmación de sus sospechas iniciales, más que como el resultado totalmente predecible de un dilema de seguridad que ellos mismos crearon y luego negaron.
Con el tiempo, esta dinámica reduce el espacio diplomático hasta que, para muchos, la guerra no parece una opción, sino algo inevitable. Sin embargo, esta inevitabilidad es artificial. No se deriva de una hostilidad inmutable, sino de la persistente negativa de Europa a reconocer que una paz duradera requiere reconocer los temores reales de la otra parte, incluso cuando estos temores resultan incómodos.
La tragedia es que Europa ha pagado repetidamente un precio muy alto por esta negativa. Lo pagó en la Guerra de Crimea y sus secuelas, en las catástrofes de la primera mitad del siglo XX y en las décadas divisivas de la Guerra Fría. Y sigue pagándolo hoy. La rusofobia no ha hecho a Europa más segura. La ha empobrecido, más dividida, más militarizada y más dependiente del poder externo.
La ironía es que, si bien esta rusofobia estructural no ha debilitado a Rusia a largo plazo, sí ha debilitado repetidamente a Europa. Al negarse a tratar a Rusia como un actor de seguridad normal, Europa ha contribuido a generar la misma inestabilidad que teme, a la vez que soporta costos crecientes en términos de sangre, recursos, autonomía y cohesión.
Todo ciclo termina de la misma manera: un reconocimiento tardío de que la paz requiere negociaciones, después de que ya se han producido enormes daños. La lección que Europa aún debe aprender es que reconocer las preocupaciones de seguridad de Rusia no es una concesión al poder, sino un requisito previo para prevenir su uso destructivo.
La lección, escrita con sangre durante dos siglos, no es que se deba confiar plenamente en Rusia ni en ningún otro país. Más bien, es que Rusia y sus intereses de seguridad deben tomarse en serio.
Europa ha rechazado repetidamente la paz con Rusia, no porque fuera inalcanzable, sino porque reconocer las preocupaciones de seguridad de Rusia se consideraba erróneamente ilegítimo.
Hasta que Europa abandone este reflejo, seguirá atrapada en un círculo vicioso de conflictos contraproducentes, rechazando la paz cuando pueda y pagando las consecuencias a largo plazo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario