lunes, 20 de julio de 2015

De la tragedia griega al gran teatro del mundo

Rafael Landerreche, La Jornada

Primer acto. En el Ágora de Atenas, un ciudadano de nombre Tsipras se dirige a los miembros de la polis. Detrás de él, como telón de fondo, se yergue majestuoso el monte Olimpo. El personaje, griego, pero no ajeno a los efectos digitales, hace un movimiento con las manos y aparece Hércules, que va a enfrentarse con la Hidra. A un lado, como en una pantalla paralela, aparecen imágenes de manifestaciones populares que llevan mantas y pancartas en todas las lenguas del mundo. Entre ésas se percibe una en español que dice: Frente a la Hidra capitalista, resistencia popular.

Por el lado del oriente entra un personaje vestido con algo menos que una túnica griega. Es Gandhi. Echa un vistazo a la escena anterior y dice a media voz: El precio de una ofensiva exitosa es una alternativa viable. En política blofear se paga muy caro. La escena se transforma como mágicamente. En vez del Ágora aparece un gris salón de conferencias internacionales; en vez de los nobles atenienses, un puñado de burócratas encabezado por dos mujeres. Tsipras aparece vestido de bufón y una de las mujeres lleva en el pecho un letrero que dice FMI y, en letras más pequeñas, Vichy. Todos ríen, se felicitan unos a otros y hacen firmar al bufón unos papeles. Afuera se escuchan, ahogados por los muros que los separan de la escena, los gritos impotentes de los griegos.

Siguiente escena: se escucha el lento tañer de las campanas que anuncian la muerte de la democracia griega. El coro se dirige a los espectadores: no pregunten por quién doblan las campanas, están doblando por ustedes. Entre la muchedumbre se empieza a desarrollar una escena típica de la antigüedad. Los vencedores entran a la ciudad en sus carros de guerra, conduciendo encadenados detrás de sí a los vencidos. Se dirigen al mercado para venderlos como esclavos. Al llegar al mercado los ponen a subasta. En lugar de los cuerpos de los vencidos, aparecen unos letreros: lotes para la explotación de hidrocarburos.

Segundo acto. La escena cambia radicalmente. El tiempo ha avanzado (¿o retrocedido?) al año 2000 dC. En el telón de fondo el Olimpo ha sido sustituido por otros picos más numerosos y majestuosos. Son el Aconcagua, el Illimani, el Chimborazo, el lugar de la tierra más cercano al sol. Mientras la escena transcurre, la nieve que los cubre va desapareciendo lentamente a causa del cambio climático. Al pie de los Andes aparece la Hidra de muchas cabezas. Está negociando un tratado con el presidente del país, un militar golpista, asesino y narcotraficante. La Hidra le dice: Tú eres el único representante legítimo de este país. Firman unos papeles en los que se entregan las aguas de la nación a una empresa que es una de las cabezas de la Hidra. El pueblo se levanta. Ocupa las calles, las oficinas del gobierno y las de la empresa trasnacional. Derrama su sangre pero no cede. Finalmente la Hidra se retira, no sin antes amenazar con volver bajo la forma de ATP. El pueblo recupera el agua, depone al presidente y en su lugar pone a uno de los suyos. Se llama como la Madre de todos los mortales, pero en masculino: Evo.

Tercer acto. Escena 1. Un salón de clases. Aparece el profesor de economía. Declama: Todo hombre que se ocupe del pueblo, aunque sea un poquito, es un populista. Todo populista es un peligro para su país. Entran los profesores de teología. Recitan: Evo es un comunista ateo, está contra la religión católica. Su ideología de la Madre Tierra es un panteísmo New Age.

Escena 2. Aparece un hombre vestido de blanco. Entra al salón y con un látigo corre a los Maestros de la Ley. Hace un gesto con la mano y desaparece el salón de clase y reaparecen las montañas; junto a él aparece un personaje vestido como un mendigo, un tal Francisco, de la aldea de Asís. Empieza a cantar bajo el dosel majestuoso de los Andes: Alabado seas mi Señor por los hermanos volcanes, por la hermana agua, alabado seas por la hermana Madre Tierra. El personaje de blanco toma la palabra: “Entre los pobres más abandonados y maltratados está nuestra oprimida y devastada tierra, nuestra hermana Madre Tierra, que ‘gime y sufre dolores de parto’”.

Cuando acaban de escucharse estas palabras, entra Evo y se dirige al personaje de blanco. Le entrega una pequeña escultura de una hoz y un martillo con un Cristo clavado en el martillo. Afuera se escuchan los gritos y el rechinar de dientes de los Maestros de la Ley: ¡Comunista, hereje, blasfemo! El personaje de blanco reflexiona y dice en tono pausado: No estoy de acuerdo con el análisis marxista, pero debemos dialogar y trabajar juntos, sobre todo por los oprimidos: los pobres y nuestra hermana la Madre Tierra. Y dirigiéndose, ya no a Evo, sino a las organizaciones populares, les dice:
“Ustedes me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren. ¿Reconocemos la causa de todas ellas en un hilo invisible, un sistema global, que ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo? La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero. El nuevo colonialismo adopta diversas fachadas: corporaciones, prestamistas, tratados ‘de libre comercio’ y la imposición de medidas de ‘austeridad’ que siempre ajustan el cinturón de los pobres. Se privatizan recursos escasos como el agua, siendo que el acceso al agua es un derecho humano básico. La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica que tienen los países ricos con los pobres. Ahora no sólo las personas, sino las naciones son convertidas en esclavas a causa de una deuda. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra”.1
Epílogo. El coro se dirige al público: y ustedes ¿seguirán aguantando?
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1 Esta cita combina y redacta diversos textos de Fran­cisco, pero es totalmente fiel a sus palabras.

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