domingo, 27 de enero de 2019

“Me muero como elegí”: las reflexiones del último gran pensador antes de su muerte

El autor de 'Comprender las clases sociales' y 'Construyendo utopías reales' ha fallecido este miércoles. En sus últimas entradas, explicaba cómo se estaba enfrentando a la muerte

Héctor G. Barnés, El Confidencial

La entrada del blog del californiano Erik Olin Wright del pasado 4 de enero cayó como un jarro de agua fría entre los seguidores de este sociólogo marxista, uno de los más influyentes de las últimas décadas. “Puedo dar noticias definitivas sobre mi situación médica”, desvelaba. “Según los últimos indicadores, me quedan tres o cuatro semanas de vida”. En la nota añadía que había comunicado a los médicos que su prioridad ante el cáncer de hígado era maximizar sus energías para poder seguir escribiendo y despedirse de familia, seres queridos y antiguos alumnos. No se quejaba: han sido 72 años maravillosos, recordaba. En la tarde del 23 de enero, uno de sus alumnos publicaba un tuit en el que confirmaba la muerte de Wright.

Hace apenas unos días, este 18 de enero, había publicado lo que sonaba a despedida (aunque después haya añadido una entrada más, con un extracto de una de las cartas que va a dejar a sus nietos). Tras anunciar que la posibilidad de regenerar o trasplantar su médula ósea estaba definitivamente descartada, lo que lo único que le quedaba era seguir sobreviviendo a base de transfusiones de sangre que serían cada vez menos eficientes, hasta terminar cayendo en un sueño que le mecerá hasta la muerte. “Me queda una cantidad limitada de tiempo en esta maravillosa forma de polvo de estrellas”, escribía. “No siento ningún terror. Quiero aseguraros que no tengo ningún miedo”.

Wright, nacido en Berkeley, fue uno de los académicos clave del marxismo analítico, una corriente académica que explotó a finales de los 70 como reacción al oscurantismo de otros marxistas. En las últimas cuatro décadas, revisó la teoría de las clases sociales, que reflejó en libros como 'Clases' y 'Comprender las clases sociales', que reeditó recientemente en nuestro país Akal. Propuso el concepto de las “localizaciones de clase contradictorias”, con el cual intentaba solucionar los problemas que presenta la definición de las clases medias. En realidad, explicaba, las personas que pertenecen a ellas se sitúan en varias clases distintas con intereses contradictorios. “Uno de los objetivos de la transformación y emancipación sociales es crear un mundo en el que sea más fácil para la gente ser amable y generosa”, escribió en una ocasión.

Wright explicaba cómo iba a enfrentarse a sus últimos días. En el mejor de los casos, a medida que su cuerpo recibiese cada vez menos oxígeno, iría durmiendo cada vez más y, en el tiempo que permaneciese despierto, quizá podría mantener una conversación con los que le rodean. Al final, se quedaría dormido y nunca volvería a abrir los ojos. En el peor, alguna de las dos infecciones que sufre acabarían con él. Pero, en sus propias palabras, “la muerte que estoy teniendo es la que habría elegido”. Sin embargo, admite haber aprendido que la calidad de vida es mucho más relevante de lo que había imaginado y que, por lo tanto, su prioridad en el tiempo que le quedaba era el confort, estar física y mentalmente cómodo.

Un adiós sin ira

“Parece bastante mezquino quejarse después de haber vivido 72 años en esta extraordinaria forma de existencia que pocas moléculas en el universo llegan a experimentar”, revelaba en su nota final. “De hecho, utilizar la palabra 'experiencia' es maravilloso. Los átomos no tienen experiencia. No son más que materia. Todo lo que soy es materia. Pero organizada de forma tan compleja a varios nivele, que es capaz de reflexionar sobre sí misma y lo extraordinario que ha sido estar vivo y consciente de estar vivo”.

Wright hace hincapié en haber vivido una existencia aventajada, no solo por la casualidad cósmica que lo convirtió en humano sino por haber vivido en una época que le permitió dedicar su vida a mejorar la sociedad. “Me encuentro en este rincón privilegiado de lo humano que ha conseguido, contra todas las probabilidades, no vivir una existencia de miedo y sufrimiento por las crueldades de nuestra civilización, que nunca ha sentido el miedo por el hambre, por su seguridad física, que siempre ha tenido los recursos necesarios para sacar adelante a su maravillosa familia, a sus hijos, en un entorno en el que creo que ellos también han sentido la seguridad física y han dispuesto de las necesidades básicas para florecer”.

No es baladí que esta reflexión sobre el privilegio de la seguridad material en los estertores de una vida provenga de un sociólogo marxista. Desde los seis años, reconoce, ha sido consciente de esa situación. Y por eso, como él mismo explica en la introducción de 'Construyendo utopías reales', decidió dedicarse a estudiar sociología en la Universidad de California en Berkeley. “Decidí aprovecharme de este privilegio extraordinario, no para llevar una vida de autoindulgencia sino para crear significado para mí y los demás intentando hacer del mundo un lugar mejor”, explica ahora. El contexto era propicio: “Lo hice de manera históricamente ligada a las corrientes intelectuales y la agitación de los últimos 60 y primeros 70”.

No obstante, y como demuestra que Wright siguiese fiel a la perspectiva marxista incluso después de que su influencia decreciese en el ámbito académico a partir de los años 90, no considera que su trabajo sea mero resultado de su coyuntura histórica. “Creo que mis intentos obstinados por revitalizar la tradición marxista y hacerla más relevante para la justicia y transformación sociales están asentados en un entendimiento científicamente válido de cómo funciona el mundo de verdad”, matiza. “No tengo quejas. Moriré en unas pocas semanas, satisfecho”, era como coronaba la carta. “No estoy feliz por morir, pero sí profundamente contento con la vida que he vivido, y que he podido compartir con todos vosotros”.

El optimismo activista del que hace gala en su despedida es una constante en toda su obra. Su lado analista le condujo a identificar sobre le terreno las posibles alternativas al capitalismo, incluso después de que la caída del bloque soviético provocase la desilusión entre sus compañeros de generación. Pero, como él mismo escribía citando a Gramsci, “el optimismo de la voluntad es esencial si se quiere transformar el mundo”. De ahí que encontrase otras vías en propuestas que desde entonces se han consolidado como los presupuestos participativos, la Wikipedia, la renta básica universal o las cooperativas de trabajadores (como Mondragón) guías que podían señalar el camino a otro mundo de “igualdad social, libertad genuina y desarrollo de las potencialidades humanas”.

Un marxista en España

La relación de Wright con nuestro país fue relativamente estrecha. En España, el Proyecto Internacional sobre Estructura, Conciencia y Biografía de Clase, que inició el californiano en 1977 con el objetivo de llevar el vacío de investigación empírica cuantitativa marxista, tuvo su traducción en la Encuesta ECBC de 1991. Fue uno de los intentos pioneros de establecer un mapa de la estructura de clases española. En 1995, se celebró un seminario en torno a Wright dirigido por Julio Carabaña. Sus visitas a nuestro país eran frecuentes.

En sus utopías, por ejemplo, explicaba cómo el socialismo participativo ya estaba en acción en algunas escuelas públicas de Barcelona, a través de las conocidas como “comunidades de aprendizaje” que involucran a padres, profesores y vecinos. No obstante, su análisis más pormenorizado de un fenómeno español fue el de la corporación Mondragón, a la que utilizaba como ejemplo de una cooperativa de trabajadores viable, una mezcla de democracia representativa y directa que integraba principios capitalistas y cooperativistas. Wright participó en diversos debates con los trabajadores para analizar el futuro que le esperaba a la corporación, en un contexto en el que cada vez menos de los trabajadores eran miembros propietarios de las cooperativas, y antes de la gran crisis de Fagor.

La importancia de Wright no se encuentra tanto en él como en su influencia internacional de igual manera que prefería hablar de la tradición marxista que de Marx. En una de las últimas publicaciones, el sociólogo relataba la visita de 25 antiguos alumnos al hospital, entre los que se encontraba un antiguo estudiante taiwanés al que había dado clase durante los años 80 y que había llevado a sus dos hijas para que le conociesen. “Conté historias, me hicieron preguntas”, relata. “Al final de la tarde, estaba sentado en una silla de ruedas cerca de la puerta de la habitación del hospital, y uno por uno, los estudiantes vinieron y se agacharon para decirme adiós. Fue realmente bello y significativo”.

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