lunes, 4 de abril de 2016

Los bancos centrales no admitirán haberse quedado sin munición


Matthew Lynn, El Economista

Las bazucas, cargadas. Los helicópteros de ataque, con el depósito lleno y listos para volar. El arsenal, completo con armas nuevas y espantosas, nunca antes vistas. Tal vez no sorprenda que los bancos centrales recurran a metáforas militares para describir su lucha contra la deflación. En su opinión, están librando una guerra y, como los generales en el campo de batalla, sus tácticas son tanto psicológicas como económicas.

En las últimas semanas, a raíz de la enésima ronda de medidas políticas extraordinarias de los bancos centrales en Europa y Japón, los altos responsables han dedicado mucho tiempo a decir a los mercados que aún les queda mucha munición en el armario. ¿Qué iban a decir si no?

Como un general que nunca admitiría estar quedándose sin armas ni munición, aunque fuese cierto, un banquero central jamás reconocería que se le acaban las herramientas para que la economía vuelva a crecer. La verdad es muy distinta. Así es. Puede que contemplen muchas ideas nuevas, desde lanzar dinero del aire a cambiar de base las monedas, pero ninguna tiene visos de funcionar. Más vale que pronto lo admitan.

Si entró en 2016 creyendo que los bancos centrales habían hecho todo lo posible para mantener los precios en alza y el crecimiento en marcha, el año por ahora le ha quitado la razón. Primero, el Banco de Japón se unió a los bancos centrales europeos, incluidos el sueco y el suizo, además del BCE, en la imposición de tipos de interés negativos. Poco después, el presidente del BCE, Mario Draghi, se sacó otro "gran bazuca" al bajar el tipo principal a cero y difundir los tipos de negativos por doquier, aumentando el ritmo mensual de flexibilización cuantitativa.

¿Han acabado ya? Por supuesto que no. Tal vez pensemos que han echado todo al asador, pero resulta que no. Poco después, el economista jefe del BCE, Peter Praet, concedió la famosa entrevista en la que afirmó que podría perfectamente haber más tipos de interés, y quizá "dinero del helicóptero" también. Todos los demás bancos centrales se han mostrado ávidos por lanzar el mismo mensaje, y una serie de economistas académicos han lanzado propuestas a cual más extraña sobre cómo los políticos pueden seguir estimulando sus economías. Desde luego, se les está viendo el plumero. Nadie quiere admitir que no le quedan opciones. Tienen que seguir pretendiendo que hay algo más que todavía pueden hacer, pero eso no significa que lo haya. Solo hace falta pararse y observar lo estrafalario de algunas de sus propuestas para darse cuenta de lo huecas que son realmente.

Los tipos de interés negativos ya están impuestos en casi una tercera parte de la economía global, pero si alguien ahí fuera cree que han sido todo un éxito todavía no ha dado la cara. Por ahora parece que ha salido el tiro por la culata. Han destruido la rentabilidad bancaria (tanto que hasta en Europa se temió por la estabilidad del poderoso Deutsche Bank a principios de año).

Cuesta entender cómo puede existir una economía saludable sin un sistema bancario sano. Peor aún, a nadie se le ocurre que se pueda seguir recortando hacia territorio negativo. ¿Un índice del -5% en los depósitos bancarios? ¿El -10%? Todo el mundo sabe que en ese caso la gente utilizaría efectivo, lingotes de oro o bitcoins? Cualquier clase de dinero que no pierda valor solo por tenerlo.

Después, se habla mucho de tirar dinero desde un helicóptero. El economista Milton Friedman propuso célebremente la idea de que los bancos centrales arrojasen literalmente dinero a la economía, como si lo lanzasen desde el aire. ¿Cómo se supone que funcionaría en la práctica? Pongamos a Europa, ya que Praet ha comentado en activo la posibilidad.

¿El BCE se limitaría a depositar, por ejemplo, mil euros en cada cuenta bancaria? ¿Y los que no tienen cuenta en el banco? Según los cálculos de McKinsey, el 8% de la población de los países de renta alta de la OCDE no son clientes de bancos. Dado que probablemente sean los miembros más pobres de la sociedad, parece injusto que no se vean beneficiados.

¿O se va a pasear alguien con un fajo de billetes? Peor aún, ¿cómo sabemos que se gastarán el dinero y no aprovecharán para pagar sus deudas, lo que por supuesto arruinaría el propósito de esta medida? Cuanto más pensamos en las cuestiones prácticas de la propuesta, menos seria parece.

Pero hay ideas aun más estrafalarias. Se ha comentado mucho la idea de prohibir el efectivo para que los tipos negativos sean más eficaces, pero ¿cómo impedimos que la gente cree una alternativa? Al fin y al cabo, la razón por las que aún usamos billetes es porque resultan útiles. Un catedrático británico de economía hace poco lanzó la idea de redenominar la moneda, es decir, retirar la vieja e introducir una nueva. Otros han coqueteado con la cancelación de la deuda (lo que debemos desaparecería). Es muy divertido para quienes disfrutan con este tipo de cosas, pero ¿son políticas serias? Claro que no.

No basta con que digamos a los demás que nos queda mucha munición en el arsenal. En un momento u otro, hay que decir en realidad qué es y explicar cómo va a funcionar. ¿Y si no se puede? Entonces sería mejor decir que los bancos centrales han hecho todo lo posible para estimular sus economías y que ahora les toca a los gobiernos hacer su parte, ya sea mediante una política expansionista fiscal o con reformas estructurales, para que sus economías sean más competitivas. Tarde o temprano, se acabarán dando cuenta y nadie va a agradecerles que hayan mentido.

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