martes, 13 de noviembre de 2012

La globalización y el desmantelamiento del Estado de Bienestar

La globalización y el proceso de financiarización ha forzado a los países a desmantelar los contratos sociales y el Estado de Bienestar, reduciendo salarios y empeorando las condiciones laborales que han aumentado la desigualdad... Todo se ha sostenido con una burbuja global de crédito que ha llegado a su fin...

Rudiger von Arnim, Rebelión

Hace cuatro años el colapso de Lehman Brothers marcó el inicio de la Gran Recesión. El mundo todavía se está recuperando de las consecuencias de esta crisis financiera que todo lo abarca. ¿Cuáles fueron las causas de la crisis? Mucho se ha dicho sobre los instrumentos derivados, el fracaso de las regulaciones y la codicia. Estos elementos importan, pero aquí me gustaría ofrecer una explicación más simple y más profunda: la globalización fuerza a los países a vaciar sus contratos sociales. La reducción de los salarios reales promete ganancias a través de la inversión y las exportaciones, pero en última instancia socava el crecimiento en todas partes. Si los salarios reales no sostienen el crecimiento a nivel mundial, ¿qué puede hacerlo? La respuesta es que una burbuja global del crédito –desde California y Florida hasta España e Irlanda– podía hacerlo, hasta que no pudo más. Las tendencias subyacentes finalmente te alcanzan: si los salarios reales no se mantienen en sintonía con el crecimiento de la productividad, la participación de los trabajadores en el ingreso total baja. La burbuja global del crédito se suele manifestar a nivel local, por ejemplo, como un boom inmobiliario en Miami o en la costa mediterránea de España, pero es propulsado por un mercado financiero global liberalizado. Así, podemos identificar tres factores dominantes pero interdependientes en esta historia: la aceleración de la globalización, el aumento de la desigualdad y la financiarización.

Para trazar a grandes rasgos cómo llegamos hasta aquí, dividimos el período de la posguerra en dos: la época dorada del capitalismo inmediatamente después de la Segunda Guerra que terminó con el colapso del sistema de Bretton Woods en la década de 1970, y la segunda era de la globalización que se inició con la revolución conservadora hacia el final de esa década. La edad de oro tuvo un crecimiento global rápido, incluso en las economías en desarrollo. Los vínculos comerciales entre las economías se fortalecieron, pero la integración no fue tan profunda como es hoy. La apertura de la cuenta de capital fue muy limitada. En muchas economías avanzadas, así como en algunos países en desarrollo, los Estados de Bienestar se profundizaron. La expansión de las instituciones laborales protegió los puestos de trabajo y garantizó un rápido crecimiento compartido de la productividad. Generalmente, estos elementos permitieron aumentar la participación del trabajo en el ingreso. Así, el crecimiento mundial fue sostenido por la demanda local.

La segunda era de la globalización, en un marcado contraste, vio la aceleración de la globalización. La integración comercial se profundizó, la producción internacional se desfragmentó en redes de producción trasnacionales flexibles y se liberalizaron los movimientos de capitales. Todas estas tendencias disciplinaron al trabajo a través de la amenaza de la relocalización productiva. De hecho, las negociaciones de contratos laborales que no están sujetas a una amenaza de deslocalización de las fábricas tienden a ser la excepción, en parte debido a la creciente comerciabilidad de los servicios. Como consecuencia, el crecimiento de los salarios reales se ha desfasado del crecimiento de la productividad en muchos países, llevando a la caída de la participación del trabajo en el ingreso y la creciente desigualdad. Por lo tanto, a nivel mundial, la demanda de consumo no puede absorber lo que puede producirse y a la falta de demanda global efectiva le siguen el desempleo y el estancamiento.

La apertura de las cuentas capital ocupa un lugar central en esta etapa. En primer lugar, los países tienen que ofrecer bajos impuestos a las ganancias (si no exenciones), así como bajos salarios para atraer y retener la inversión extranjera directa de las multinacionales. Estas políticas tributarias limitan el espacio fiscal del Estado para sostener las redes de seguridad social, invertir en educación y mantener la infraestructura esencial. En ese sentido, la combinación de financiarización con apertura de la cuenta capital tiende a producir flujos de capitales volátiles y pro-cíclicos que proporcionan un terreno fértil para la expansión insostenible del crédito. Ese crecimiento del crédito a menudo se transforma en burbujas inmobiliarias y de consumo inducidas por el endeudamiento en el camino hacia arriba y en crisis de balanza de pagos en el camino hacia abajo. En los últimos años la financiarización –a través de la presunta innovación en el uso de los derivados– sostuvo una burbuja global del crédito que permitió posponer el día del juicio final: en la medida en que los hogares de clase media y baja en los países avanzados mantienen los niveles de vida a través de la acumulación de la deuda, el crecimiento continúa a pesar de la falta de demanda “real”.

En resumen, la aceleración de la globalización y la financiarización fuerza a los países a desmantelar los contratos sociales y los Estados de Bienestar, para bajar salarios y empeorar las condiciones laborales. En el proceso, aumenta la desigualdad. Hace falta confianza y cooperación para crear políticas que sostengan una clase media pujante. En términos simples, dos países se benefician si ambos llevan adelante esas políticas porque profundiza la extensión del mercado. La globalización hizo muy difícil que un país confíe en que otro no dará exenciones fiscales a las grandes corporaciones, no erosionará los salarios reales y no administrará su tipo de cambio, para aumentar su participación en el mercado global. La economista Joan Robinson llamó a esa estrategia políticas de mendigar al vecino. Muchos países persiguen esas políticas, ya que no existen instituciones económicas o políticas que puedan efectivamente impulsar la cooperación. Pero las economías de mercado deben estar integradas en una red de instituciones sociopolíticas que amortigüen sus efectos perjudiciales. Las democracias sociales del siglo pasado lograron hacer eso, hasta cierto punto, durante la edad de oro. Es evidente que la globalización destruye ese modelo y que los esfuerzos renovados de integración deben llevarse a cabo en una escala global. ¿Será posible?

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