El rasgo definitorio del neoliberalismo siempre fue el blindaje del capital frente al control democrático. La ruptura del trumpismo con el libre comercio cambió la retórica, pero el orden económico subyacente permanece intacto.
Matías Vernengo, Jacobin
El neoliberalismo suele pasar desapercibido a plena vista. Sus defensores rara vez se identifican como tales; el historiador Philip Mirowski lo describió astutamente como el movimiento que no se atreve a decir su propio nombre. Sus partidarios suelen sugerir que nunca existió, salvo como un término peyorativo inventado por las izquierdas. Recientemente, el economista Branko Milanovic ha ido más allá al argumentar que el neoliberalismo está muerto, bajo la premisa de que la era de la globalización —cimentada en el cosmopolitismo y la competencia internacional— ha dado paso a un mundo marcadamente proteccionista y nacionalista.
Sin embargo, el error de este diagnóstico radica en identificar al neoliberalismo con la globalización o el libre comercio. Estos últimos fueron meros instrumentos de política económica, no su rasgo definitorio. Su verdadera matriz conceptual ha sido siempre la subordinación de la política democrática a la racionalidad del mercado y el blindaje institucional del capital frente a las demandas populares. Visto bajo esta luz, el auge del populismo de derecha no marca el fin del neoliberalismo, sino una de sus mutaciones más recientes.
Es cierto, como señala Milanovic, que el viejo discurso del libre comercio y la integración cosmopolita ya no describe el comportamiento de las grandes potencias. Estados Unidos y Europa apelan hoy a aranceles, subsidios, sanciones, políticas industriales y controles geopolíticos con una franqueza que habría parecido inverosímil hace apenas unas décadas. La reacción política contra la desindustrialización, la desigualdad y las crisis financieras es real. Pero de esto no se deduce que el neoliberalismo haya expirado. Debemos ser cautelosos con el alcance de este viraje: la verdad histórica es que Occidente —y muy especialmente Estados Unidos— jamás abandonó la política industrial. En la práctica, la intervención estatal en sectores estratégicos ha sido una constante macroeconómica, por más que se la haya negado sistemáticamente en el plano de la retórica.



















