Irán, Ormuz, Arabia Saudita, China, Ucrania y Rusia reflejan la misma transformación. EEUU sigue siendo muy fuerte, pero no omnipotente. Europa tiene mucha influencia, pero poco peso
Giuseppe Gagliano, La Fionda
Cuando la guerra ya no obedece los planes de Washington
En la mente de Trump & Cía., la guerra contra Irán pretendía ser una demostración de fuerza. Buscaba confirmar la idea de que EEUU aún tenía el control absoluto: presión militar, superioridad tecnológica, dominio naval, sanciones e intimidación diplomática. Sin embargo, el conflicto demostró justo lo contrario: Washington sigue ejerciendo un poder enorme, pero ya no es capaz de traducirlo automáticamente en obediencia política. La propuesta estadounidense, rechazada por Teherán, no era un plan de paz. Era una exigencia de capitulación. Las condiciones impuestas por EEUU abordaban la cuestión del estrecho de Ormuz, el restablecimiento de la libertad de navegación, la congelación de las capacidades iraníes y la aceptación de un orden regional establecido en otro lugar. Irán respondió con una contraposición que confirma lo esencial: no se considera derrotado. De hecho, tiene más margen de maniobra del que Washington estaría dispuesto a admitir.
Al principio, el objetivo declarado de la guerra era el habitual: el programa nuclear iraní, la estabilidad regional, la seguridad de Israel y el gobierno de Teherán. Pero con el paso de los días, el centro del conflicto se trasladó a Ormuz. Fue allí donde la guerra militar se transformó en una guerra geoeconómica. Quien controla Ormuz o amenaza su control no solo controla una ruta marítima, sino que también influye en los precios del petróleo, los seguros, los presupuestos de los estados del Golfo y la seguridad energética de Asia y Europa.


















