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martes, 10 de marzo de 2026

Estados Unidos e Israel: ¿Quién es el señor y quién es el sirviente?

El sionismo ha capturado los mecanismos estadounidenses de toma de decisiones y de formación de la opinión pública de manera tan completa que prácticamente podríamos comparar al hegemón unipolar con un golem sin cabeza

Rafael Machado, Strategic Culture

La Coalición Epstein (EEUU e Israel) inició una guerra contra la República Islámica de Irán el 28 de febrero. El disparo inicial fue el asesinato de 171 niñas en una escuela primaria (¿quizás como sacrificio a Baal, la deidad favorita de los Epsteinianos’?), seguido por el martirio del ayatolá Ali Jamenei, en su propia residencia.

Fue el comienzo de una “operación” que Estados Unidos esperaba ver terminada en unas pocas horas y luego en 3 días. Bueno, la operación ya ha superado los 6 días y todos los analistas indican que la guerra durará al menos unas semanas, con pérdidas significativas en ambos bandos.

¿Qué llevó a que se iniciara esta operación? La respuesta fácil y predecible es que Estados Unidos quiere el petróleo y otros recursos naturales de Irán.

Generalmente quienes razonan de esta manera también tienden a decir que el Estado de Israel representa un enclave de los EEUU o del “Occidente colectivo” en Medio Oriente, cuyo propósito sería servir como puesto comercial para facilitar o posibilitar la ocupación de la región, para asegurar la explotación de sus recursos naturales. Éste es quizás el resultado inevitable de observar las estadísticas comparativas de ambos países.

Estados Unidos es más grande, tiene un PIB mayor, fuerzas armadas más poderosas y numerosas, tiene más multimillonarios; en resumen, es “superior” en todos los aspectos posibles e imaginables, de modo que la relación entre Estados Unidos e Israel sólo puede percibirse como una en la que Estados Unidos manda e Israel obedece.

De hecho, las lecturas marxistas y, en general, materialistas van en esta dirección. Pero ¿confirma la guerra de Irán esta evaluación?

La arrogancia del imperio: cuando el «nuevo mundo» se viste de persa

La guerra es el padre de todo y el rey de todo; hace a unos dioses y a otros hombres; hace a unos esclavos y a otros libres.
(Heráclito)
Puerta de las naciones de Persépolis, la capital del Imperio Persa durante la época aqueménida (512 aC–331 aC)


Alejandro Marcó del Pont, El tábano economista

Imaginemos el escenario. Es el verano de 2026. Donald Trump, reelegido en noviembre de 2024 con la promesa de «Hacer América grande otra vez», ha vuelto al Despacho Oval. Benjamin Netanyahu, aferrado al poder gracias a una coalición de extrema derecha, ordena el bombardeo preventivo masivo contra las instalaciones nucleares iraníes en Natanz, Fordow y Parchin. «Es ahora o nunca», declara el primer ministro israelí ante el Congreso de los Estados Unidos, mientras los aplausos de los legisladores retumban en la Cámara. La «victoria rápida» se anuncia como un hecho consumado en Fox News y en todos los think tanks de Washington. Los estrategas hablan de semanas, quizás días. El mundo observa, entre temeroso y fascinado.

Cuatro semanas después, el portaaviones USS Gerald R. Ford arde en el Golfo Pérsico tras una saturación de misiles hipersónicos iraníes Fattah-2 y drones Shahed mejorados. Las llamas devoran la cubierta de vuelo mientras los marinos luchan por controlar un incendio que parece alimentarse del orgullo herido de la armada más poderosa del planeta. Las bases estadounidenses en Al-Udeid (Qatar), Al-Dhafra (Emiratos) y Ali Al Salem (Kuwait) sufren ataques precisos con misiles de crucero de largo alcance que habían penetrado las defensas.

Tel Aviv queda a oscuras durante setenta y dos horas, sus ciudadanos se apiñan en refugios mientras las sirenas no cesan. El «Eje de la Resistencia» —Hezbolá, los hutíes, las milicias iraquíes— coordina una respuesta que desborda las defensas israelíes con una sincronización perfecta, como si hubieran ensayado este momento durante décadas. Netanyahu huye a un búnker en el Neguev, rodeado de asesores. Trump, desde la Casa Blanca, ordena el uso de bombas bunker buster (rompe búnkeres) y amenaza con la «opción nuclear táctica» en una rueda de prensa donde su gesto desencajado delata lo que sus palabras pretenden ocultar, el desconcierto. El mundo contiene la respiración. Las bolsas se desploman. El petróleo se dispara. Y en Teherán, las calles permanecen en calma, como si esperaran algo que solo ellos conocen.

sábado, 27 de diciembre de 2025

La violencia económica como esencia de la condición neoliberal


Diego Fusaro, Posmodernia

“La violencia puede ser también una categoría económica inmanente”
(G. Lukács, Ontología del ser social)
La esencia de la hodierna “condición neoliberal” reside en la dinámica de naturalización y absolutización de lo económico, en un marco en el que el vocabulario de la racionalidad económica se convierte en la única fuente capaz de dar sentido a la existencia y a las acciones. En el triunfo de lo que Gramsci, en los Cuadernos de la cárcel, denominó “cretinismo económico” (VII, § 13), el orden de la economía despolitizada es absolutizado, pues todo depende de él y se le subordina; y, al mismo tiempo, es naturalizado, según una subsunción de todos los aspectos de la vida humana bajo el paradigma basado en el discurso económico y en el orden neoliberal, concebido como natural y, por tanto, ni negociable ni transformable.

Deslegitimando a priori cualquier imaginario alternativo, el pensamiento único neoliberal hace valer un único paradigma de racionalidad, el de la ratio oeconomica, dentro del cual se desarrollan el sentido y los límites de todas las funciones del hacer y del pensar. La racionalidad económica, con la sintaxis habermesiana, coloniza el mundo de la vida y, con el léxico foucaultiano, gubernamentaliza biopolíticamente la existencia humana. Lleva así a su culminación la dinámica de economización integral de lo real y de lo simbólico.

La condición neoliberal presenta un carácter melancólico, en el sentido del sufrimiento freudiano por un objeto perdido del que todavía se advierte incesantemente la presencia persistente en forma de ausencia sabida. Se trata, siempre en términos freudianos, de la inversión del duelo. Percibiendo como demasiado cercano el objeto perdido, el melancólico no puede proceder a la simbolización de la pérdida: en palabras de Freud, la sombra del objeto no deja de caer sobre el yo.

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