El sionismo ha capturado los mecanismos estadounidenses de toma de decisiones y de formación de la opinión pública de manera tan completa que prácticamente podríamos comparar al hegemón unipolar con un golem sin cabeza
Rafael Machado, Strategic Culture
La Coalición Epstein (EEUU e Israel) inició una guerra contra la República Islámica de Irán el 28 de febrero. El disparo inicial fue el asesinato de 171 niñas en una escuela primaria (¿quizás como sacrificio a Baal, la deidad favorita de los Epsteinianos’?), seguido por el martirio del ayatolá Ali Jamenei, en su propia residencia.
Fue el comienzo de una “operación” que Estados Unidos esperaba ver terminada en unas pocas horas y luego en 3 días. Bueno, la operación ya ha superado los 6 días y todos los analistas indican que la guerra durará al menos unas semanas, con pérdidas significativas en ambos bandos.
¿Qué llevó a que se iniciara esta operación? La respuesta fácil y predecible es que Estados Unidos quiere el petróleo y otros recursos naturales de Irán.
Generalmente quienes razonan de esta manera también tienden a decir que el Estado de Israel representa un enclave de los EEUU o del “Occidente colectivo” en Medio Oriente, cuyo propósito sería servir como puesto comercial para facilitar o posibilitar la ocupación de la región, para asegurar la explotación de sus recursos naturales. Éste es quizás el resultado inevitable de observar las estadísticas comparativas de ambos países.
Estados Unidos es más grande, tiene un PIB mayor, fuerzas armadas más poderosas y numerosas, tiene más multimillonarios; en resumen, es “superior” en todos los aspectos posibles e imaginables, de modo que la relación entre Estados Unidos e Israel sólo puede percibirse como una en la que Estados Unidos manda e Israel obedece.
De hecho, las lecturas marxistas y, en general, materialistas van en esta dirección. Pero ¿confirma la guerra de Irán esta evaluación?


