lunes, 27 de junio de 2016

No hay un plan B después del Brexit


Eduardo Febbro, Página 12

Los abanderados de la retórica se quedaron mudos. Un clima de avión sin piloto en medio de una tormenta se respira en las capitales europeas. Nadie, de hecho, tiene un plan B para salir del callejón que cerró el futuro de la Unión Europea luego de que Gran Bretaña aprobara el Brexit. Los 27 son 27 silencios y 27 controversias que enfrentan tres opciones decisivas: la manera y los tiempos en que Gran Bretaña dejará la UE, las reformas que se deben poner en marcha y los tratados que deberán replantearse. Bruselas, Berlín, París, Roma, Londres, las grandes capitales europeas flotan en un estado de levitación. La canciller alemana Angela Merkel organiza hoy un encuentro en Berlín con el presidente francés, François Hollande, y con el presidente del Consejo italiano, Matteo Renzi. Merkel no ha sacado de la galera ninguna propuestas y se ha limitado, por el momento, a pedir que se conserve “la calma y la determinación”. François Hollande amagó con un planteo a favor del “crecimiento, la armonización fiscal y social”. Nada, en suma. El más agresivo fue Renzi. En una columna publicada por el diario de negocios Il Sole 24 Ore, el presidente del Consejo italiano arremetió contra “las políticas de austeridad que taparon el horizonte, transformaron el porvenir en una amenaza y reforzaron el miedo”.

Esas tres posiciones se trasladarán mañana y el miércoles a Bruselas, donde los jefes de Estado y de gobierno de los 27 países de la Unión se reúnen en una cumbre a tientas. Mañana también se reúne en pleno el Parlamento Europeo, que busca alguna idea ambiciosa. Pero todos están con las manos atadas y dependen de lo que haga Gran Bretaña. No se sabe cuándo Londres activará el famoso artículo 50 del tratado de Unión mediante el cual se abre la puerta de salida. Además, el referendo sobre el Brexit es consultivo, por consiguiente, el gobierno británico debe antes obtener una mayoría para plasmar el Brexit en los hechos. En la Cámara, sin embargo, los “no leave” o partidarios del “Brimain” son mayoritarios. En la edición del sábado del Bild Zeitung, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, declaró que “la Unión Europea tiene décadas de experiencia en la gestión de las crisis y siempre salió reforzada”. La diferencia es que ahora no se trata de una crisis que se puede negociar, sino de una ruptura decidida por una mayoría popular. Por este motivo nadie esconde la realidad: la Unión Europea está el peligro, debilitada por los populismos extremistas y emocionales, el euroescepticismo, los nacionalismos pujantes, una banda de dirigentes políticos oportunistas cuyas formaciones tienen un pasado tan negro como las pesadillas, el costo alucinante de las políticas de ajuste, el desempleo, sin credibilidad ante opiniones públicas y, en parte, paralizada por una tecnocracia kafkiana.

Como si fuera poco, los británicos parecen decididos a alargar la agonía de su partida y, con ello, atan a sus socios europeos ante cualquier decisión colectiva. Los cancilleres de los seis países fundadores de la UE (Francia, Italia, Bélgica, Holanda, Alemania, Luxemburgo) se reunieron el sábado en Berlín e invitaron a Londres “a ir lo más rápido posible”. De hecho, antes que cualquier plan de acción común, la urgencia radica hoy en sacarse de encima al Reino Unido lo más pronto posible para evitar el estancamiento de las aguas. El jefe de la diplomacia alemana, Frank-Walter Steinmeier, dijo claramente que la rapidez evitaría “que nos encontremos empantanados”. Ese discurso alemán no refleja la posición de la tortuga que ha adoptado por ahora Angela Merkel. Los 27 miembros de la Unión están prisioneros de Londres, tanto más cuanto que los ingleses jugaron con el fuego del Brexit pero ahora no quieren perder las ventajas. Gran Bretaña busca mantener los privilegios inherentes a la Unión, entre ellos el acceso al mercado interno. Por ello Londres atrasa la activación del artículo 50 hasta que no obtenga garantías de que conservará un estatuto especial. En el horizonte de esa controversia se esboza una ruptura entre el eje alemán y holandés –más de la mitad de su excedente comercial lo consiguen en Gran Bretaña– y los demás países.

En lo que atañe a los pueblos europeos, especialmente el de Francia, amenazado por una extrema derecha galopante y nacionalista, ningún dirigente tiene una hoja de ruta. El primer ministro francés, Manuel Valls, pidió que se “reinventara una Europa que escucha a sus pueblos”. Su credibilidad, en ese campo preciso, es escasa. Ha sido, entre tantos, el primer sordo. Los países fuertes de Europa, como Francia, caminan sobre una cuerda floja porque sus dirigentes no tienen suficiente credibilidad para someter las reformas profundas de Europa a un referendo: lo perderían de inmediato –es el caso de François Hollande–. El presidente francés, sin embargo, acertó cuando interpeló a sus socios al “refuerzo de la Zona Euro y de su gobernabilidad democrática”. Ese es uno de los ojos del ciclón: como lo demostró la tragedia griega, la famosa Zona Euro escapa a todo control, que sea Ejecutivo, Parlamentario o nacional. Para cambiar ese orden vertical y absurdo es preciso reformar los tratados europeos para transferir el control a los parlamentos, es decir a los pueblos, sobre una Zona Euro que funciona en circuito cerrado. Allí se plantea otro límite: nuevos tratados equivalen a consultar a los pueblos y el pasado más reciente muestra que los referendos terminaron casi todos con votos negativos. A fuerza de darles la espalda a las sociedades, la Unión Europea se cita ahora con pueblos que son hostiles a todo cuanto viene de su seno. La gran madre protectora perdió la confianza de sus hijos y los ideales con los cuales los educó.

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